Lucía cayó en una adicción al ser víctima de trata
30 jul 2023 . Actualizado a las 21:16 h.Los sueños a veces «nos traicionan». Es así. Lucía (nombre ficticio) nació en Brasil en una familia humilde. Como muchas niñas, soñaba con conocer mundo, ser independiente y feliz. Ese deseo, de improviso, se la llevó al pozo. Unos hombres le ofrecieron papeles y un trabajo en España y «me vine con toda la ilusión del mundo». Al llegar al aeropuerto, unos hombres la esperaban. «Me quitaron el pasaporte y me encerraron en un prostíbulo de Don Benito (Extremadura) junto a otras mujeres». Las hacinaron en una habitación donde pasaban el día y por la noche «nos obligaban a prostituirnos». Los que se quedaron su pasaporte le pedían «muchísimo dinero para devolverle sus papeles». Lucía era invisible y no le que quedaba otra que «hacer lo que me pedían». Allí estaban a cargo de «una madrastra» que las atendía y vigilaba durante el día.
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Un día, Lucía y otras compañeras, la engañaron y se escaparon de allí. Hay un silencio. Los recuerdos duelen. «Llegamos a una gasolinera y allí le contamos todo lo que nos pasó a un hombre».
—¿Os ayudó?
—«Nos mintió».
—¿Cómo?
—«Pidió un taxi diciendo que nos iba ayudar. Nos fiamos de él porque no teníamos otra opción».
—¿Y qué pasó?
—«Nos vendió a un prostíbulo de O Barco de Valdeorras». Otro silencio. «Qué mala suerte, ¿verdad?».
Ese taxi y el hombre de la gasolinera la condenaron a «sobrevivir» entre «prostíbulos, chulos y puteros». Trato de acostumbrarse a esa vida para no morir ni «sacarse del medio». Llega un momento en el que «lo normalizas y te convences de que es lo que te ha tocado vivir». Lucía llegó a creerse de «que yo no podía ser feliz». Se la llevaron por prostíbulos de toda España y también de Europa. En ese recorrido llegaron las drogas. «Nos las facilitaban porque así también nos controlaban mejor», cuenta. Lucía se dejó llevar y encontró en ellas, sobre todo en el alcohol, un lugar donde escapar de su vida. La adicción «me ayudaba», pero al mismo tiempo «me condenó».
En uno de sus viajes, a Lucía un hombre se le ofreció en matrimonio. No estaba enamorado, no. Solo quería su dinero y «algo más». Era un matrimonio de conveniencia. «Le pagué tres mil euros y nos casamos en Pontevedra».
—¿Y te fuiste a vivir con él?
—«También escapé. Yo no quería estar con él». Se queda pensando. «Si te fijas, mi vida es una huida permanente». Después de la boda, siguió saltando de ciudad en ciudad hasta que llegó a Vigo. Era 2019, «el peor año de mi vida». Su padre murió en Brasil y ella se enteró aquí. «Me trastorné». No se perdonaba haberse distanciado de su familia. Lo hizo porque se «avergonzaba de su vida y no quería preocuparlos», pero eso provocó que «estuviera aún más sola». Vivía en una habitación en Vigo por la que pagaba 200 euros por semana. La dueña le puso ese precio a cambio de que Lucía se pudiera censar allí. «Lo necesitaba para poder solicitar alguna ayuda social», si no «seguiría siendo invisible». La pandemia la pilló allí con «una depresión de caballo». Vivía flotando entre «antidepresivos y alcohol». Quería salir, vivir, pero la adicción «la estaba matando».
En el peor momento llegó a Érguete. «Conocí a Javi, el responsable de viviendas de acogida, y me cambió la vida». Entro a vivir allí y, «aunque pensaba que conmigo ya nada iba a funcionar», todo fue a mejor. Lleva más de un año sin consumir, ha hecho formaciones y busca trabajo. De alguna manera, está viviendo ahora «el sueño que me robaron con 20 años». Se emociona al recordar, pero también sonríe por el futuro que quiere. A la sociedad solo «le pide que no mire a otro lado» y que una adicción «puede con cualquiera».