Tras caer en coma por un golpe en la cabeza, el dictador fue sustituido en 1968, pero no lo supo: creyó que todo seguía igual
25 abr 2023 . Actualizado a las 08:20 h.La revolución, sí, muy bien, pero ¿qué viene después?, se preguntaba Ryszard Kapuscinski en el Irán de los años ochenta. Dostoyevski, un siglo antes le habría contestado que lo importante es lo que viene antes: «Las revoluciones no operan rápidos cambios. Reconocer y confesar la falta, el pecado original, es todavía poco, poquísimo: hace falta desprenderse de ellos totalmente, y eso no se hace tan rápido». Los cambios tienen que producirse de forma interna; un régimen debe caer desde dentro.
Quizá sin una consideración semejante, en Portugal todo hubiera sido distinto hace hoy 49 años, cuando, en la madrugada del 25 de abril, Rádio Renascçença emitía Grândola, Vila Morena para que el Movimento das Forças Armadas se preparara para el golpe de Estado que acabaría con el salazarismo.
Una historia que da la vuelta al mundo una vez cada año. Pero para completarla, hay que irse unos años atrás, a finales del verano de 1968, cuando António de Oliveira Salazar se llevó el primer golpe que lo alejaría del poder. Literalmente. Su régimen ya no era lo que había sido; minado por la división interna y la obvia senilidad del dictador, todo quedaba en manos de la censura y de la Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE). Las cosas se precipitaron de la manera más prosaica, cuando el autócrata se disponía a recibir a su callista. En la consulta, se cayó de la silla y se golpeó la cabeza, tras lo que pasó unos días con pérdidas de memoria y otras complicaciones. El 16 de septiembre, lo operaban de un coágulo de sangre en el cerebro y, con el dictador en coma y perdidas todas las esperanzas, el día 27 el presidente Américo Tomás llamaba al poder a Marcelo Caetano.
Hasta ahí, todo cabe dentro de la normalidad. Lo que pasó a continuación es producto de una imaginación novelesca, que el escritor italiano Marco Ferrari solo tuvo que documentar y ordenar para obtener la surrealista La increíble historia de António Salazar, el dictador que murió dos veces (Debate), que parece una fantasmagórica tragedia de Shakespeare, pero que es real. Un preámbulo luso de Goodbye, Lenin. Ferrari cuenta cómo, medio recuperado, Salazar volvió a su residencia para retomar sus labores. Por consejo de los médicos y temiendo que no sobreviviese al disgusto de haber sido relevado, la cúpula del Estado Novo aplicó sus mejores dotes de censura para hacer creer al dictador que seguía dictando. «El propio Salazar, aún parcialmente paralizado y acusando un habla y percepción seriamente debilitadas, aún no está al tanto de haber sido sustituido como premier», informaba la revista Time en febrero de 1969.
Así, cada día acudían a sus dependencias, que ya no abandonaría, familiares, amigos e incluso ministros para acatar órdenes e informar de los asuntos principales. En la farsa llegaron a colaborar los altos funcionarios ya retirados, que se preocupaban de descalificar a Marcelo Caetano. También el ya jubilado editor del Diario de Notícias volvía cada noche a las oficinas del periódico para elaborar una edición especial, de un solo ejemplar, que a la mañana siguiente entregaban al dictador, tan deteriorado como su imperio. En esa mentira moriría el 27 de julio de 1970.
A menudo, en el engaño subyace el miedo, la asunción de que algo no es como debería. Y esta farsa tendría bastante de subversiva si no fuera porque Caetano, tras un breve intento de aperturismo, mostraría la misma incapacidad de adaptarse a las necesidades de la sociedad portuguesa que Salazar. Lo que le costaría, a él sí, el final de la dictadura el 25 de abril de 1974.