El árbol que cobijó a Kevin Costner y ahora ha sido talado ilegalmente

Carlos Portolés
Carlos Portolés REDACCIÓN / LA VOZ

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El Sycomore Gap Tree, un arce de más de 300 años de antigüedad famoso por aparecer en la película «Robin Hood, príncipe de los ladrones», ha aparecido cortado en lo que, se cree, ha sido un acto de vandalismo

30 sep 2023 . Actualizado a las 17:28 h.

En el norte de Inglaterra está el Parque Nacional de Northumberland. Un extenso paraje verde atravesado por una lengua de piedra de casi 2.000 años de antigüedad, el Muro de Adriano. Después de conquistar Britania, los romanos levantaron esta construcción para poder defenderse mejor de las aguerridas tribus caledonias. En total, se prolonga unos 117 kilómetros. El lugar tiene un particular rincón que, en las últimas décadas, ha sido objeto de culto y peregrinación. Entre dos colinas, como formando una enorme «U» rellena de cielo, había hasta ayer un majestuoso árbol sicómoro. Alto y desgarbado, como un gigante amable de madera y hojas. Ahora tan solo hay un hueco. Alguien ha decidido unilateralmente acabar con la existencia del arce más celebre de toda la Gran Bretraña.

No es muy habitual redactar una pieza con registro de obituario para un elemento vegetal. Pero es que el Sycamore Gap Tree —así lo conocían los isleños— apareció en tantos sitios y vio tantas cosas que merece, sin duda, unas pocas líneas de melancolía por su partida. Pero, ¿por qué concretamente en este árbol se fijaron los hasta hace poco súbditos isabelinos? ¿Por qué no en cualquier otro? La respuesta, en realidad, es de difícil encaje. Las cosas, a veces, se hacen famosas porque sí y luego lo siguen siendo por inercia. Prueba de su notoriedad es el título oficioso que ostentaba. «Árbol más fotografiado de Inglaterra». Pero es que la historia tiene aún un par de giros más, porque el culpable de este estrellato dendrológico fue, al menos en parte, Kevin Costner

Estaban comenzando los locos 90. Costner, aún relativamente joven, levantaba ardientes pasiones con su mata de pelo y sus ojillos de carnero. Había inaugurado la década con el que fue el punto álgido de su carrera, Bailando con lobos. Una película tan buena como larga que convirtió al californiano en el nuevo querido de la crítica y de la Academia. Pero fue al año siguiente —1991— cuando se consagró como mesías de la cultura pop. Vistió las mallas y se convirtió en el proscrito más famoso de todos los tiempos, Robin Hood. Todo un reto, pues antes que él habían tensado el mismo arco nombres de relumbrón como Errol Flynn o Sean Connery —y hasta un zorro, en la versión aquella de dibujos, pero ese es otro tema—. Pero estaba bien acompañado. De mano derecha, Morgan Freeman. De enamorada, Mary Elizabeth Mastrantonio. De malo malísimo, Alan Rickman

Un saco de aire y un vacío de nada

La película, aunque sin duda marcó una época con su ligero histrionismo, sus pelucones exagerados y su aura kitsch, despertó opiniones enfrentadas. Pero hay una cosa que nadie, ni siquiera los más rabiosos detractores del título, discute. Sus boscosos entornos naturales son un alarde preciosista. Y ahí es donde el añorado Sycamore Gap Tree entra en acción. Aparece, todo coqueto y resultón, en una de las escenas iniciales de la película, cuando el héroe, recién retornado de las cruzadas, pone ojos por fin en su amada tierra. El árbol se cuela en el plano con quietud solemne —todo un John Wayne con hojas—. Desafiando al paso del tiempo. Como si de él colgara un cartel en el que se leyera «por muchas lunas que hayan menguado y luego crecido y luego menguado otra vez, querido Robin, yo sigo aquí, así que esta es aún tu casa».

Adam Vaughan | EFE

Y es que había algo hogareño en la visión de su copa pintada contra los naranjas del cielo. En su forma estoica de permanecer. Simplemente de permanecer. Algo que, en un mundo que se revuelve y que se rompe un poco más a cada rato, no es una virtud menor. Supieron apreciar los ingleses este rasgo extraordinario. En los últimos 30 años, acudían en miríada a posar bajo sus ramas. En 2016, fue votado Árbol del Año —algo así como los Bafta para Ents—. En vida, fue apreciado, retratado, cuidado y preservado. Lo fue hasta que una persona y una motosierra se cruzaron en su camino. Ahora, donde antes había un trocito de la historia del cine, y un banco infinito de recuerdos, y un millón de sonrisas fotogénicas distintas de un millón de personas distintas, y un testigo mudo que miraba hacia la lontananza al amparo de dos senos de hierba y roca, no hay más que un vacío de nada. Un saco de aire en el que se hace evidente la falta de algo importante. 

Adam Vaughan | EFE

Los más devotos se trasladaron raudos a decir adiós. Como una comitiva en el funeral de alguien importante. Queda únicamente el escombro de lo que ayer era un gran tronco. Lo rodean tarjetas de condolencia y cariño. 300 años sin moverse un centímetro que han sido segados entre zumbidos mecánicos, a hurtadillas y porque sí. La policía ha detenido, como principal sospechoso, a un joven de 16 años. Esperemos que Costner lo perdone porque, sin duda, no sabe lo que ha hecho.