Virginia Mielgo, cooperante viguesa de Médicos sin Fronteras en Gaza: «Hay niños que han nacido hace dos años y no han visto en su vida una pieza de fruta»
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Denuncia una instrumentalización del bloqueo de recursos en el enclave. Especialista en saneamiento de agua, asegura que el 80 % de las desalinizadoras, único medio viable para conseguir este recurso potable, están inoperativas
04 ago 2025 . Actualizado a las 09:33 h.Virginia Mielgo (Vigo, 1988) está especializada en higiene, agua y saneamientos. Se ha dedicado a suministrar este recurso básico en medio mundo: Camerún, Etiopía, Haití, Afganistán. Este año, ha desarrollado su labor de coordinación en la Franja de Gaza. Su primer mes de trabajo fue durante el alto el fuego. A su vuelta, ya sin él, centró su despliegue en Ciudad de Gaza (norte) y Jan Yunis (suroeste).
—Estuvo en la Franja en dos etapas. La primera, entre febrero y marzo. Y regresó de la segunda hace poco.
—Sí, estuve entre febrero y marzo, que coincidió con el alto el fuego. Entonces mis compañeros palestinos tenían una visión más esperanzadora del futuro. Respiraron un poco después de tantos meses de horror. Pensaba que podía haber un futuro, pero lo hacían con muchísimo dolor al pensar qué futuro era ese. Todo estaba destruido. Pero no fue así.
—¿Cómo fue su primera participación en una Gaza marcada por la tensa tregua?
—En mi primera etapa, la primera vez la gente empezó a moverse de la zona humanitaria, estaban libres de órdenes de evacuación del Ejército de Israel y volvían a sus lugares de origen. Nosotros nos movimos con ellos para distribuir agua a esos lugares. Aun así, en esa época intentamos importar materiales, como piezas de recambio que nos hacen falta para las plantas de desalinización, y nos fue imposible. No se abrieron de repente las fronteras, aunque había más comida e incluso volvió la carne a los mercados.
—La segunda, en un contexto ya actual, debe haber sido más difícil.
—La segunda vez, comenzó un bloqueo mucho más fuerte. No entra nada de comida ni de suministros médicos, diésel o carburantes... Se corta la electricidad. Me encuentro a mis compañeros más delgados. Ellos tienen un salario y tienen un acceso más fácil que otras personas. La mayoría de gazatíes han perdido su medio de vida. Pero mis compañeros son allí unos privilegiados, tienen acceso a comida. Los precios están por las nubes. Un kilo de azúcar cuesta cien euros, uno de harina, 30. Hay niños que han nacido hace dos años y no han visto en su vida una pieza de fruta. Me encontré una Gaza que cada día es peor. No hay ninguna ventanita de esperanza.
—¿Cómo explica su cometido durante sus días de trabajo en la Franja de Gaza?
—Trabajé como coordinadora de agua y saneamientos. Nos encargamos de producir y distribuir agua. El 80 % de las infraestructuras están destruidas. En la Franja no hay agua superficial y la de los pozos es salada. No tanto como el mar, pero muy salada. No se puede beber. Las plantas necesitan diésel, carburantes. La electricidad se cortó en marzo y no se ha vuelto a restablecer.
—¿Qué puede explicar la hambruna en el enclave palestino?
—Hay una crisis de suministros porque todos son instrumentalizados. Todo está ideado para someter a la población de Gaza a un dolor que no podemos imaginar. Hemos visto triplicado el número de menores de cinco años que sufren malnutrición grave en tres semanas. En la Ciudad de Gaza, el 25 % de los niños y mujeres que entran en nuestras clínicas son malnutridos. Se está matando de hambre a la población. Las bombas son una forma muy clara y visual de matar, pero esta no lo es tanto. Tenemos varios centros en Gaza y apoyamos en hospitales, en maternidad y pediatría. Todas las camas ocupadas por niños con trauma o malnutrición. El sistema está totalmente colapsado.
—¿Considera fallido el método de reparto de comida establecido por el Ejército de Israel?
—La malnutrición hay que ligarla a los métodos de distribución de comida que está orquestando Israel en coordinación con Estados Unidos. El 80 % del territorio está bajo orden de evacuación forzada. Son zonas de combate activo, con recintos rodeados por una alambrada de espino. Tiran la comida y se generan avalanchas y peleas.
—¿Por qué no se establece un sistema más básico de reparto de comida que el de lanzamientos aéreos?
—Más bien, yo diría más digno. Las distribuciones de comida en un contexto de hambruna generalizada son muy sensibles. Tienen que organizarse bien, porque es muy fácil que haya violencia. En Gaza hay una lucha por todos los recursos, con un aumento brutal de la violencia. Se ha llevado a la población a un punto límite. Ese método de reparto no está justificado en un contexto como Gaza, con carreteras y accesos disponibles. Hay camiones y camiones esperando en la fronteras con suministros. Hay que llamar a los Estados que son aliados de Israel. Tienen que tomar medidas concretas porque son los que tienen capacidad diplomática, económica y política.
—¿Vio estos niveles de carencias en su primera etapa?
—En Gaza no había malnutrición. En Médicos sin Fronteras la hemos visto en algunos países de África, pero no era el caso de Gaza. No entiendo la intencionalidad de todo esto. La destrucción minuciosa de cada uno de los recursos. Cuando te desplazas por lo que queda de las ciudades, te sorprende los niveles de destrucción. La gente improvisa: hay familias que viven en edificios parcialmente caídos.
—¿Qué nos puede decir de los repartos de agua?
—Me impactaron mucho. Nosotros también los hacemos, con camiones cisterna. Ver a la gente bajo el sol, con sus bidones, que pesan unos 20 kilos, esperando pacientemente. Hay muchos niños y personas mayores en esas colas. Y el momento de la distribución no es tranquilo porque hay una lucha por los recursos. Es muy difícil de ver.