Benjamin Netanyahu: un exsoldado de élite intenta matar al monstruo que él mismo ha creado

Andrés Rey REDACCIÓN / LA VOZ

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Lo acechan un juicio por corrupción y una guerra que promete destruirlo

17 oct 2023 . Actualizado a las 09:33 h.

Benjamin Netanyahu lleva más de tres decenios en la política y acumula tantas victorias electorales como apodos. Lo han llamado Mago, por una aclamada habilidad para encontrar la victoria en las fauces de la derrota. Rey Bibi, por mantenerse en la cima política hebrea más tiempo que nadie. Incluso simplemente —no siempre con afecto— Bibi. El último de ellos, Sr. Seguridad, se lo había labrado él mismo, pero ahora aparece hecho añicos junto a una pregunta: ¿Cómo ha podido pasar?

Aún no está claro cómo 1.000 militantes de Hamás lograron entrar en Israel y asesinar «a más judíos en un día que en cualquier otro momento desde el holocausto», en palabras del presidente del Estado, Isaac Herzog.

Controversias

Al Mago le quedan pocos trucos en la manga. Detrás de sus ojeras hay diez meses de protestas contra una controvertida reforma judicial, una imputación por corrupción y, ahora, una guerra que él no ha escogido, en forma de «monstruo» (en palabras del analista israelí Amit Segal) implacable que promete destruirlo. Aunque cada vez está menos claro quién es el monstruo.

Benjamin (Bibi) nació en Tel Aviv en 1949. Cuando tenía 14 años, su familia se mudó a Estados Unidos porque a su padre, Benzion Netanyahu, le habían ofrecido un puesto académico.

Con 18 volvió a Israel y se alistó en el Ejército. Allí luchó codo con codo con su hermano Jonathan (Yoni), pasó cinco años como capitán en una unidad de élite —el Sayeret Matkal—, fue herido en el ataque a un avión secuestrado, combatió en la guerra de Oriente Medio y luego volvió a Norteamérica para continuar sus estudios.

La muerte de Yoni, en 1976, marcó para siempre a Benjamin. Ocurrió durante una operación de rescate de rehenes, en Uganda. Él fue la única baja.

Ascenso al poder

En 1988, Bibi se asentó definitivamente en Israel. Había fundado un instituto antiterrorista en honor a su hermano, estudiado Arquitectura, Administración de Empresas y Ciencias Políticas (esta última la dejó a medias) y trabajado como representante de Israel ante la ONU. Se adentró en la política de la mano del partido Likud, con una visión profundamente derechista y antipalestina. Consiguió un escaño en la Knéset (parlamento) y se convirtió en viceministro de Relaciones Exteriores.

Luego ascendió a la presidencia del partido y, en 1996, se colocó por primera vez al frente del Estado. Ganó unas elecciones anticipadas después del asesinato de su predecesor, Isaac Rabin.

Lo mató un ultranacionalista israelí que se oponía a los acuerdos de Oslo (por los que el Estado judío le devolvía algunos territorios a Palestina). «Está alejado de la tradición y los valores judíos», decía Netanyahu, que llegó a dirigir una falsa procesión fúnebre —con ataúd y soga— en un mitin. «Muerte a Rabin», gritaban los manifestantes.

Caer y levantarse

Su primer mandato fue breve. Netanyahu perdió unas elecciones anticipadas en el 99 contra el líder laborista Ehud Barak (que había sido su comandante en el Ejército). Pero se quedó en la sombra. Al principio como ministro de Relaciones Exteriores, luego de Finanzas. En el 2005 dimitió, en protesta por la retirada israelí de la Franja de Gaza, y resurgió ese mismo año como líder de Likud.

Entre el 2009 y el 2021 se mantuvo en la cima. Fueron 12 años en los que endureció cada vez más la posición de Israel ante los palestinos. «No se creará un Estado palestino. No sucederá», aseguró. Y el odio entre los dos pueblos se volvió insostenible.

El ya Rey Bibi llegó a forjar una estrecha relación política con Donald Trump. De hecho, durante sus juicios por corrupción, el dirigente judío también habló de «caza de brujas».

Después de poco más de un año lejos del poder, Netanyahu volvió a liderar el Ejecutivo israelí en el 2022. Prometió seguridad y compromiso, pero ahora apenas consigue reaccionar. Tarde, inconsistentemente, ante el resultado de un odio imparable que él mismo alimentó durante más de un decenio y ha eclosionado como su propio monstruo.