Julio Trashorras, Defensor del Profesor: «Ya hay casos en los que se están produciendo agresiones de los padres a los docentes»

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OSCAR CELA

«No se puede dejar a un chaval metido en su cuarto sin ningún tipo de control sobre lo que está viendo», dice el docente que lidera el servicio del sindicato ANPE Galicia, que advierte del peligro de evitar a toda costa la frustración de los niños: «Estamos creando pequeños tiranos»

17 dic 2023 . Actualizado a las 10:29 h.

¿Quién es el que está con tu hijo en clase, es adulto y además es un profesional?», pregunta al aire Julio Trashorras, Defensor del Profesor del sindicato ANPE Galicia. Parece una cuestión retórica, pero no lo es. Cada vez más padres optan por eximir a sus hijos de toda responsabilidad y culpar al docente, en lo que ya se ha acuñado como el fenómeno locus externo. Así lo prueba el informe anual del servicio. El 22 % de los profesores sufren faltas de respeto y un 20 % soportan falsas acusaciones, mientras que el 7 % sufren agresiones —afortunadamente, Galicia es de las más pacíficas en este sentido—. Aumentan también los casos de ciberacoso y de presión para subir las notas en un escenario que pinta cada vez peor. «Estamos criando a la generación más de cristal de los últimos años», dice.

—Muy alentador el informe no es...

—Nosotros tampoco queremos ser alarmistas en el mensaje, pero llevamos mucho tiempo avisando de que este tipo de situaciones se podían llegar a producir, y ahora parece que la sociedad se está empezando a dar cuenta. Hablo del uso de redes sociales, móviles, etcétera.

—Grupos de padres se han unido en contra del uso del móvil. ¿Hay que prohibir que lo lleven al colegio?

—Parece que se ha puesto de moda el decir: ‘Es que ahora hay que prohibir, porque mira a qué punto hemos llegado’. ¿Qué pasa, que esto no lo hemos visto venir? Nosotros llevamos años diciendo que hay que enseñarles y ponerles determinados límites. No se puede dejar a un chaval metido en su habitación sin ningún tipo de control sobre lo que está viendo, ya sea móvil, tablet, ordenador... ¿Qué ocurre? Que parece que hasta ahora no nos hemos dado cuenta de todos los problemas que esto puede generar. Los niños al fin y al cabo son nativos digitales, pero los padres no lo somos. Cuántas veces vamos por la calle y nos hemos encontrado al niño o a la niña en la sillita con un móvil o una tablet...

—O en la mesa de un restaurante.

—O en un restaurante, porque así lo tenemos completamente alienado, tranquilo y no da la lata. Socialmente molesta menos que esté viendo la tablet que pintando, lanzando las pinturas por el suelo…, lo que hace un niño normal. Y, claro, en ese momento nos conviene y lo dejamos así. A medida que van creciendo, lo mismo, seguimos con su tablet, en su cuarto, y no hay ningún problema. Pero cuando llegamos a la adolescencia, que ya de por sí es una época complicada por todos los cambios hormonales que se van produciendo, eso empieza a generarnos un problema. Y entonces empezamos a decir: ‘Hay que prohibir el uso…’. No, perdona, hay que regular el uso desde pequeño en casa y controlarlo.

—El informe revela la presión por subir las notas, ¿pero en qué medida esto es cosa de los niños o de los padres?

—Estamos criando a la generación más de cristal de los últimos años. Como en todo, ningún extremo es bueno. Ni el autoritarismo total ni lo otro. No podemos olvidar que el objetivo principal de la educación es formarlos para su etapa adulta, para saber desenvolverse en un mundo en el que vivimos en sociedad y en el que estamos sometidos a determinadas presiones, sí o sí. Esas presiones nadie nos las va a quitar, y no estamos preparando a las nuevas generaciones para soportar presiones futuras. Estamos evitando que sufran, que no sepan tolerar la frustración ni gestionar el estrés.

—En muchos centros está prohibido expulsar a un niño de clase por mal comportamiento o mandarle al rincón de pensar, para no herir sensibilidades de las familias. ¿Eso es bueno o malo?

—Depende del momento y depende de las circunstancias. El docente no deja de ser una persona, puede tener sus momentos en que actúa de una manera impulsiva, pero al fin y al cabo es también un profesional y sabe lo que más le puede convenir a un niño en un determinado momento. Y a veces puede decir: «Te vas al rincón de pensar, reflexionas y luego abordamos el problema desde un ámbito más positivo». Pero muchas veces vienen las presiones externas de las que hablábamos hace dos minutos. Las presiones de las familias, de «esto no me lo puedes hacer, pobre chaval»...

—¿Quién manda? ¿Los docentes, los alumnos o los padres?

—Yo me atrevería a decir que formamos parte de una sociedad en la que vivimos como esclavos de nuestros hijos. Y estoy hablando desde mi faceta de padre. Vuelven de la escuela y, a partir de ese momento, quien más y quien menos nos convertimos en secretarios y en taxistas suyos. Vamos con el coche de aquí para allá, haciendo lo que ellos quieren en el momento en que ellos quieren. Y volvemos a lo mismo, como no les queremos generar ningún tipo de ansiedad ni de problema y queremos que todo en su vida sea perfecto, al final se convierten en unos tiranos. Estamos creando pequeños tiranos.

—Y esa tiranía se traslada al centro.

—Claro, llega el chaval a casa y dice: «He tenido este problema». Y el padre le contesta: «Tranquilo, que voy mañana a ver al profesor». Pero vas a ver al profesor y, no quiero generalizar, en la mayor parte de los casos no vas con la filosofía de preguntar qué ha pasado, sino de: «¿Por qué mi hijo se siente así? Es que el niño no se puede sentir así, llegó disgustado a casa». ¿Pero qué es lo que está ocurriendo aquí? ¿Quién es el que está con tu hijo en clase y sabe lo que ha pasado, es adulto y además es un profesional? ¿Que se ha disgustado? Seguramente. A ti tampoco te gusta que en tu trabajo te digan: «Esto lo has hecho mal», pero a veces también lo tenemos que escuchar, y tenemos que aprender a oírlo. Estamos intentando que nuestros hijos solo vivan un tipo de emociones positivas. ¿Qué ocurre con las emociones negativas? Evidentemente, nos hacen daño, pero las tenemos que saber gestionar. ¿Y cómo las vamos a saber gestionar si nunca las sentimos?

—El fenómeno «locus externo» que se menciona en el informe, ¿consiste en culpar a otros de lo que hace mi hijo?

—Sí, tenemos a nuestros hijos en una posición superidealizada en la que siempre van a tener la razón, y el problema es de los demás, sea en el ámbito que sea. ¿Que le ha pasado no sé qué? «No, algo le habrán hecho a mi niño para que él reaccione así».

—Un 7 % de los profesores informaron también de agresiones.

—Sí. Galicia es bastante privilegiada en ese sentido, no tenemos las casuísticas ni los problemas que pueden tener otras comunidades, pero hay determinados casos en los que sí se llegan a producir agresiones, no solamente de alumnado, sino agresiones por parte de los padres. Bien sean agresiones físicas o de conductas agresivas en cuanto a acoso, amenazas, etcétera. Hay un caso reciente de tres compañeras de un centro de Vigo que han sido amenazadas, acosadas y difamadas a través de cartas anónimas. Esas situaciones se están produciendo y no puede ser. La Administración tiene que tomar algún tipo de medida.

—En un contexto en el que no nacen niños, muchos coles se pelean por tener alumnos y no perderlos.

—Efectivamente, entonces hay que tener contentas a las familias. Muchas veces los docentes nos sentimos totalmente desautorizados desde el momento en que la Administración lo que busca es tapar los problemas o meterlos debajo de la alfombra, entonces es: «No me des problemas con los padres». Porque los padres, además, hoy en día saben moverse perfectamente, y eso para la Administración es una situación incómoda. ¿Y cómo se tapa? «Pues como yo estoy por encima de ti, soy la Administración, tú te callas. No vas a tener problemas con estos padres y, si los tienes, ya buscaré la manera de que el año que viene no repitas en ese centro o te vayas a otro lado». Y eso es pan para hoy y hambre para mañana.

—Ya que se habla tanto de la judicialización de muchos temas, ¿también os dicen mucho eso de «te voy a denunciar»?

—Sí, y has dado en un punto clave, y es que al docente le genera dudas. Te dicen: «Tengo un problema con este padre, me ha dicho que me va a llevar a la inspección y no duermo, estoy ansioso». O le dicen que le van a denunciar. Llega todo a tal extremo que el propio docente lleva a plantearse si está haciendo bien las cosas, cuando tú ves que todo es correcto.

—¿Es vuestro pan de cada día?

—Desgraciadamente, nuestra profesión no es la misma que hace 20 años, y este tipo de marrones te los tienes que comer sí o sí. Tú no puedes evitar que un padre te difame, te amenace, llegue con malas palabras al centro, o que vaya por ahí contando cosas sobre ti. Hay que tomar algún tipo de medida. Y, si no, también tengo herramientas para acusarte a ti de difamación. ¿Hay que escuchar a las familias? Sí, pero no se puede tampoco dar más visos de verosimilitud a lo que dice un padre que a lo que digo yo como docente, que es el problema principal. El docente se siente desamparado por quien en teoría debería de estar protegiéndolo.

—¿Las faltas de respeto en clase son un reflejo de lo que ocurre en casa?

—Sí, al fin y al cabo lo que ocurre en un centro educativo no deja de ser un reflejo a pequeña escala de lo que ocurre en la sociedad. Hay un determinado tipo de familias que delega la educación de sus hijos en los centros educativos. Dicen: «Me lo devuelves educado, pero según mis propios parámetros. Y como faltes a mis parámetros, vamos a tener un lío».

—O buscan apoyo en el grupo de WhatsApp.

—Sí, y lo que empieza siendo una pequeña bola, se empieza a magnificar. Hay que tener mucho cuidado. Si yo presento una denuncia por algo que además está sustentado en pruebas porque la persona ha dejado huellas en redes sociales, puede tener un problema muy serio. Yo como docente puedo tener la consideración de autoridad pública, con todos los agravantes penales que puede llevar eso aparejado, y es algo que muchos padres no saben. Después llegan las noticias de: «Condenaron a un padre a dos años de prisión por…». En ese sentido, sí tenemos protección, y no nos queda más remedio en muchas ocasiones que tener que decirle a un docente: ‘Pues tienes que presentar una denuncia en el juzgado’.