Allá donde ha ido se ha encontrado con miles de personas pidiendo su dimisión
23 abr 2023 . Actualizado a las 05:00 h.Emmanuel Macron pasa por uno de sus peores momentos tanto a nivel internacional como de política interna. Por un lado, el amargor que ha dejado entre los franceses la aplicación de una polémica reforma de las pensiones —que retrasa progresivamente hasta el 2030 la edad mínima de jubilación de los 62 actuales a 64—; por otro, la incomprensión entre sus socios europeos tras su viaje a Pekín, en el que ha declarado que Europa no debe alinearse automáticamente tras Estados Unidos o China, en caso de un conflicto en Taiwán.
Emmanuel Macron llamó al orden el pasado miércoles a todo su Gobierno durante el último Consejo de Ministros. Según Le Point, les conminó a que permaneciera «concentrados en liderar sus respectivas carteras». «Hablen de sus temas, pero no hablen de ustedes», les espetó. Una orden que refleja el momento que vive el presidente de la República, marcado por la falta de confianza que inspira en el electorado —con la más baja popularidad desde que asumió el cargo en el 2017— y fragilizado por la inconsistencia de su equipo de Gobierno.
El presidente ha iniciado esta semana un proceso de reconquista de la opinión pública, pero allí donde ha ido, Saint-Denis, Alsacia o l'Hérault, se ha topado con un comité de varios cientos o miles de personas que le abucheaban y pedían su dimisión.
Debía haber aprendido de los errores cometidos por François Hollande, al que acompañó primero como secretario adjunto del Elíseo y después como ministro de Economía. Especialmente, hacer promesas que no sabe si podrá cumplir. Hollande prometió en septiembre del 2012 invertir la curva del paro en un año, pero tardó cuatro en ver realizados sus deseos, fomentando la impaciencia entre el electorado.
«Cien días de tranquilidad»
Macron ha seguido sus pasos dándose «cien días de tranquilidad, de unidad, de ambición y de acción al servicio de Francia», especialmente en torno al empleo, la sanidad y la lucha contra el fraude. Pero los franceses parecen escépticos. La fórmula de los cien días ha sido comparada con el fin de Napoleón. Esos fueron los días que transcurrieron entre su vuelta al poder, tras pasar un primer exilio en la isla de Elba, y su fracaso final con la batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815.
Con las vistas puestas en el 14 de julio, día de la fiesta nacional, Macron, su primera ministra, Elisabeth Borne, y su equipo de Gobierno han comenzado a anunciar una batería de medidas con las que esperan poder pasar la página de la reforma de las pensiones: Primas de 100 a 230 euros al mes para todos los profesores, prolongación del escudo que limita el precio de la electricidad hasta el 2025, fin de la retirada de puntos del carné de conducir por excesos de velocidad inferiores a 5 km/h o reducir de 66 a 20 días el tiempo medio de renovación del carné de identidad. La semana que viene habrá más.
Estos anuncios los hizo durante su gira por toda Francia. Y en cada ciudad, se organizan grupos que compiten en las redes sociales para ver quién es el que ofrece una acogida más ruidosa, golpeando sus cacerolas, a Macron y sus ministros, con el objetivo de que no olviden que no están de acuerdo con la reforma de las pensiones.
El viaje a Pekín
A nivel internacional, la incomprensión llegó tras el viaje de Macron a China. En el avión de vuelta, el presidente francés concedió una entrevista a varios medios ante los que volvió a insistir en uno de sus temas favoritos, «la autonomía estratégica» de Europa, dando a entender que ponía en un mismo plano a Estados Unidos y China al afirmar que «lo peor sería pensar que los europeos somos seguidores y que debemos adaptarnos al ritmo norteamericano y a un exceso de reacción chino».
Esta frase, como cuando en el 2019 habló de la «muerte cerebral del la OTAN», provocó una viva reacción de los aliados, que le acusan de romper la solidaridad trasatlántica y de olvidar que, sin la intervención de Estados Unidos, el presidente Vladimir Putin ya habría conseguido sus objetivos en Ucrania.
El viaje a China fue seguido de un desplazamiento a los Países Bajos para hablar de la soberanía europea, pero igual que cuando se desplaza ahora por las regiones de Francia, su discurso resulta inaudible.