Begoña Ibarrola, experta en inteligencia emocional: «Los niños de ahora son frágiles, tipo cristal, se rompen con cualquier problema»

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Begoña Ibarrola es experta en inteligencia emocional.
Begoña Ibarrola es experta en inteligencia emocional. LOLITA VÁZQUEZ

La especialista asegura que «sobreproteger es lo peor que se le puede hacer a un hijo». «Si contamos que las posibilidades de que solo nos pasen cosas buenas en la vida son bajísimas o nulas, hay que preparar a los críos desde bien pequeños para tolerar la frustración», señala

05 jun 2024 . Actualizado a las 09:14 h.

Begoña Ibarrola (Bilbao, 1954) es psicóloga experta en inteligencia emocional, musicoterapia y neuroeducación. Todo un referente en su campo y una habitual en los Encontros Familia-Escola de Vagalume en O Barco de Valdeorras, que lleva alrededor de veinte años clausurando con charlas en las que docentes y padres aprenden más sobre cómo abordar la educación emocional de sus alumnos o sus hijos. Esta vez habló sobre los recursos para fomentar la salud emocional de la comunidad educativa.

—Son muchos más, pero yo me centro en siete ámbitos: el acoso, la resiliencia, el bienestar del docente, potenciar las emociones positivas y tres elementos que tienen que ver con el aula, como son la dimensión física, la temporal y la relacional.

—Reconoce una gran preocupación por el acoso escolar.

—El 90 % de los suicidios de niños y adolescentes en España están provocados por el bullying. Es una situación muy grave y se pueden hacer cosas para prevenirlo, tanto en casa como en el colegio.

—¿Y cuáles son?

—Es un binomio. No vamos a dar solución si solamente trabajamos con una parte. Es el acosador y el acosado. Si al acosado se le trabaja su asertividad y su autoestima nunca va a dejarse maltratar. Es como la diana y las flechas. Si hay flechas, las tiras a la diana, pero si no hay una diana no haces nada con las flechas en la mano. Tenemos que trabajar la asertividad y la autoestima para que nadie se deje abusar ni maltratar. Y luego tenemos que trabajar cómo mejorar el bienestar del acosador, porque se siente realmente mal. La neurociencia nos dice que la base del cerebro sano es la bondad. Si uno hace daño a los demás, si está continuamente atacando, insultando o agrediendo es una forma de gritar que está mal. Una persona que está bien emana bienestar, no se le ocurre hacer daño. Hay que trabajar con los dos elementos. En casa es muy importante desarrollar que un niño no es bueno porque diga que sí a todo, que tiene todos los amigos del mundo... No. Tiene que ser selectivo con los amigos, aprender a poner límites y respetarse a sí mismo para no permitir que otros le falten al respeto.

—Pone el foco en la importancia de la resiliencia.

—Es una habilidad emocional básica que hay que trabajar tanto en la familia como en la escuela y ahora mismo no está muy presente en niños y jóvenes. Es la capacidad que tenemos los seres humanos para afrontar las dificultades y los problemas y salir adelante a pesar de ellos. Y los niños de ahora son muy frágiles, no son tipo bambú, son tipo cristal. Se rompen con cualquier problema, frustración o situación que no sale como a ellos les gustaría que saliera. Las dos últimas generaciones tienen muy baja tolerancia a la frustración y muy poca capacidad de resiliencia.

—¿Qué parte de culpa tenemos los demás?

—Hay una parte de responsabilidad de las familias, por supuesto, que lo han consentido todo, que les han evitado los problemas y les han quitado las piedras del camino. Luego, cuando son más mayores y se enfrentan ellos solos a las dificultades, no se han entrenado. Si contamos que las posibilidades de que solo nos pasen cosas buenas en la vida son bajísimas o nulas, hay que preparar a los críos desde bien pequeños para tolerar la frustración, para hacer una gestión emocional buena y salir incluso fortalecidos de una situación difícil por la que han pasado. Todos los seres humanos tenemos fortalezas en nuestro interior, pero hay que cultivarlas. La sobreprotección es enemiga de la resiliencia y es lo peor que se le puede hacer a un hijo.

—¿En el colegio también se funciona igual?

—Luego, en algunos entornos educativos, se baja mucho el nivel para que todos aprueben, para que no lo vean difícil. Y es otro error. Sin irnos al otro extremo, hay situaciones tanto en la familia como en la escuela en las que podemos potenciar la resiliencia, que es una habilidad clave en la vida, para salir de una depresión, superar un divorcio, salir adelante después de una enfermedad grave... y como no sabemos lo que nos va a pasar, más vale tenerla.

—Cómo encaja ahí eso de «tú puedes conseguir todo lo que te propongas»...

—Es que no se le debe decir eso a un niño. Eso es una mentira. Hay que decirle: tú tienes talentos y tienes limitaciones, como todos los seres humanos. Lo que tienes que hacer es orientar tu vida, sobre todo la laboral, en los ámbitos en los que tú disfrutas, porque vas a dar lo mejor de ti y el esfuerzo te va a surgir de una manera casi espontánea, sin sufrimiento. Esa educación equivocada pensando que así potenciamos la autoestima no es real. Todos no valemos para todo, no tenemos las mismas inteligencias, talentos ni capacidad de esfuerzo, porque la personalidad también cuenta ahí. Hay que dar mensajes realistas, no estos que están de moda de autoayuda: tú sueña alto, que vas a conseguir lo que quieras. Como decía Galeano: «La utopía no existe, es inalcanzable, pero te sirve de motivación». El problema es que para ponerte metas tienes que conocerte bien, y nuestros adolescentes y jóvenes no se conocen bien. Nadie les ha ayudado a descubrirse. Y ahí tenemos un problema importante.

—Después de más de tres décadas hablando de educación emocional, ¿cree que la situación ha mejorado?

—La gente ha normalizado hablar de emociones y es un punto muy positivo, porque si no las reconoces y las valoras, hacer una gestión emocional es imposible. No estamos al mismo nivel en gestión emocional. Tú puedes conocer emociones que te perturban, que te hacen sentir mal, pero cómo transformarlas, cómo salir de ahí, hay que aprenderlo. No venimos genéticamente preparados para eso. Estamos mejor en empatía. La gente va siendo más sensible ante las necesidades emocionales de los demás, pero en gestión emocional no estamos bien y, como es una habilidad que tienes que desarrollar tú, no se ha hecho suficiente hincapié y no se les dan recursos. Si se le dan herramientas, lo que he visto es que las aplican y funcionan muy bien. En los colegios donde están trabajando esto desde los 3, 4 y 5 años llegan a adolescentes y están entrenados en cómo salir de una situación negativa y entrar en una emoción positiva, en cómo controlar la agresividad y las explosiones emocionales; pero hay que darles entrenamiento.

—Ya hay alguna experiencia en ese sentido.

—Desde hace diez años Canarias tiene implantada en primaria la asignatura de Educación Emocional y de la Creatividad. Este año empiezan en secundaria porque los propios alumnos lo han pedido. Tampoco digo que la única forma sea una asignatura, que para mí el abordaje transversal es importante, que todo el profesorado esté formado..., pero es darle un significado y una importancia. Es una asignatura evaluable como cualquiera, pero tiene un contenido que afecta a los propios alumnos a nivel personal.

—¿Y los profesores?

—Hay colegios que han querido formar a los docentes en educación emocional para luego ellos trasladarlo a los alumnos, pero todavía no está en la formación básica del profesorado. Los profesores se encuentran problemas muy graves en las aulas y no saben detectarlos ni cómo abordarlos. Que no digo que tengan que abordarlos ellos, soy una defensora nata de que tiene que haber psicólogo en los centros educativos. El docente se tiene que centrar en lo suyo.

—El eterno debate, ¿deberes sí o no?

—Los deberes pueden cumplir una función de crear rutinas, que cuando llegas de la escuela tienes que estar un cuarto de hora o media hora haciendo un ejercicio que te han mandado. Pero no un tiempo excesivo. Los niños cuando salen del colegio lo que necesitan es jugar y los más mayores estar con sus amigos o hacer alguna actividad deportiva o artística. ¿Qué pasa? Si les llenamos de extraescolares y encima tienen deberes, les provocamos muchísimo más estrés. Y el estrés nunca es bueno. En infantil por supuesto que para nada. Me he encontrado niños que tienen que rellenar fichas cuando salen de clase y me parece un disparate. Y en primaria, a lo mejor diez minutos que tienes que hacer este dibujo, rellenar esta ficha, contestar estas dos preguntas o leer esta página, pero nada más. Los más mayores sí necesitan tener una serie de tareas para repasar algunos temas, pero que tengan sentido y que no les eviten disfrutar de tiempo de ocio. Porque el ocio es necesario para la regulación emocional.

—¿Cuántas extraescolares?

—Dos, una artística y otra deportiva. Intelectual ya tienen para mí suficiente con todo lo que aprenden durante el día. Un deporte y una artística, da igual hacer rap que pintar, bailar, cantar en un coro o tocar un instrumento. Lo que te dé la gana, pero algo artístico. Y algo deportivo porque cualquier ejercicio físico en la infancia y la adolescencia, aparte de que favorece el funcionamiento cerebral, hace también de regulador, de sacar por ahí mucha ansiedad y tensión mantenida.

—Hay un gran revuelo con el libro digital. De hecho, hay centros que están empezando a dar marcha atrás. ¿Qué opina?

—El papel y el libro digital son compatibles, no es que sea lo uno o lo otro. Lo que sí se han dado cuenta a nivel de estudios neurológicos es que el cerebro tiene una coordinación mano-ojo. Es necesario escribir a mano. El efecto de escribir en teclado es totalmente diferente a nivel cerebral y por eso países nórdicos que empezaron con que los alumnos solamente teclearan han vuelto a la escritura manual, porque influye en el cerebro. Funciona de una manera distinta y es mucho más eficaz escribiendo a mano, porque tienes que ordenar los pensamientos. La lectura se puede combinar. Lo que permite el papel es darte tú más tiempo, echar para atrás en la hoja, remirar, tiene connotaciones positivas porque te permite concentrarte más en la parte imaginativa.