Yabalia desde la distancia: «Quiero morir con mi familia y abrazar a mis hijas»
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Israel impidió a Mahmud a volver a su casa en Gaza. Ahora vive con miedo a que le detengan en Belén, mientras espera volver a ver a su familia. O lo que quede de ella
16 nov 2023 . Actualizado a las 17:34 h.«Mi mujer me llamó a las seis de la mañana para decirme que habían destruido nuestra casa. Luego me dijo que mi hermana, de 25 años, y sus dos hijas, de 6 y 12, habían muerto en los bombardeos». Es la última llamada que Mahmud recibió desde su natal Yabalia. El miércoles intentó comunicarse de nuevo con su familia, pero no obtuvo respuesta. La incesante lluvia de proyectiles israelíes opacaba la llamada. Desde que el Gobierno de Israel le retiró el permiso de trabajo y le forzó a marcharse a Cisjordania, lo único que ha hecho ha sido esperar.
Su familia se encuentra refugiada en casa de los vecinos. Apenas les queda comida. No tienen agua ni luz. Toda la ayuda humanitaria de la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (URNWA) se queda en el sur, donde hay desplazados más de 600.000 gazatíes que reciben unas donaciones insuficientes para cubrir necesidades básicas. Tampoco hay pan, las panaderías son objetivos. «Podrían ir al sur, pero también bombardean las carreteras. Mi familia tampoco quiere dejar su casa. Si van a morir, ¿qué importa quedarse o irse?», reflexiona Mahmud.
Este trabajador de la construcción recibe las noticias de su familia mientras se esconde del Ejército de Israel. Según la Autoridad Nacional Palestina, unos 180 trabajadores con permisos israelíes para trabajar en zonas cerca de Gaza fueron obligados a exiliarse en Belén. Desde el 7 de octubre, 70 de ellos han sido detenidos. «El martes vinieron a por nosotros. Nos quedamos dentro de un edificio a la espera de que nos esposaran, pero decidieron irse», recuerda el gazatí mientras comenta que estas detenciones son arbitrarias porque la Administración israelí sabe quiénes son los detenidos y que son simples trabajadores.
Además, Mahmud afirma que cuenta con la protección de la Autoridad Palestina, que acordó con el Ejército el cese de las detenciones. Sin embargo, Israel no respeta ese pacto. «No sabemos por qué nos persiguen, pero tampoco tengo miedo», cuenta.
Fronteras del dolor
Mahmud aparta un café y coge su teléfono móvil. Muestra imágenes de las víctimas de los bombardeos sobre el campamento de refugiados de Yabalia. Se para en una concreta. Una bolsa deja entrever el cuerpo de una mujer abrazando a su hija. Ambas muertas. Los habitantes de la Franja decidieron que las enterrarían así, según narra, porque es lo que hubiera querido la madre. «¿Esto es la guerra contra el terror en Gaza? ¿Esto es acabar con Hamás? Han muerto 3.000 niños y 2.000 mujeres. ¿Cuántos combatientes de Hamás?», se pregunta abatido. En el ataque del Yabalia han muerto entre 50 y 150 personas, según la ONU y fuentes hospitalarias gazatíes respectivamente.
Para el obrero palestino, la guerra no empezó el 7 de octubre, sino mucho antes, con la violencia de los colonos sobre la población cisjordana, el bloqueo por tierra, mar y aire de la Franja y los desempeños del Ejecutivo ultraderechista de Netanyahu. «Agotamos todas las formas de resistencia pacífica. Intentamos las soluciones diplomáticas. Hamás actuó porque Israel no quiso hacer caso a esas propuestas», subraya Mahmud, que hubiese preferido la paz y no ver cómo su ciudad es destruida
Pero desde un punto de vista u otro, lo cierto es que la guerra en la Franja continúa y Mahmud es incapaz de ver a sus hijos y a su mujer. Y sin trabajo ni oportunidades de salir adelante, tiene claro su objetivo. «Si me dejaran, me iría mañana por la mañana a Gaza. Me dan igual los bombardeos, quiero morir con mi familia y abrazar a mis hijas. Si fueran humanos, nos dejarían hacerlo», objeta refiriéndose a las autoridades de Israel. «Quiero volver aunque mi casa esté en ruinas. No soy un refugiado, soy un ciudadano», remarca.
El gazatí sabe que su actual circunstancia, sus declaraciones y sus opiniones pueden ponerle en riesgo. Pero considera que su testimonio ayudará a romper con el control del relato en la guerra y facilitará que el mundo comprenda la realidad palestina del territorio bajo invasión. «Una vez que matan a tu familia, ¿qué más hay que perder?», concluye. Aunque el horizonte es lejano y se prevé una guerra larga. Mahmud apenas duerme de noche, pero sueña con que, acabado el infierno desatado sobre el enclave costero palestino, podrá volver a ver a su familia. O lo que quede de ella.