Washington busca restringir transacciones con empresas del régimen y refuerza el control sobre los viajes hacia La Habana
20 jul 2025 . Actualizado a las 05:00 h.En un solar de Centro Habana, María del Carmen, jubilada de 73 años, revuelve un café aguado, sin azúcar y sin esperanzas. Acaba de oír por la radio que Donald Trump vuelve a endurecer las sanciones contra Cuba. «Otra vez lo mismo», murmura. «Pero aquí el problema es que nuestro Gobierno no sabe ni quiere arreglar esto».
El nuevo memorando firmado por el presidente estadounidense busca restringir transacciones con empresas del régimen y refuerza el control sobre los viajes desde EE.UU., y exige auditorías y revisiones en derechos humanos.
Aunque la nota de la Casa Blanca asegura que la medida solo afecta a entidades controladas por las fuerzas armadas cubanas, para algunos los matices se desdibujan. La cadena hotelera Gaviota, la zona franca del Mariel, las tiendas en dólares —todos vinculados al poderoso conglomerado GAESA— son también parte del engranaje de subsistencia de miles de cubanos.
Pero en la calle, muchos sienten que, más allá del impacto del embargo, su drama cotidiano tiene otro origen: las decisiones erráticas de su propio Gobierno.
Desde la implementación de la Tarea Ordenamiento en el 2021 —una mal concebida reforma monetaria y salarial— la economía cubana ha caído en picado. Se desató una inflación sin control y creció la desigualdad. Los apagones son la norma, y la escasez de alimentos, medicinas y transporte es crónica. En los últimos años, han abandonado el país millones de cubanos, desesperados por un futuro que ya no ven posible. Y mientras tanto, las autoridades siguen sin aplicar reformas estructurales que fomenten el trabajo privado, la inversión y la producción nacional.
El endurecimiento de las sanciones por parte de Trump reactiva un ciclo conocido: el Gobierno cubano se atrinchera en el discurso antiimperialista, evita asumir responsabilidades internas y sigue bloqueando cualquier apertura económica real.
Responsabilidades internas
«La culpa no es del bloqueo», dice Claudia, una joven profesora madre de una niña. «Eso influye, sí, pero la corrupción, la miseria de los sueldos, la doble moneda, y la doble moral, todo eso lo crearon aquí. El mayor bloqueo es el interno». Para Rolando, taxista con un viejo almendrón, las nuevas medidas de Trump son «más de lo mismo». «Esto es un juego de pelota entre La Habana y Washington, y el golpe siempre nos da a nosotros. Pero si aquí se hubiesen hecho bien las cosas, ya no dependeríamos ni del turismo americano ni del dinero que nos mandan de fuera».
Pedro, que no sabe cuándo podrá reunirse con su esposa en Miami, lo resume con amargura: «Aquí todos los caminos están cerrados. Y cuando abren uno, lo hacen mal y lo cierran enseguida. Esto no se arregla con más sanciones, pero tampoco con más consignas».
La nueva ofensiva de Trump añade presión externa, pero dentro de la isla el desencanto va dirigido, cada vez más, hacia el Palacio de la Revolución, responsable de décadas de mala gestión, centralismo y decisiones desastrosas.