El turismo de posar y tirar

Brais Suárez
Brais Suárez GOREME

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BRAIS SUÁREZ

En la región turca de Capadocia abundan los servicios que ofertan fotografiarse con trajes de gala, coches clásicos y en globo aerostático.

06 feb 2023 . Actualizado a las 12:17 h.

Es indecentemente temprano, apenas entra luz a través de la ventana sin cortinas, pero algo revuelve al turista en su cama. A diferencia de otras ciudades turcas, en Goreme no es el muecín llamando a la oración, sino otra cosa. Es un rugido fantasmal, una especie de ronquido que se entrecorta como una tos sísmica. Una sombra lo acompaña y se proyecta hacia la cama. Asustado, el turista sale de su habitación, sube a la azotea y se encuentra cara a cara con el monstruo: desprotegido, en calzoncillos y camiseta, solo unos metros lo separan de un descomunal globo aerostático. Tras las legañas, le parece parte del sueño, pero no. Como flatulencias, descargas de aire caliente hacen ascender el artefacto y, tras él, se destapa una vista extraterrestre, sobrecogedora. Más globos, decenas, quizá cientos, perlan el cielo amaneciente que abraza este paisaje de belleza extravagante, donde casas y hoteles se esculpen en las chimeneas volcánicas del valle. Desde el aire y otras terrazas, más turistas, mucho más despiertos, saludan y fotografían a nuestro protagonista como a un personaje acorralado de Hitchcock.

La broma les salió a unos 350 euros por persona. Aunque sea la más importada de todas las actividades turísticas que ofrece este lugar de antojadiza orografía y centenarios vestigios arqueológicos, es la más famosa. Sobrevolar en globo la Capadocia es el sueño húmedo de cualquier bloguero. La tradición comenzó en los 80 con una campaña publicitaria de casetes, según explica una empresa turística local. Las condiciones atmosféricas de los amaneceres de la zona resultaron ideales para los globos y desde 1991 se popularizaron como actividad turística, avalada por el vuelo de Malcolm Forbes (propietario de la revista homónima) unos años antes. Aquí se demuestra que una imagen puede desatar mareas de turistas. A esto contribuyen redes sociales como Instagram, donde la Capadocia es uno de los lugares más geoetiquetados, lo que indica el punto exacto para la foto perfecta.

Pero fotografiarse con (o desde) los globos solo es la punta del iceberg. Las calles de Goreme rebosan de puestos de alquiler de vestidos de gala y esmóquines, chóferes con Cadillac descapotables clásicos y servicios de fotógrafos para retratarse con el cielo englobado. Es más, esta región, que ofrece atractivos culturales para pasar semanas, está surcada de autobuses que, en un par de días, llevan al visitante de mirador en mirador. Se les indica cómo colocarse, con qué ángulo fotografiarse y cómo maximizar los photocalls habilitados, como columpios, corazones de flores o podios que mejoran la vista. Posan y siguen.

La objetividad periodística permite afirmar que hay algo delirante en todo esto: uno se pasea por ahí imaginándose a los cejijuntos de Pasolini buscando a Medea. Según se adentra en el Parque Natural de Goreme, visualiza a esos cristianos perseguidos sobre los que escribía Kazantzakis, cavando iglesias en las rocas volcánicas. Los vestigios de la lucha del ser humano por trascender son tan palpables que se teme apenas tocar este lugar. En esa comunión con el pasado, con los más desesperados intentos humanos por perpetuar su fe y la imagen de dios, entonces aparece un tipo posando, también desesperado por perpetuar su propia imagen en su teléfono. Lo que Zweig llamaría un dualismo inarmónico. Alguien recorrió miles de kilómetros no para ver este lugar, sino para repetir una foto; para que, desde su casa, lo vean en este lugar, disfrazado de aventurero. Como en un capítulo de Emily in Paris, cada día se culmina aquí con el post perfecto.

En su libro Sobre la fotografía, Susan Sontag explicaba que sacar fotos es una manera de restablecer las rutinas que perdemos al viajar. Es decir, para un humano acostumbrado a que le digan qué hacer, pensar y sentir, cuando de repente se ve sin responsabilidades ante estos paisajes, tener una cámara puede ser un alivio, la única forma de expresar el asombro que producen la naturaleza y la huella del hombre en ella. Pero también puede ser algo más simple, nada más que un ejercicio de narcisismo exhibicionista.