Giorgio Diritti presenta en «Lubo» la fuga hacia delante de un gitano al que arrebatan a su familia en una Suiza nazificada
08 sep 2023 . Actualizado a las 09:48 h.Tras el paseo triunfal por esta Mostra de Matteo Garrone e Io Capitano, el cine italiano aún reservaba algo más en la sexta película local compareciente. Parece que Garrone y —en el día consecutivo— Giorgio Diritti, con Lubo, han querido dejar el pabellón autárquico a salvo y mostrar que hay vida después de Moretti, Bellocchio y Alicia Rohrwacher, talento huido a Cannes.
Diritti extiende Lubo en tres horas, con la fuga hacia delante de un gitano que ve cómo los ecos del nazismo triunfante llegan a Suiza. Y sufre el modo en que la oligarquía no se corta tampoco en antisemitismo o racismo genérico. Prohíben su compañía ambulante, matan a su mujer y reparten a sus tres hijos entre familias purasangre, sirviéndose de una organización benéfica local. Fue un modelo repetido en esa Europa totalitaria: en la España de ese tiempo a través de la institución del Auxilio Social que dirigía la viuda de Onésimo Redondo, Mercedes Sanz Bachiller, en un entramado construido sobre las teorías de los genes subversivos enfermos del temible psiquiatra eugenésico Vallejo-Nágera.
Este agonista gitano de Lubo cruza todas las líneas de la prudencia o la moral, mata y roba para reinventarse en esa Suiza en parte nazificada. Y es capaz de penetrar en los palacios y en las alcobas, en las estructuras de esa falsa y criminal beneficencia, en una lucha ciega para dar con el paradero de su crianza arrebatada. Giorgio Diritti posee el mérito no pequeño de articular esa esquinada búsqueda a partir de un guion primoroso, capaz de no caer nunca en el efectismo melodramático. Y es una decisión muy sabia porque lo que hace con todo ello es despejar el camino (la pantalla) para que ese monstruo actoral de nuestro tiempo que es el alemán Franz Rogowski haga de nuevo patente la enormidad de su talento. Rogowski —descubierto por el cineurgo Christophe Petzold y ahora mismo en las salas comerciales con la notable Passages de Ira Sachs— se ha revelado en apenas cinco años como el incontestable primus inter pares de la interpretación en Europa.
En Lubo se abre camino con el dibujo siempre fronterizo de este personaje en la línea de sombra, con sus claroscuros éticos complejísimos de trazar. Y él no hace más que vadear peligros, esquivar estereotipos y lograr que este desesperado seductor camine sobre el alambre durante 180 minutos y sin titubeos. Que desmoche y ensanche casi hasta lo milagroso esa fronda de viscosidades humanas en el tiempo de los miserables. Y que salga al claro, ya en los años de la desnazificación, para tratar de resucitar con una historia de amor. Sería de una ceguera preocupante que el jurado de Damian Chazelle y su alegre muchachada no premiasen a Rogowski por esta nueva proeza.
Fuera de concurso, ese reinventor del absurdo en el cine llamado Quentin Dupieux nos regaló otro de sus shows inimitables del más aquilatado non sense. Aquí, al buscar a un Dalí como caricatura (menudo pleonasmo) alcanza momentos de surrealismo impagable en ese pasillo sobre el cual el pintor camina sin avanzar, o en ese sueño donde un sacerdote y un pistolero del Far West nos mantienen en un bucle de comicidad del que no parece haber salida. Daaaaaali! y Dupieux estaban condenados a entenderse. Solo era cuestión de tiempo.