En otras circunstancias, el plan de Donald Trump para Gaza parecería una broma de mal gusto. En las circunstancias actuales es una esperanza, lo que da una idea de cuáles son esas circunstancias. Sencillamente: Gaza no puede estar peor. Esto se lo pone fácil a la iniciativa, incluso si incluye detalles que producen auténtica grima, como la idea de que la reconstrucción tiene que ser rentable para sus patrocinadores, o la presencia al frente del proyecto del incombustible Tony Blair (posiblemente el político más impopular en Oriente Medio después del propio Netanyahu). Pero estos resultarán detalles irrelevantes para la población civil. Los gazatíes de a pie aceptarán de buen grado cualquier cosa que les saque del bucle infernal en el que se encuentran. El fin de la guerra y la posibilidad de entrar y salir libremente de la Franja que les promete el plan de Trump serán incentivos más que suficientes para la mayoría. Es cierto que esa libertad de movimiento (que habrá que ver hasta qué punto va a ser real) entraña riesgos para la causa palestina. Si la reconstrucción se atasca (lo que es muy fácil que ocurra), muchos podrían elegir marcharse para siempre, facilitando ellos mismos la limpieza étnica que algunos israelíes ansían. Es algo que sin duda se le habrá pasado por la cabeza a Benjamin Netanyahu.
Pero el hecho de que la Autoridad Nacional Palestina haya dado de inmediato la bienvenida al plan apunta a que estamos ante algo más que una especulación. Ahora se entiende el discurso anti-Hamás que pronunció Mahmud Abás por videoconferencia en la ONU. Como concesión a Netanyahu, la ANP queda en principio marginada en este proceso, pero Abás sabe que antes o después tendrán que contar con él. De nuevo, la promesa de un Estado palestino es vaga y sin calendario (como ya sucedía en el proceso de Oslo); pero hace tiempo que la OLP se acostumbró a este «procesismo» que no termina nunca, mientras ofrece un limbo relativamente cómodo para la élite política. El apoyo de los principales países árabes al plan nace de una mezcla similar de interés y realismo: Egipto, Arabia Saudí o Catar necesitan estabilidad en la zona y buenas relaciones con Estados Unidos, y para esas dos cosas la guerra de Gaza es un estorbo. Las élites de esos países hace tiempo que dejaron de creer en la utilidad, por no decir en la viabilidad, de la causa palestina. La hipotética desaparición de Hamás, al que ven como una herramienta de su enemigo Irán, no les disgusta.
Lo que nos lleva a la clave de todo esto, que es precisamente Hamás. Para ellos, el plan de paz es, obviamente, una oferta de capitulación. De nuevo, en condiciones normales el no estaría garantizado, e incluso en las circunstancias presentes. Sin embargo, según informaciones creíbles se lo estaría pensando. Para Hamás, esto puede convertirse en su «momento Beirut», como cuando, en 1982, la OLP asediada por el Ejército israelí en la capital del Líbano tuvo que decidir entre la aniquilación o el exilio en Túnez. Entonces se impuso el instinto de supervivencia y Arafat optó por el exilio. Hamás es una organización diferente, pero los instintos son universales. La organización islamista está descabezada casi por completo (sobrevive solo un miembro de su cúpula) y la decisión la tomarán líderes de rango medio en la calle, entre civiles que quieren que esto se acabe ya, como sea.
Por lo que respecta a Israel, el plan satisface sus exigencias más importantes: el regreso de los rehenes, la desmilitarización de la Franja… Respaldarlo puede hacerle perder a Netanyahu el apoyo de los miembros más radicales de su Gobierno, porque aleja la anexión de Gaza que algunos veían inminente. Pero él puede sustituirlos por otros de la oposición a los que este plan servirá de excusa para volver al poder, aunque sea a costa de prolongar la vida política del primer ministro. Al menos, hasta que el proceso descarrile. Porque si hay una cosa que comparten palestinos e israelíes son sus escasas esperanzas de que esto, o cualquier otra cosa, resuelva el conflicto de verdad.
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