La situación en la isla se resume en una espiral de oscuridad cíclica, colas interminables, alimentos inalcanzables y hospitales sin medicamentos.
04 jun 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La Cuba de hoy no se parece a sus discursos. Más bien se resume en una espiral de oscuridad cíclica, colas interminables, alimentos inalcanzables y hospitales sin medicamentos. Los sociólogos del estatal Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS), en entrevista con Efe, lo definen como «policrisis», pero para muchos este término se queda corto.
«Mi pensión es un mal chiste: 1.500 pesos (unos 4 euros en el mercado informal). Con eso no como ni 3 días. Es lo que cuesta una docena de huevos». Elena tiene 72 años y una vida entera trabajando en el sistema de salud. «No he salido a ‘bucear' como otros en la basura porque mi sobrina me ayuda desde España, pero a punto he estado».
La dura situación provoca el aumento desmedido de los llamados deambulantes: personas, muchos mayores, sin hogar o desamparadas, que se ven abocadas a mendigar para sobrevivir.
Las autoridades, más que dar soluciones reales, ven estos casos como «transgresión de las normas de convivencia y disciplina social» y traspasan la responsabilidad a la familia.
La crisis sistémica afecta a todos los aspectos de la vida. «Es una cotidianidad de carencias», resume Enrique Gómez Cabezas, coordinador del Grupo de Política Social y Desigualdades del CIPS.
Apagón de esperanzas
En las últimas semanas, las protestas han vuelto a encenderse —literal y simbólicamente— en varias provincias. El detonante se repite. Apagones de más de 20 horas diarias, y todo lo que conllevan. Sin luz, se pudren alimentos, no hay cocina, no hay agua, no hay comunicación, no hay vida.
«No salí, pero apoyo a los que lo hicieron. Tengo dos hijos chiquitos, no tengo comida para darles, ni agua a veces, y paso la noche echándoles fresco con un cartón para que no se los coman los mosquitos o se ahoguen de calor», cuenta Yaritza desde su humilde casa en Bayamo. «Los niños lloran, y no puedo hacer nada. Se me apaga la luz y la esperanza al mismo tiempo», dice. A los continuos apagones se suma la escasez ya habitual y la inflación disparada. Pero, además de la pobreza, incomoda la desigualdad descarnada en una sociedad teóricamente igualitaria.
El que puede, puede
«Yo doy viajes con un bicitaxi, y con suerte hago 6.000 pesos al mes (unos 20 euros). Pero veo a otros que tienen casas buenas, aire acondicionado, carros modernos, buena comida ¿Cómo es posible eso?», pregunta Dariel, el marido de Yaritza, de 29 años. No necesita respuesta: unos tienen acceso a bienes, a remesas del exterior, a negocios rentables, a generadores para los apagones... Mientras, la mayoría apenas subsiste.
El contraste es indignante cuando figuras cercanas al poder exhiben su estilo de vida. El caso más sonado es el de Sandro Castro, nieto de Fidel, que presume en redes de coches de lujo, bares exclusivos de su propiedad y megafiestas en La Habana, justo cuando el país está —literalmente— a oscuras. «Eso antes no se veía», dice Ana, profesora jubilada. «Los de arriba siempre han vivido bien, pero lo disimulaban. Ahora que estamos peor, se burlan en tu cara».