José Antonio Molina, especialista en bienestar: «Hay que superar eso de que al trabajo se va llorado»

Alejandra Ceballos

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«Todos somos frágiles», esta es la premisa con la que este experto nos invita a pensar en nuestras emociones y, sobre todo, a atravesar las crisis con una actitud diferente: «Podemos sacar cosas buenas de allí»

18 jul 2023 . Actualizado a las 09:24 h.

José Antonio Molina es especialista en bienestar, lleva varios años estudiándolo y actualmente trabaja como responsable para Castilla y León de Learning & Consulting The Adecco Group. Entiende que la felicidad no es estar «riéndose todo el tiempo», sino tener las herramientas necesarias para poder superar las crisis. Esta palabra, que a muchos les causa temor, y que para otros supone verse en un escenario sin salida, no son más que «momentos que implican cambios». Molina ha desarrollado una estrategia para afrontarlas y salir airosos. También ha realizado eventos internacionales sobre el tema.

—¿Cómo podemos definir una crisis?

—Las crisis son momentos de nuestra vida que implican un cambio, estar vivo implica tener que atravesarlas todo el tiempo. Por ejemplo, en la adolescencia, cuando cambia nuestro cuerpo y comenzamos a reconocernos y aceptarnos como seres individuales. Después vienen las crisis vitales; cuando nos enfrentamos a algo complejo; están las existenciales; las emocionales; de pareja; cuando tenemos que enfrentarnos al envejecimiento…

—Es decir, que vivimos en constante crisis.

—Sí, hace parte de lo que somos, pero las hemos entendido como algo negativo. El problema no son las crisis en sí mismas, sino que muchas veces nos pillan sin herramientas para afrontarlas. Incluso si es una crisis compleja, podemos sacar cosas buenas de allí, todo depende de cómo entendamos la situación.

—¿No implican dolor?

—Claro, tanto si son parte del ciclo vital como si se dan por causas extraordinarias y no deseables, pueden implicar dolor, pero no debemos tenerles miedo. Lo importante es superarlo. Por ejemplo, en Japón hay una técnica de reparación llamada kintsugi, y establece que donde nos rompemos hacemos espacio para que entre luz. Que nos rompamos no quiere decir que no haya belleza. Siempre habrá cosas que se nos escapan del control, momentos críticos, pero eso también nos da recursos para avanzar. No es fácil, pero si entendemos que siempre estamos aprendiendo y aceptamos nuestra fragilidad, será más sencillo atravesar estos momentos.

—¿Qué es la fragilidad?

—Es una característica intrínseca humana que implica estar condicionado por factores externos y necesitar de otros. Somos frágiles porque dependemos de muchos elementos externos, desde cosas tan básicas como nuestra propia biología o química cerebral, hasta temas tan complejos como las políticas económicas, el trabajo que hacemos, o el desarrollo que tenga el país donde crecemos. Y eso no es un problema, es parte de lo que somos. La fragilidad también está relacionada con el azar, con la probabilidad de que ocurran cosas que se escapan de nuestras manos.

—¿Como si fuera cuestión de suerte?

—Claro. La suerte existe, incluso aunque lo neguemos. Cuando queremos conseguir algo, puede ser que no estemos en el sitio adecuado, o no tengamos los contactos necesarios. Fíjate que muchas veces dos seres humanos ponen el mismo empeño en lograr algo y solo uno lo consigue. La probabilidad también entra en juego. Existe la suerte de nacer en una familia adinerada, o de ir por la calle y encontrar dinero. Hay otras personas que tienen menos probabilidades de que eso les pase. Hay personas a quienes el entorno las condiciona a tener más o menos oportunidades de vida, y eso es suerte.

—¿Entonces no depende solo de nosotros?

—Ese discurso es muy dañino. Pensar que todos somos superpoderosos es desconocer que hay gente con enfermedades, que hay más de 200 millones de niños pobres en el mundo, con menos oportunidades. Al fin y al cabo somos humanos en un mundo que va a su ritmo. Podemos proponernos una cosa y el mundo planifica otra. Las dinámicas políticas y económicas se escapan de nuestro control, pero condicionan nuestra vida. Por eso es importante reconocer que somos frágiles, y que hay personas vulnerables allá afuera.

—Si todos somos frágiles, ¿por qué nos cuesta tanto reconocerlo?

—Ahí viene la segunda vertiente. Todos somos frágiles, y admitirlo nos quita una carga de encima, el problema es que el término en sí ya nos genera rechazo, primero, porque hay un tabú, y segundo porque suele estar asociado a la fragilidad emocional. Esta se refiere a la carencia de herramientas para enfrentar las crisis, y esto sí puede llegar a ser problemático.

—¿En qué sentido?

—Si una persona tiene fragilidad emocional y se enfrenta a un entorno cambiante, va a estar desbordada todo el tiempo y no lo va a saber gestionar. Tal vez esa persona necesita aprender a manejar el estrés, las emociones, a gestionar el cambio y la incertidumbre, porque es parte de todo lo que le afecta en su día a día. La fragilidad emocional puede convertirse en algo patológico y paralizar a la persona, en estos casos se necesita terapia y apoyo psicológico.

—¿Por qué hay un tabú alrededor de la fragilidad?

—Antes se trataba, principalmente, de una cuestión de género: «Los hombres no lloran, eso es para mujeres», pero ahora está más relacionado con la productividad. Alabamos mucho a la gente superproductiva, que parece de acero. Pero esto tiene un gran coste emocional. Estas personas terminan con antidepresivos, o ingresadas por una migraña que no pueden sostener. Hay que superar el discurso de que «al trabajo se va llorado», porque somos seres emocionales. En el trabajo se ríe y también se llora. El cuerpo necesita descanso, la mente necesita parar, sin embargo, muchas veces no nos es permitido.

—Si tenemos las herramientas necesarias, ¿podremos lograr lo que queremos?

—No siempre. El discurso triunfalista de que «podemos con todo» termina siendo frustrante, porque cuando las personas no alcanzan lo que se proponen se sienten desilusionadas y eso es parte de un discurso del optimismo tóxico. Tenemos que actuar por la satisfacción más allá del resultado. Puede ocurrir algo diferente a lo que esperábamos, pero no por eso es malo. El «puedo con todo» establece unos estándares de vida muy artificiales: lo que vemos en las películas, en las redes sociales y creemos que esa es la vida ideal. Pero en la vida real, yo puedo querer ser el presidente de la empresa, y por mucho que me esfuerce, si no entiendo de qué va, si no he puesto un capital ni soy parte de la junta directiva, y tampoco sé gerenciar, no lo conseguiré y va a hacer que me frustre por no alcanzar ese objetivo.

—¿Esos «sueños» de las redes sociales pueden ser perjudiciales?

—El problema es que llevan la riqueza a un enfoque de «yo tengo, yo quiero, yo puedo». E incluso, a veces, te invita a pasar por encima de tus valores para conseguirlo. Eso causa una fuerte presión en todos porque siempre tenemos que alcanzar un nivel, que muchas veces está alejado de nuestro contexto y parece que nada de lo que hacemos es suficiente. Es ese síndrome de la felicidad aplazada: «Seré feliz el día que». Esto trae frustración, nos aleja del presente, de la posibilidad de agradecer lo que ya tenemos, o sentirnos bien con lo que ya hemos logrado.

—¿De qué forma se puede entender sanamente la fragilidad?

—Primero, debemos entender que no somos ni superhombres ni supermujeres, somos humanos, y por ende somos frágiles, muchas veces necesitaremos ayuda y muchas veces nos equivocamos, pero aquí es donde entra la fragilidad como herramienta para afrontar las crisis. No se trata de decir: «Como soy frágil, aquí me quedo a llorar», sino de entender que a veces ganamos y a veces perdemos y no por eso tenemos que caer en el abatimiento. Entender que los momentos difíciles existen, pero podemos pasar por ellos sin morir en el intento. Va de saber que es válido admitir que no sé algo, con el ánimo de aprender; o que me equivoqué, para poder corregirlo, en lugar de, por ejemplo, evadir los problemas, o negar el error.

—Entonces, a pesar de la «suerte», ¿sí podemos salir adelante?

—Se puede, hay que luchar. La historia está llena de personas resilientes y que, a pesar de las circunstancias, lograron sacar adelante una empresa, un negocio, una familia. Debemos tener esperanza, luchar por salir adelante, pero también entender que no todos lo hacemos de la misma manera, ni al mismo tiempo. Hay que revisar cosas más elementales y simples. Lo que debemos mirar es el crecimiento de competencias técnicas, intelectuales y emocionales para afrontar los cambios.