Jimena Montalbán, de hacer las uñas a CEO de una multinacional: «Tras años de sacrificio, un día, en el sofá, me di cuenta de que era millonaria»

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La profesional distribuye su propia firma de productos de uñas y pestañas por todo el mundo: «Yo soy un tiburón. Me siento en una mesa a cerrar un negocio y me la como»

26 may 2024 . Actualizado a las 14:52 h.

Cuando empezó Jimena Montalbán hace 13 años, eso de dibujar rostros o princesas Disney en uñas ultralargas como las que popularizó Rosalía no se estilaba. «Nadie te ponía un anillo en la uña, o unos pompones», señala la madrileña, que a sus 33 años ha levantado un imperio con su propia firma de productos para uñas y pestañas, Jimena Nails. Con coraje y mucho sacrificio pasó de hacer manicuras en el salón de su casa a capitanear una empresa que se dedica a comercializar esmaltes y todo el material necesario para unas uñas y unas pestañas de infarto. Hace cinco años que Jimena no se sienta a hacerle las uñas a una clienta, pero la manicurista —le gusta seguir reivindicando su oficio y autodenominarse así— triunfa distribuyendo productos para profesionales de todo el mundo. Islandia, Italia, Japón o Costa Rica forman parte de los mercados en los que está presente, y tiene cuatro filiales: España (Madrid) —la matriz, donde tiene un salón espectacular que parece casi un museo, en el barrio de Chamberí—, Emiratos Árabes (Dubái), Estados Unidos (Miami) y Colombia (Medellín). Quién se lo iba a decir cuando se apuntó «a un cursito de uñas que hice como un hobby».

Fue después de un primer año fallido en Ingeniería Industrial por problemas familiares y económicos —Jimena no tuvo una vida fácil— y del grado en Comercio Internacional —que sí terminó, pero que descartó como salida profesional tras unas prácticas que no le gustaron nada—, cuando decidió irse de viaje sabático a Tailandia. A su regreso, decidió que quería ser su propia manicurista, «porque no me gustaba cómo me solían hacer las uñas». Así, casi sin pretenderlo, empezó a ejercer en su casa y a ofrecer formaciones, hasta que dio el paso de abrir su primer salón.

«Abrí mi primer salón en el edificio de un club de alterne. Y me fue muy bien, la verdad. Empecé a buscar posibles clientas, y dije: ‘¿Por qué no al club?’. Alquilaban la parte baja, y se quedó impactada en cuanto vio el local. «Me enamoré del espacio y allí monté mi primer negocio de uñas». Después, le seguiría otro salón más grande que incluía una academia. Empezó a impartir su curso de técnico manicurista profesional y a vender productos de su propia marca. Luego montó una segunda tienda, también en Madrid. «Ya éramos muy conocidos en Instagram, y a partir de ahí lo fuimos cada vez más hasta convertirnos en lo que somos hoy, distribuidores profesionales por todo el mundo», afirma Jimena desde Dubái.

Ella es un ejemplo de superación y emprendimiento. De cómo levantar un imperio desde la nada en un sector que, cuando ella empezó, se basaba en hacer manicuras, sin más. Hoy es nail art. Muchas referentes mundiales de la música y del cine se han rendido a él y millones de manos lo lucen cada día por la calle. «Le di color a un mundo en el que todo era negro, serio y antiguo. Le pusimos mucho colorido y brillo, lo actualizamos, y empezamos a hacer cosas que nadie había hecho antes».

«EL MUNDO ES MACHISTA»

Su historia tiene un final feliz, pero muy poco de cuento. Sí mucho de esfuerzo y de valentía. Jimena se encontró con dificultades económicas cuando emprendió esta andadura. Le costó sangre, sudor y lágrimas abrir sus tiendas físicas. Por el camino, trataron de aprovecharse de su vulnerabilidad con préstamos de condiciones abusivas que, afortunadamente, no firmó. De hecho, confió en alguien que supuestamente la asesoraba, pero la engañó. «Por favor, a quienes estéis pensando en montar un negocio, tened mucho cuidado y pensad muy bien las cosas», advierte.

Ser mujer, atractiva y joven son tres factores que tampoco se lo pusieron fácil. Ni siquiera hoy, aun con una experiencia profesional de 13 años a sus espaldas y un conglomerado empresarial detrás. «La cultura islámica, en la que me muevo, es machista. Pero también la española, la latinoamericana y la estadounidense, donde hasta las mujeres casadas se cambian el apellido, rozan en el machismo. El mundo en general es machista», dice Jimena, que añade que defiende un feminismo «de hechos, no de palabras», que no ayude a las mujeres, «porque no necesitamos ninguna ayuda, sino que podemos llegar a donde queramos por nosotras mismas sin que nos lo pongan más fácil por el hecho de ser mujer». Aun despuntando empresarialmente, por desgracia a veces se ve obligada a lidiar con comportamientos denigrantes: «Hay hombres que no te toman en serio, y a veces hay que soportar el sentarte en una mesa a cerrar un negocio y que te hagan comentarios que te dejan la boca seca».

Fue tanto el éxito y la velocidad a la que llegó, tan voraz el día a día de su trabajo, que no fue consciente de su dimensión hasta pasado un tiempo. «La mayoría de los emprendedores se preguntan: ‘¿Y si no tengo éxito?’. Pero yo siempre he tenido miedo, precisamente, a morir de éxito. Ni siquiera he tenido tiempo de asimilar que tengo una multinacional, o de que soy millonaria. Un día, con mi chico, en el sofá, me di cuenta de que lo era. Tenía 29 años. Me dijo: ‘¿Tú viste que ya eres millonaria?’. Cuando facturé mi primer millón, tampoco me enteré. Es tan frenético el ritmo que siempre estoy haciendo cosas, en la vorágine. Pero sí, claro que tengo una empresa millonaria. Solo en stock, ya tengo 12 millones de euros, entre los almacenes y las filiales», apunta.

Cualquiera podría pensar que para llegar tan alto lo que hay que tener es empuje, garra y valor para arriesgarse. Es así, pero ninguna de estas cualidades son las que destaca Jimena como claves de su trepidante trayectoria. «Hay que tener constancia. Y la mejor actitud, aunque todo vaya mal, porque quejarse no sirve para nada. También paciencia, yo no me precipito. Y hay que saber echar el freno y saber abandonar cuando hay que abandonar. A veces, una retirada a tiempo es una victoria».

DELEGAR Y BAJAR AL BARRO

Una líder, dice, tiene que saber delegar. «Y eso es fácil y a la vez difícil, sobre todo al principio. Es como pagar impuestos, que cuando empiezas te cuesta asimilar que tengas que darle tanto a gente que no ha hecho nada, pero son las reglas del juego. Yo tengo a gente que está encargada de testear los productos, se dedican a eso. Pero aun así, yo también los pruebo. No quiero perder el control de lo que hago», dice, antes de deslizar otra de las cualidades que no pueden faltar en cualquiera que dirija a un equipo humano: «Que no te importe mancharte las manos, bajar al barro. Tu equipo tiene que ver que tú haces todo lo que ellos hacen, y que cuando te están hablando de algo, sabes lo que es».

«¿Cuánto tiempo hace que no contradices a tu destino?», pregunta Jimena en uno de sus últimos post de Instagram, en el que se define como una mujer empoderada sin miedo a nada. «Pero no siempre fue así», reconoce. Su camino no ha sido desde el principio del rosa de su firma, y ha estado repleto «de cobardes que no han cumplido sueños, pero el verdadero fracaso es no intentarlo», mantiene. Hoy su sueño es una realidad que se ha extendido por todo el mundo. Sin duda, la recompensa por haber luchado con uñas (bien largas) y dientes. En el trabajo y en la vida.