Fallece Sam Rivers, el bajista que marcaba el «latido» de Limp Bizkit con sus cinco cuerdas
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El Resurrection Fest, donde su banda es una de las cabezas de cartel del 2026, llora su muerte: «Es una pena la pérdida del bajista de una banda que marcó a toda una generación».
19 oct 2025 . Actualizado a las 18:32 h.Sam Rivers era un mucho más discreto que Fred Durst o Wes Borland, arrolladores gallos del corral, pero resultó esencial para construir el sonido de Limp Bizkit. Sus compañeros se refieren hoy a él como «el latido». También como «el pulso de cada canción, la calma en el caos, el alma en el sonido». Y lo cierto es que la trayectoria del estandarte del nu-metal seguramente sería diferente sin este bajista, fallecido ayer sábado. Había tenido problemas hepáticos en el pasado. Según diferentes medios americanos, su familia aludía a un cáncer —que no tenía que ver con el hígado— con el que luchó en los últimos años. Tenía 48 años.
Rivers fue otro de tantos adolescentes fascinados por el skate y la música en los primeros noventa. A la tabla pronto le sumó el bajo, instrumento que empezó a tocar a los 12 años. Con su primo John Otto, que se dedicaba a la batería, tocaban piezas de blues. Pero también se dejaban llevar por el rap, el metal y la cultura urbana. Ya de adolescente, conoció a Fred Durst, con quien formaría Malachi Sage, una banda de corta duración. Poco después, Rivers, Durst y Otto se unieron para crear Limp Bizkit. Más tarde se incorporarían el guitarrista Wes Borland y el DJ Lethal. Juntos revolucionaron el panorama del rock de finales de los noventa y entraron como reyes en el siglo XXI.
Con su álbum debut, Three Dollar Bill, Y'all$ (1997), producido por Ross Robinson y con el apoyo de Korn, se convirtieron en una referencia. Le siguieron Significant Other (1999), que vendió más de 600.000 copias, y Chocolate Starfish and the Hot Dog Flavored Water (2000), que debutó en el número uno del Billboard 200 y vendió más de un millón de copias en su primera semana. La receta era sencilla: tomar el sonido de bandas como Rage Against the Machine y Korn, y llevarlo hacia el funk y el hip-hop con una dinámica de tensión-explosión totalmente festiva.
En esas coordenadas, Sam Rivers aportaba un sonido especial. No era un bajista al uso, para nada. De hecho, solía usar un instrumento de cinco cuerdas en lugar de las cuatro habituales, para lograr un rango grave más amplio. Ahí confluían dos sendas de influencia claves: por un lado, el funk de Bootsy Collins y Flea (Red Hot Chili Peppers); por otro, el metal alternativo, con figuras como Fieldy (Korn) y Justin Chancellor (Tool).
En su banda, entre las guitarras saturadas de Wes Borland y los beats de DJ Lethal, hacía de pegamento. Aportando groove, melodía y peso. Era, como decían sus compañeros al lamentar su pérdida, el auténtico sístole y diástole de Limp Bizkit. También se refirió a él la organización del Resurrection Fest, donde la banda figuraba como cabeza de cartel para su edición de 2026. «Descansa en paz, Sam Rivers. Celebraremos tu legado en Viveiro», escribía a primera hora de la mañana en sus redes sociales. «Queremos transmitir nuestro pésame a los familiares de Sam Rivers y a su familia profesional, la banda Limp Bizkit. Es una gran pérdida: el bajista de una banda que marcó a toda una generación», añadían horas después a La Voz.
Además de su trabajo en Limp Bizkit, Rivers se dedicó a producir grupos locales en Jacksonville durante los períodos de inactividad del grupo. En 2015, debido a sus graves problemas de salud, dejó la banda. Dos años después fue sometido a un trasplante de hígado. Retornó con sus compañeros en 2018 y participó en el último trabajo de estudio del grupo hasta el momento, Still Sucks (2021).