Carmen Grau, experta en gestión de desastres naturales en la Universidad de Waseda: «En Japón los desastres son una cuestión de Estado»
ACTUALIDAD
La investigadora valenciana destaca que no hubo ningún tipo de alerta temprana en la dana y alerta de la falta de formación para afrontar futuros fenómenos adversos
10 nov 2025 . Actualizado a las 19:47 h.Carmen Grau es investigadora en prevención y gestión de desastres naturales en la Universidad de Waseda, en Japón. Valenciana de Tavernes de la Valldigna, vivió en plena adolescencia las inundaciones en la Safor en 1996. Impactada por los roles en su familia, con su padre preocupado por el negocio y su madre por sus hijas, decidió especializarse en la gestión y prevención de todo tipo de desastres. Doctora en Historia Contemporánea con una tesis sobre desastres y resiliencia con perspectiva de género, colabora con varios ayuntamientos afectados por la dana y forma parte del comité de expertos del Gobierno para la reconstrucción tras la tragedia en la provincia de Valencia.
—¿Qué se hizo mal principalmente el 29 de octubre del 2024?
—Falló la alerta temprana. Es un aviso suficientemente rápido y efectivo para que la población sepa que hay una amenaza o riesgo. Falló también la alerta oficial, porque digamos que los medios de comunicación y la Aemet sí que habían informado de una situación de amenaza grave porque estábamos en alerta roja. Falló la escala de coordinaciones y no se produjo la alerta temprana general a toda la población y, cuando se produjo, a las 20.11 horas, tampoco comunicaba bien esa amenaza ni daba instrucciones claras.
—¿Las alertas de este año son más completas?
Ha habido dos y el comportamiento, los protocolos y a cadena de informaciones han sido diferentes. Es una alegría por lo menos ver que se pueden hacer las cosas bien. La ciudadanía estaba más preparada y las instituciones comunicaron la situación y la alerta se dio en los tiempos correspondientes. Ahora bien, esto ha sido porque la zona está en una situación muy grave y la gente tiene mucho miedo. Los Ayuntamientos están trabajando para tomar medidas a nivel local. Todo esto es el resultado de lo que pasó el año pasado.
—¿Cuál es su cometido en la colaboración que ha iniciado con varios consistorios afectados por la dana?
—Hay 75 pueblos en la Comunidad Valenciana y otros tres más dentro de España afectados. Tres ayuntamientos de l´Horta Sud han tomado la decisión por iniciativa propia de consultar a los expertos y han abierto un proyecto con la Universidad Politécnica de Valencia, que les está dando asesoramiento en varios puntos para las emergencias. Uno de ellos es implementar el plan municipal ante el riesgo de inundaciones. Los pueblos tenían un plan que, como sabemos, sirvió de poco el 29 de octubre. Muchos lo tenían en un cajón. Mi función desde Japón es adaptar los protocolos, que los conocemos muy bien aquí, para que sean inclusivos; que tengan en cuenta a todas las voces; que se hagan dos niveles de evacuación, con uno primero para personas vulnerables. Mi tarea es adaptar lo que funciona muy bien en Japón y adaptarlo a estos tres pueblos. Hemos entrevistado a todos los grupos sociales del pueblo y ahora estamos extrayendo esa información con nuestra metodología.
—¿Qué ha detectado que deben mejorar antes?
—Ninguno hace simulacros y no hay formación anual en riesgos y emergencias. No se trabaja la coordinación interinstitucional. Hay un gran desconocimiento en todas las instituciones. Hay una gran falta de planificación, que es la prevención. También a nivel de comunicación: cómo informar a la ciudadanía, en qué canales hacerlo... ¡Es que ese día no había nada planificado! Fue dramático. Los centros educativos son fundamentales a la hora de tratar una emergencia. Están todos los jóvenes de un pueblo. El futuro. Tienen planes de incendio, pero no de inundaciones. Los profesores y ecuadores son los grandes abandonados en España para actuar en una emergencia. La situación que yo he visto de los profesionales de la educación en los pueblos valencianos es dramática.
—¿Cómo se ha preparado Japón en las últimas décadas?
—Japón no ha hecho las cosas de un día para otro. Han tenido desastres naturales desde la Antigüedad, son una sociedad que ha ido trabajando esto continuamente, principalmente después de la Segunda Guerra Mundial. Han puesto el eje en la educación de los niños de todo tipo de desastres: no solo terremotos, que es lo que todos podemos tener en la cabeza, también incendios, tsunamis, tifones... Ellos controlan el pánico y les ayuda a saber cómo actuar desde los tres años. Impulsaron estas medidas en los años sesenta y lo han ido trabajando. Toda la sociedad está integrada, los desastres son una cuestión de Estado. Todos saben que es un tema primordial.
—Estas sociedades están más acostumbradas a todo tipo de catástrofes. En España, con el avance del cambio climático, ¿tenemos que aprender más rápido?
—Estamos en una situación muy grave porque estamos hablando de fenómenos extremos. Tenemos en Valencia históricamente fenómenos de fuertes lluvias y de inundaciones. Lo que pasó en la dana no es nuevo. Por eso la importancia de trabajarlo y tener presente esta memoria. Ahora bien, lamentablemente con el cambio climático vamos a tener más a menudo fenómenos extremos como el del año pasado. Este otoño llevamos dos alertas rojas.
—Usted ha hablado de añadir un color negro en las alertas. ¿Podría explicarnos cómo sería su funcionamiento?
—Tal vez deberíamos tener protocolarizado los colores de las alertas. Color, acción. En Japón tienen un modelo en el que se contempla la alerta negra. Cuando esta llega, ya no se puede hacer nada. El peligro ha sobrepasado todo y no se puede actuar. Antes de llegar a esa situación, en la alerta roja tenemos que tenerlo todo preparado y listo. Yo expuse cómo se actúa en Japón para ver cómo lo podemos adaptar al modelo español.
—Carmen, de Picaña, vive junto al barranco del Poyo y no quiere irse. Le dijo a La Voz: «El bien nuestro ya debería haber sido pensado». ¿Cómo ve esta complicada cuestión?
—Es uno de los temas más difíciles de la reconstrucción. En Japón también pasó. La última palabra la tiene el Ayuntamiento, pero es verdad que la gente más joven en Valencia no tiene tanto problema en poder mudarse o cambiar si su casa está en un sitio muy peligroso. La gente mayor, en cambio, que lleva toda su vida arraigada a su comunidad si la trasladas puede ser que se resienta su salud. Hay que tratar de buscar un equilibrio y en la reconstrucción es importante que los Ayuntamientos escuchen a la gente. En este caso de Picaña debemos dialogar con ellos para ver qué se puede hacer. ¿Dejarles vivir allí hasta el final de sus días, asumiendo que una vez fallezcan nadie podrá vivir allí? Esto es un método que se ha hecho en Japón. O directamente no dejarles quedarse allí, pero asumiendo que tienen que desplazarse con el coste emocional grande que supone. En Valencia construimos en sitios donde no se tendría que haber hecho, cayendo así en contradicciones: tomando parte de la Albufera o de la huerta.
—La UE lanzó un vídeo simpático en el que recomendaba a la población contar con diferentes objetos para prevenir una catástrofe o una situación adversa. ¿Qué le pareció el anuncio?
—La Unión Europea lo anunció en un contexto muy complejo, en el que se habla de un rearme bélico. Esto causó mucha controversia. Protección Civil estaba pensando más en un conflicto bélico que en la protección ante un desastre. Para mí es un error porque la UE tiene un montón de desastres, incendios, inundaciones. Tenemos un grave problema en todo el continente. Soy bastante crítica con la forma en la que lo comunicaron, pero tenemos que tomarnos en serio lo de la mochila de emergencia.
—¿Qué no puede faltar en la mochila?
—Tenemos que hacer un plan familiar y uno personal para ver qué necesitaríamos en caso de incendio o en caso de tener que evacuar tu casa o tu empresa. Se trata de ponerse en ese lugar. Por ejemplo, a las personas que usan lentillas, por muchas que usen, se les recomienda tener siempre un par de gafas viejas por si acaso. Son pequeñas cosas que hay que pensar con antelación. Las mujeres necesitan compresas, los bebés toallitas. Las personas mayores sus medicamentos. Papel y bolígrafo para poder escribir y dejar un mensaje, dinero en efectivo si no hay tarjetas, un pequeño botiquín con tijeras y gasas... Siempre pensando en los tres primeros días.