La derecha trumpista en Europa

Ivan Krastev

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María Pedreda

La instrumentalización ideológica de EE.UU. podría volverse en su contra

07 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En los diez meses desde que Donald Trump volvió a la presidencia de Estados Unidos, ha cambiado la forma en la que el país se relaciona tanto con sus aliados como sus adversarios. No solo está redecorando la Casa Blanca, sino que está redibujando los mapas mentales a través de los que Washington ve el mundo. Al principio, la fijación de la Administración con los aranceles daba a entender que Trump no estaba interesado en la política de otros países y solo le importaban los balances comerciales. Sus últimos movimientos acabaron con esa ilusión. Es la ideología, y no la economía, lo que explica la hostilidad de Trump con Brasil (no soporta al presidente de izquierdas Lula da Silva) y su infinita generosidad financiera con Argentina (dijo que Javier Milei, populista de derecha, era su presidente favorito). Pero es la división izquierda-derecha, más que la de autoritarismo-democracia, lo que define las políticas de Trump. Al contrario que sus predecesores, como George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden, a Trump no le interesa exportar la democracia. Lo que sí está deseando compartir es su agenda política interna, una que es antiinmigración, antiwoke y antiverde.

Quizá en ningún lugar se haya manifestado tan claramente esa primacía ideológica como en su aproximación a Europa. Despreciando la Unión Europea y apartándose de los valores liberales tradicionales que han sustentado la alianza trasatlántica, su Administración ha optado por acercarse a la extrema derecha europea. Además de sus vínculos con la primera ministra de Italia, la populista Giorgia Meloni, Trump ha apoyado al partido Alternativa para Alemania (AfD), a Vox en España y a Reform UK de Nigel Farage, entre otras formaciones ultraderechistas.

En la Casa Blanca parece reinar la idea de que muchos países europeos están solo a un ciclo electoral de distancia de Estados Unidos y de que el continente dará un giro brusco hacia la derecha en los próximos años. Los europeos de derechas parecen compartir esta convicción y ya han dado pasos para formar una especie de frente transnacional. Ha surgido un nuevo grupo de partidos de derecha, los Patriots de Europa, que promete «hacer grande a Europa de nuevo» y abraza la revolución MAGA como modelo.

En un momento en el que Trump cuestiona la arquitectura de la seguridad estadounidense en Europa, amenaza con reducir su presencia militar y exige a Europa que pague por su propia defensa, su apoyo a la extrema derecha parece de primeras una jugada estratégica magistral. Permite a Estados Unidos mantener a buena parte de Europa bajo su esfera de influencia mientras reduce sus compromisos con la región. Refuerza a bajo coste la influencia MAGA y frena el surgimiento de una Europa soberana menos alineada con Washington.

En este contexto, la Europa central —donde un grupo de políticos iliberales ya ha asentado una base sólida— juega un papel central. Mucho antes de las elecciones del 2024, Trump expresó su admiración por Víktor Orbán, el veterano primer ministro que a menudo es presentado como el modelo de liderazgo MAGA. Desde su regreso al poder, Trump ha reforzado esta relación eximiendo a Hungría de sanciones vinculadas a las importaciones de petróleo ruso. En Polonia, el candidato ultraderechista Karol Nawrocki, apoyado por MAGA, ganó las elecciones presidenciales en junio. El primer ministro eslovaco, Robert Fico, ha declarado su buena sintonía con el presidente estadounidense. Y en la República Checa, otro populista de derecha afín a Trump, Andrej Babis, ganó las elecciones legislativas de octubre y está tratando de formar un nuevo gobierno.

Pero si bien la intensa ofensiva de la Administración Trump hacia la extrema derecha europea ha dado sus frutos, también presenta un riesgo elevado. Por un lado, alimentar la polarización política puede llevar a una Europa fragmentada más que a una alineada con Trump. Tampoco está claro que incluso los líderes iliberales, empezando por el propio Orbán, vayan a alinearse con él geopolíticamente, ya sea respecto a Rusia o a China o a asuntos económicos. Al mismo tiempo, al ofrecer apoyo exclusivo a partidos y líderes ideológicamente afines, la Administración puede estar debilitando el sustrato proestadounidense que históricamente ha apuntalado el apoyo europeo a Washington en zonas cruciales del continente.

Pero si hay un populista europeo conocido en el universo MAGA, ese es Orbán. Después de invertir en la creación de una red conservadora trasatlántica desde el 2010, el líder húngaro se ha convertido para la derecha en lo que fue Fidel Castro para la izquierda: un héroe y un modelo a seguir. La influencia de Orbán en el centro y este de Europa es alta. Si gana las elecciones de abril del año que viene, tendrá un argumento fuerte para proclamarse arquitecto principal de la estrategia geopolítica posliberal en Europa.

Pero un nuevo mandato para Orbán no significa necesariamente la consumación de la hegemonía MAGA en Europa. Orbán puede apoyar a Trump, pero también cree que Occidente ha entrado en un declive irreversible. En su despacho en Budapest hay tres mapas del mundo desde diferentes perspectivas: uno centrado en Estados Unidos, otro en Europa y otro en China. Lo que Orbán ve en ellos es lo que denomina un «cambio del sistema global», un desplazamiento del poder hacia Asia.

Para él, Europa se enfrenta a una elección radical: o se aferra a Estados Unidos y se convierte en lo que ha llamado un «museo al aire libre», admirado pero estancado, o busca la «autonomía estratégica» reingresando en la competencia global como potencia independiente.

De MAGA a MEGA

Estados Unidos no se equivoca al asumir que los europeos se están desplazando hacia la derecha; su error consiste en suponer que ese giro bastará para mantener la primacía de Estados Unidos. Más bien, el ascenso de la derecha iliberal probablemente genere una crisis económica y política más profunda que, como describe el politólogo Dimitar Bechev de Oxford, provoque una «disputa por Europa», en la que grandes potencias como China y Rusia, y otras como Turquía o los países del Golfo, compitan cada vez más por influencia.

Pero quizá la consecuencia más clara de la postura de Trump en Europa es el retorno de la «cuestión alemana», el dilema histórico de gestionar una Alemania fuerte dentro de una Europa en paz. Mientras Washington se retira de sus compromisos europeos e insiste en que Europa debe pagar por su propia seguridad, y mientras los europeos dudan cada vez más de la fiabilidad de Estados Unidos, la remilitarización de Alemania se ha vuelto esencial para la defensa europea. Sin embargo, el apoyo simultáneo de Trump a la AfD, ahora el segundo partido del Parlamento alemán, plantea la posibilidad de que la potencia más influyente de Europa quede algún día en manos de la derecha nacionalista alemana, y que Washington simpatice con ese resultado. Eso ha reavivado viejos temores entre los vecinos de Alemania, incluidos sectores de la derecha europea que admiran a Trump.

Si la estrategia europea de la Administración Trump es imponer una alineación ideológica al tiempo que reduce su apoyo militar y económico, fracasará. Los partidos de derecha, como los del centro y los liberales, saben que en un panorama geopolítico cada vez más inestable sus países podrían verse obligados a valerse por sí mismos. Ante un mundo hostil, la derecha europea podría redescubrir la necesidad práctica de que Europa se desacople de un Estados Unidos poco fiable. El efecto de Trump en Europa se parece en muchos aspectos al que tuvo Gorbachov en el bloque oriental en los años ochenta. Transformó profundamente los regímenes comunistas de Europa del este y, en el proceso, ayudó a Moscú a perder su influencia.

Ivan Krastev es presidente del Centro de Estrategias Liberales de Sofía. © 2025 Foreign Affairs. Distribuido por Tribune Content Agency. Traducido por S. P.