Rebelo de Sousa: la espina dorsal que se ha mantenido constante en la democracia portuguesa

Brais Suárez
Brais Suárez OPORTO / E. LA VOZ

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Rebelo de Sousa, en octubre durante una visita a Bélgica.
Rebelo de Sousa, en octubre durante una visita a Bélgica. JOSE COELHO | EFE

Por segunda vez, el jefe de Estado opta por disipar las dudas en las urnas

12 nov 2023 . Actualizado a las 08:51 h.

El presidente de la República portuguesa, Marcelo Rebelo de Sousa, se dirigió este año al país en dos breves discursos, paralelos en forma y fondo, pero con un resultado opuesto. En el primero, en mayo, rechazó la idea de disolver la Asamblea de la República. En el segundo, esta semana y bajo la misma noción de lo que deberían ser el servicio público y el funcionamiento democrático, terminó disolviéndola.

En mayo asumía la facultad del primer ministro, António Costa, de mantener en el Gobierno a su ministro de Infraestructuras, João Galamba, pero advertía de que su escrutinio sobre el funcionamiento del Ejecutivo sería más riguroso que nunca. António Costa aceptó el pulso, que se tradujo en una actitud más severa y el veto presidencial a varios decretos clave.

Ahora, con Galamba mucho más enfangado que entonces en sospechas de prevaricación, Rebelo de Sousa sigue respetando la potestad de António Costa para mantenerlo en el agonizante Gobierno. Pero no es menos coherente con sus propias palabras al inicio de la legislatura: «no será fácil que la cara del vencedor (Costa) sea sustituida a mitad de camino». Es decir, con Costa dimitido, Marcelo también ejerció su facultad de poner fin a la legislatura y convocar elecciones. Lo había avisado y lo ejecuta de la manera más suave posible: con un margen que permita «un proceso de sustitución de liderazgo en el partido de Gobierno» y que los portugueses, todavía anonadados, obtengan «mayor claridad».

Con uno socialista y otro conservador, la resolución de lo que muchos quisieron entender como un conflicto personal se reveló esta semana como un pulso lógico entre instituciones que responden ante más de diez millones de personas y no ante sí mismas. La responsabilidad que llevó a Costa a dimitir es la que llevó a Marcelo a tenderle una mano generosa, reconociendo la «elevación de su gesto» y evitando recriminaciones retroactivas o luchas partidistas. Las palabras de Marcelo daban a entender que en ese pulso político no hay vencedores, pues el derrotado no es Costa, sino todo un país que ve frustrado su anhelo, declarado en las urnas, de lograr cuatro años de estabilidad. Él incluido: «no cuenten conmigo para crear conflictos», dijo en mayo, antes de recordar que «no se mezcla la política con la justicia».

La tensión de los últimos meses no reivindica tanto la figura de Marcelo en este mandato presidencial —su segundo— como en un marco mucho más amplio: sabiendo que no opta a una tercera reelección, Marcelo actúa con la ventaja del tiempo, de quien trabaja para esculpir un legado y no arañar una nueva mayoría.

Por eso, esos dos discursos, o momentos, quizá no definan en tan buena medida quién ha sido hasta ahora Rebelo de Sousa, como qué ha aprendido y qué aspira a dejar. Nada incoherente con su trayectoria.

Hijo de militar, católico y jurista, fue miembro de la Asamblea Constituyente y participó en todos los elementos que configuran la democracia. Como director del semanario Expresso, fue el más crítico hacia el partido que años después pasaría a liderar. «Ni aunque Cristo baje a la tierra», se recuerda cómo había negado que presidiría el PSD. Una frase que define lo que algunos llamarían ambigüedad; otros, imprevisibilidad y, los más críticos, falta de palabra.

Entonces no logró acceder al cargo de primer ministro, como tampoco se hizo con la alcaldía de Lisboa después de un icónico y extravagante baño en el Tajo. Pero desde su posición de analista político en televisión sí fue ganándose el favor popular que le permitió ser presidente en el 2016 y reafirmarse en el 2021.

Sus mandatos ratifican su inteligencia, simpatía y emotividad, que solo cabría poner en duda por una facultad predominante: la de estratega político. Pero hasta en sus errores ha mostrado tal espontaneidad que uno se resiste a creer que haya tan buenos actores.

Marcelo no deja de suscitar las mismas dudas que muchos otros políticos, pero la pedagogía y honestidad con las que este jueves se dirigió a la nación lo definirán por mucho tiempo con la misma lógica que él aplica en tiempos de dudas: «sin miedo a preguntarle al pueblo».