José, escalador de 77 años: «Cuando me ven piensan "el abuelo ese", pero cuando escalo se les olvida»

Alejandra Ceballos

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No hay límites de edad para alcanzar la cima. La vida de José ha estado atravesada por el deporte. Corría, pescaba y desde siempre ha escalado. Los 77 años no son una excusa para detenerse

06 ago 2023 . Actualizado a las 12:14 h.

Llega al rocódromo Hangar 4 antes de que abra al público. Entra y saluda como si estuviera en su barrio. Lleva unos vaqueros, camisa de botones y zapatos de calle. Hoy no va a entrenar, pero el rocódromo es como su casa, el mejor lugar para hablar de su pasión: la escalada.

José López Creciente cumple 78 años este septiembre, y aunque sigue sumando otoños, no ha dejado de escalar desde que se inició con esta afición hace más de medio siglo. Ni siquiera una fractura del calcáneo (hueso del talón) hace siete años fue motivo para detenerse. Nació en A Coruña, pero de joven ingresó al Ejército y se trasladó a León. Allí, entre montañas y naturaleza conoció este deporte que hoy le da vida. «Es una motivación, la posibilidad de evadirme de todo por un momento», asegura.

Cuando estaba en el colegio, era atleta. Lo suyo eran las carreras de velocidad, y al llegar a León comenzó a prepararse para hacer larga distancia. «Corría maratones. He hecho casi todos los de España, también varios de los principales del mundo», relata. Los entrenamiento, cada vez eran distancias más largas, lo llevaban a espacios más lejanos, pero también más impresionantes. Estar en la naturaleza fue lo que lo enganchó a la escalada. «Primero sales a andar, luego trepas un poquito, ves gente, te animas, quedas con ellos… Así empecé yo», explica.

Practicaba escalada clásica, es decir, él mismo iba poniendo «tacos de madera», clavos o nudos de las cuerdas entre las fisuras de la montaña para asegurarse a medida que iba ascendiendo. En aquella época no contaba con el equipo que tiene hoy en día, sin embargo, esos primeros años no sufrió ningún accidente. «En aquel entonces, en el 72 o el 73, la gente no estaba tan preparada para escalar como ahora. Pero desde hace treinta años ha empezado a mejorar mucho. Las cuerdas son menos pesadas, hay dispositivos más modernos para asegurarse... Además, los chicos están muy preparados, escalan en grados que antes parecían impensables», reflexiona.

"Tras el accidente me dijeron que me iba a quedar cojo, y a los pocos meses ya estaba de nuevo escalando”

A medida que avanzaban las técnicas de escalada, José seguía perfeccionando sus habilidades y aumentando su afición. «Durante 25 años seguidos pasé las vacaciones de verano con mi familia en los Picos de Europa. Mis tres hijos escalaban, más los chicos que la niña, pero todos lo hacían, aunque por trabajo lo fueron dejando», cuenta. También ha escalado en Castilla y León, en los Alpes, en el glaciar de Baltoro en Pakistán, incluso en el Himalaya. Ha llegado a la cima de varios picos de más de 4.000 metros, uno de ellos, de 6.200 en Nepal, y aún no planea detenerse. «En el Himalaya o en Pakistán es muy sorprendente lo diferente que es la cultura. Y la naturaleza es impresionante, por su grandeza. Llegas a la cima y ves todo desde allí. Es brutal. Desde arriba te preguntas por qué será que a veces los humanos somos malos», reflexiona.

Sumar años

En algún punto de su carrera pudo regresar a A Coruña y desde entonces ha vivido en su ciudad natal, donde también empezaron a multiplicarse los aficionados y profesionales de la escalada. «En los años 70 salieron de aquí chicos muy buenos. Yo no estaba a su nivel, pero sí compartí algunos ratos con ellos. Era gente de la escuela del monte Xalo», relata. Además de los exteriores, con el crecimiento del interés por este deporte, también aparecieron los gimnasios de escalada o rocódromos, como Hangar 4. José entrena allí mínimo dos veces por semana en invierno y, en verano, aunque prefiere el aire libre, también va una vez a la semana.

Además el deporte, José no tiene ningún secreto de salud. «Duermo poco, dicen que es por la edad, aunque puede darse la posibilidad de que una noche de repente duerma ocho horas del tirón. Y la comida, nada. Como lo que toque: tortilla, lentejas, caldos, carnes… lo que haya, y una copita de vino. Si es una fiesta, a lo mejor un poquito más», bromea. «Doy gracias a Dios de no tener ningún problema de salud. Trato de mantenerme, de no perder flexibilidad, ni fuerza, de poder seguir haciendo lo que hago, aunque lo que más me preocupa no sería un cambio en el cuerpo, sino en la memoria, un día no reconocer al que tienes al lado», reflexiona.

Pero no parece que la flexibilidad y la fuerza vayan a acabarse pronto. De hecho, se recupera de las lesiones como si fuera un chaval. «Hace siete años me caí y me fracturé el calcáneo. Me dijeron que me iba a quedar cojo y que no podría volver a escalar. Yo les dije: ‘No sabes con quién estás hablando’. Fue en agosto o septiembre, y en marzo del año siguiente ya estaba escalando otra vez», narra orgulloso.

La caída fue en Asturias, en el Picu Urriellu. «Estaba —como no podría ser de otra manera— con mi buen amigo Jacobo. Me quise descolgar, se soltó uno de los seguros, pendulé en la cuerda y me golpeé el pie con un pico. Me descolgué como pude, hicimos un rápel hasta un punto donde pudiera recogerme el helicóptero y Jacobo regresó andando por el coche. Reaccionó muy bien, con mucha cabeza. Yo en ese momento pensé en las cosas más tontas: en no querer dejar el material allí», indica.

Después del golpe lo operaron en A Coruña, y tras mucha terapia y dolor, contra el pronóstico médico, volvió a la montaña. «Te suele quedar un poco de miedo, pero lo importante es seguir», reflexiona.

Deporte de amigos

Durante varios años, José siguió corriendo, además hacía pesca de río (que también aprendió en León) y compaginaba con la escalada, pero después de una hernia discal, dejó de correr. «Hace por lo menos 15 años me tuvieron que operar y quedé bien, pero sentía que me molestaba cuando corría, no podía hacerlo de manera fluida, así que lo dejé… Con el tiempo también renuncié a la pesca. Al final, me quedé con la montaña nada más», narra.

Es un veterano entre los aficionados a este deporte, pero no se siente así. «Al principio a lo mejor te ven y piensan: ‘El abuelo ese’, pero una vez que te ven escalando, se les olvida. Yo estoy con gente mucho más joven y tampoco me siento diferente. Es como si fuera cualquiera de ellos. La escalada me ha dado amigos desde los 18 hasta los 60», asegura.

Los grados de escalada van desde el IV, hasta el 9C. José se mantiene en lo que él considera un humilde 6C, aunque a muchos les cueste incluso el IV. Reconoce que el paso de los años se siente en el cuerpo, pero no se detiene, e insiste en que lo importante es disfrutar. «Me da la impresión de que animo a la gente a seguir. Me aprecian y yo los aprecio mucho a ellos. Lo importante es salir, disfrutar la naturaleza, da igual que hagas un 8C que un V. Lo que vale es poder ver las cosas a vuelo de pájaro, apreciar lo brutal que es todo desde arriba», concluye.