¿Por qué los niños ya no quieren ser vaqueros?

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Con el tiempo, el interés del público por el wéstern se ha reducido considerablemente. Estrellas pasadas como John Wayne o Gary Cooper no son ya los tipos admirados que un día fueron. Pero de toda experiencia pasada se puede rescatar algo

22 dic 2023 . Actualizado a las 17:44 h.

Creen algunos que no ha tratado bien el tiempo a la figura de John Wayne. A casi ninguno de los de similar patrón, en realidad. Es, hasta cierto punto, natural que los chicos ya no quieran ser Gary Cooper ni tener un Winchester 73. Son cosas del calendario, que lo borra todo. Los cowboys más legendarios de Hollywood —o incluso los de la italia copiota del spaghetti— han sido relegados a figuras deformadas mil veces por los ojos que se cierran a la hora de la siesta. Pero, si se tiene la cualidad de la nostalgia, es imposible no sentirla, aunque sea un poquitín, ante el olvido de estos galanes de frontera. Antes, los niños, o eso dicen las batallitas de los más mayores, soñaban con estar solos ante el peligro cuando el reloj acariciaba el mediodía. Con revólver al cinto, sombrero derecho y paso firme. En frente el malo más malo. En el corazón el sentido del deber y el fervor por los mechones rubios de Grace Kelly.

No es mal asunto la nostalgia, a pesar de su mala prensa y de los intentos de secuestro orquestados por gente que, en realidad, no es nostalgia lo que tiene sino tontería crónica. Abundaba esta tristeza de las cosas, las gentes y los sitios en los universos del oeste de mentira, el que tenía una cámara en cada callejuela, taberna y cactus. Más aún. Las viejas historias de vaqueros están hechas fundamentalmente de nostalgia. Con su poco de pena, su pizca de tragedia y su cucharadita de esperanza. De lo que no muchos se acuerdan es de que estas películas, en el fondo, de lo que van es de todo lo que importa. Para saber verlo, no obstante, hay que hacer un pequeño esfuerzo por situarlas y traducirlas. 

Dicen los que no se fijan y los que no quieren entender que el wéstern es el género que ensalza la ausencia de emoción. El de los tipos duros y los machotes planos. Es difícil negar que por las avenidas sucias de los poblados sin ley fluyen riachuelos de testosterona. Es una crítica justa la de que todo el que no sea un certero pistolero tiene encaje complicado en estos escenarios. Pero, con un poco de benevolencia, el espectador que se acerque un poco comprobará que en esta conquista ficticia de desiertos y valles no solo hay emoción, sino que están, una por una, todas las emociones que son verdad.

John Wayne era un chulito ¿no? Un mal actor, un desfasado. Bueno, bueno, habrá que debatirlo. Son cargos graves y todo acusado tiene derecho a una defensa. Hasta los que estuvieron en El Álamo intercambiando disparos con el ejército de México. A lo mejor el problema es ese. Que de Marion Morrison —su nombre real y ligeramente menos glamuroso— se han quedado en la memoria colectiva fotogramas sueltos y no imágenes en movimiento. Un tiarrón pegando tiros aquí y allá porque sí. Todo el rato empapado en violencia gratuita y febril. ¿Era ese su papel en las peliculas de Ford y de Hawks? ¿O estamos ante un flagrante caso de amnesia compartida?

Un cargamento infinito de croquetas

Hay mucho título en la filmografía de Wayne. Más de ciento. No todos son obras maestras, pero bueno, que levante la mano el que nunca haya sacado los pies del tiesto, aunque sea un poquito. A pesar de que jamás pisó una trinchera que no fuera de atrezzo, fue un entusiasta propagandista de la causa yanqui en la II Guerra MundialArenas sangrientas, La flota silenciosa, Infierno en las nubes...— (incluso le dio tiempo a hacer, ferviente antocomunista como era, apología de la invasión del Vietnam salvaje con su rara obra Boinas verdes). 

Pero a la posteridad pasó como vaquero, y salvo por un puñado de loabilísimas excepciones —La taberna del irlandés, El hombre tranquilo, Hatari...— fue sobre el caballo donde alcanzó en vida las más altas cotas de fama y gloria. Y con razón, porque, a fuerza de abonar y abonar este campo, acabó dejando una cifra más que meritoria de gemas imprescindibles para cualquiera aquejado de cinefagia. En no pocas de ellas, y esto es algo perfectamente demostrable, se dejó abrazar por la vulnerabilidad y los sentimientos nobles. La realidad, aunque suene todo este argumento a guasa, es que el arquetipo wayniano es el de un pedazo de pan enterrado bajo densas capas de fanfarronería masculina. Aquí van un par de ejemplos, para que no se me trate de bufón o abogado del diablo. 

La trilogía de la caballería de John Ford —me estoy conteniendo para no parecer un groupie alocado, pero si no está este triángulo de títulos en roce con la perfección que me atropelle ahora mismo un camión o, mejor aún, un caballo— consta de tres brillantes flagelos: Fort Apache, La legión invencible y Río Grande. Elegir uno no es que sea como decidir entre irse con papá o con mamá, es que es peor. Sería como escoger entre un suministro ilimitado y vitalicio de croquetas o la paz mundial. Imposible, vamos. 

El viudo que le dice adiós a una tumba

En la entrega del medio, que en su versión original recibió el mucho más acertado y dulce nombre de She wore a yellow ribbon («Ella llevó un pañuelo amarillo»), Wayne interpreta a un veterano y cansado capitán viudo que debe abandonar el puesto de frontera que ha habitado largos años para embarcarse en una última y peligrosa misión. Entre aquellas empalizadas había acabado el tipo, Nathan Cutting Brittles —eso sí que es un señor nombre— por construir una vida. Una con una casa y un jardín. Y todo lo había hecho acompañado, qué suerte la suya, de una mujer que había sido su único y gran amor. De pronto se enfrenta a la perspectiva de dejar atrás para siempre la tierra bajo la que descansa su esposa, en una sencilla tumba rodeada de flores y de los ámbares del atardecer desértico. Antes de ensillar su montura, se acerca el rudo oficial al pequeño cementerio para decir su adiós. 

Camina hacia los restos de su mujer con vergüenza casi adolescente. Como el que está delante de la chica que le gusta y no se atreve a mirarla a los ojos. Y ahí comprende el asunto todo el que esté prestando verdadera atención. Ese viudo no se está acercando a una inscripción sobre roca muerta, ni a unos ramos de rosas ni a la tierra removida. Está nervioso porque se encuentra en el lugar donde la memoria se hace carne. Donde casi puede tocar de nuevo, y abrazar de nuevo, y mirar de nuevo a la mujer esfumada. No llora, es verdad. Pero no porque sea un tiarrón sino porque los que tienen el corazón en un puño no necesitan agua en los ojos para demostrarlo.

Ese momento perfecto y pequeño es la culminación, serena y madura, de las caras de Wayne en el Oeste. Un caballero de hondos orgullos, irascible, soberbio, y de pecho henchido que requiere paciencia. Pero que, cuando esta le es concedida, abre una ventana a sus entrañas para mostrar, una por una, todas las cosas que son verdad y todas las cosas que son bellas. La verde hierba que crece furtiva y sin permiso entre la aridez de una tierra conquistada.

Junto al Brittles sin esposa de La legión invencible está el sheriff Chance de Río Bravo, que quiere por encima de todas las cosas ayudar a su amigo alcóholico, pero no sabe cómo. O el Rooster de Valor de ley, que a pesar de tener solo un ojo y peinar cabellos níveos está dispuesto a enfrentarse a mil malos si es preciso para proteger a una niña que está sola en el mundo. O el Ringo Kid de La diligencia, que se ha enamorado de una muchacha y le dan igual las habladurías y los contubernios de puritanas que cuchichean porque en el pasado, dicen, había sido prostituta o algo por el estilo. O el Robert Marmaduke de Tres padrinos, que cruza un desierto a pie con un bebé recién nacido en brazos. Movido a cada paso por una recién descubierta terura paternal que resulta ser más fuerte que el calor abrasador, el hambre o la sed. No parecen estas, que me corrijan si estoy yo muy desencamidado, las historias de un macarra sin contenido. Por rizar el rizo me atrevería a decir, incluso, que estos personajes se acercan bastante a la representación de unos hombres buenos, con tosquedad o sin ella. Pero no puede ser. No, no. Wayne era un chulito, un mal actor y un desfasado. Ya nos habíamos puesto todos de acuerdo en eso, ¿no?