Ana perdió la memoria tras despertarse del coma: «Tuve que volver a enamorarme de mi marido y reaprender a ser madre»
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Ana sufrió una meningitis herpética. Cuando despertó del coma, esta madrileña no reconocía a nadie ni sabía que tenía una hija. «Con 40 años tuvieron que enseñarme a hacer todo desde cero», confiesa
21 dic 2025 . Actualizado a las 10:39 h.Imagina que te despiertas mañana y nada de lo que hay a tu alrededor te suena. Como si te hubieses despertado en el cuerpo de otra persona que no eres tú. Y, además, te dicen que estás casada y que tienes una hija. Esto es lo que le pasó a Ana, una madrileña que tuvo que poner su contador de kilómetros de recuerdos a cero al cumplir los 40 años.
Tras una meningitis herpética, se quedó en coma. No puede especificar los días, porque todo lo que conoce de aquella época es a través de lo que le cuentan. Solo recuerda que se despertó hablando en inglés. «Estudié Filología Inglesa y estuve viviendo en EE.UU. un par de años. Cuando me desperté del coma, mi primer recuerdo fue hablar con la compañera que tenía al lado en inglés, porque no se entendía con los médicos. Fue muy fuerte», explica. Allí estaba su marido, al cual no reconoció, y el encargado de explicarle que habían sido padres seis meses antes de lo ocurrido. «Era primeriza, con lo cual, no me había dado tiempo. Según me contaron, la había destetado un poco antes de lo que pasó. Tuve que aprender a ser mujer y madre. Y volver a enamorarme de él», afirma.
«Ella sabe mi problema»
¿Y sería lo mismo enterarse de que eres madre de una niña de seis meses que de 8 años? «Cuando mi marido me contó que teníamos una niña tan pequeña, me dijo: “No pasa nada, no se va a acordar”. Si hubiera sido mayor, creo que la repercusión hubiese sido peor, porque ella podría haber tenido miedo. En este caso, ella sabe que yo tengo un problema de la memoria y ha crecido conociendo lo que me pasa. Dentro de todo lo malo, el que la niña fuera pequeña ayudó», indica. Ana ya no es la que era. Pero tampoco la han condicionado. «Mi marido ha dejado que encontrara ese camino. Fue como: “Venga, creí en ti una vez y ahora lo vuelvo a hacer”. Pienso que una persona como yo, en aquel momento, podía ser muy manipulable, porque me aferraría a cualquier cosa para complacer a los demás. Él me ha dejado espacio, sin influirme ni contarme lo que antes me gustaba o quería», confiesa.
«Mi marido me ha dejado espacio, sin influirme ni contarme lo que antes me gustaba o quería»
«¿He comprado un piso?»
Después le tocó reaprender lo aprendido. «Imagínate, una persona con 40 años que le tenías que enseñar todo, hasta a ducharse. El cerebro estaba ahí rehaciendo sus neuronas. Era como una lección que sabes que vas a aprobar, pero que te tienes que poner a prueba. Tú sabes que lo sabes, pero no cómo ejecutarlo», explica. Sus padres también tuvieron que implicarse. «Era la niña pequeña que ellos habían criado. Me tenían que enseñar las cosas de nuevo y todo eso se juntaba con el tema de que esa —yo—, era la madre de su nieta», añade.
Es inevitable que en un caso como el de Ana, cualquiera le pregunte un montón de dudas. «Cuando empiezas a investigar un poco lo que pasa con el cerebro, te das cuenta de lo complejo que es. Mucha gente me dice: “¿Qué es lo último que recuerdas? “. Y yo les contesto que no puedo decir que me he olvidado de 15 o 20 años de mi vida porque no sé cuál es mi último recuerdo. Estoy intentando saberlo para poner una fecha», indica. Su entorno la anima con ello. «Me dicen: “¿Cuándo te compraste el piso de Bajamar?”. Y les digo: “Pues... ¡No lo sé! No recuerdo habérmelo comprado”». Y me orientan: “Bueno, a partir de ahí son 20 años”. Entonces sé que desde ese punto ya no me acuerdo», detalla.
«No puedo decir que me he olvidado de 15 o 20 años de mi vida porque no sé cuál es mi último recuerdo. estoy intentando saberlo para poner una fecha»
Si eres una persona despistada, una agenda nunca falla. En su caso, más que cosas que tiene que hacer, le sirve para autogestionar su tiempo. «Apunto todo, porque el tiempo a mí se me va. Desde que yo pienso lo que tengo que hacer hasta que lo ejecuto... Tú a lo mejor coges y lo haces, pero para mí es muy lento. Lo que me han propuesto los psicólogos es apuntarlo por horas. Yo me levanto y de 8 a 10 tengo que hacer esto, de 9 a 11, lo otro, de 11 a 12, aquello...», puntualiza. ¿Y qué es lo que ha aprendido durante esta segunda vida? «A vivir el día a día y a gestionar las emociones, porque esa parte me está costando muchísimo. No tengo filtro. Si me caes bien, bien. Si me caes mal, lo siento. Es lo que hay. También me he sacado un curso de Gestión de Asociaciones de Pacientes para ayudar a aquellos que realmente no pueden ayudarse», explica.
Las secuelas de la meningitis le provocaron una falta de memoria visual, por lo que no es capaz de quedarse con las caras de las personas a las que no ve asiduamente. «Si hoy me las cruzo por la calle, no les conozco. En cambio, si me hablan, me suena la voz», explica. ¿Cuántas veces hemos deseado que nuestra serie o película favorita se borrase de nuestra mente para volver a disfrutarla por primera vez? A ella le pasa. «Tengo que ver otra vez Juego de tronos, porque no me acuerdo. Mi hermana me contó que las películas de Crepúsculo eran mis favoritas y yo dije: “Bueno, vale. Me alegro de que lo fueran. ¡Pero ahora no me acuerdo de nada!», detalla.
El poder de las canciones
Sin embargo, no le ocurre lo mismo con las películas musicales. «Veo Pretty Woman, El guardaespaldas o Grease y me sé hasta las canciones. Yo creo que es la música, porque si me pones una canción de los años noventa o El Canto del Loco, la canto entera sin haberla escuchado antes», confiesa. Ana también está recuperando el hábito de la lectura. Y redescubriéndolo. «Ahora vuelvo a leer. Lo que pasa es que me están llegando libros de psicología y es como: “¡No! Lo que necesito es leer una novela”», bromea. ¿Lees uno y al día siguiente no te acuerdas de qué trataba?, le pregunto. «Lo tengo que leer en voz alta para que se me quede la audición. Así sí que lo recuerdo», puntualiza.
«Para acordarme de que va un libro al día siguiente, lo tengo que leer en voz alta para que se me quede la audición»
¡Qué fantasía poder tener un libro favorito cada día! «Ahora mismo no tengo ninguno, estoy virgen en eso de los libros», añade. Con un poco de presión e intentando memorizar, hace hincapié en un autor en especial. «El único libro que me he leído en mi nueva vida es de Javier Castillo y me ha gustado tanto... Además hace unos saltos temporales en sus novelas que permiten que tengas que ir memorizando lo que ha pasado quince hojas atrás. Me encanta porque también me obliga a estar memorizando lo que ha pasado anteriormente». Eso sí, el título lo tiene borroso. «¡No lo tengo en casa, era de la biblioteca!», se ríe. Para ella el papel está por encima de la electrónica. «El Kindle es una maravilla porque te deja tener muchos libros, pero, claro, compro y descargo tres y digo: “¡Me cago en todo! ¿Por cuál voy?”», bromea.
A simple vista, Ana no parece que tenga una discapacidad. «Es una enfermedad que no se ve. No es como un constipado que te curas, no hay medicinas. Estoy luchando para tener en España el distintivo de los girasoles — que identifica a las personas con discapacidades invisibles— de la Asociación Española contra la Meningitis. Estoy muy centrada en darle visibilidad, porque vivimos en una sociedad muy egoísta. Antes de prejuzgar tenemos que preguntarnos por qué esa persona está actuando de tal forma. Seguramente está luchando con algo que no sabemos», indica.
«El capítulo de Los Simpson trataba de que Marge, la madre, se daba un golpe en la cabeza, perdía la memoria y cuando se despertaba del coma veía a su marido y le preguntaba quién era. Ves el episodio y dices “¡Dios, es mi vida!”»
Y más que humor, ella confiesa que ha intentado siempre poner buena actitud a lo que le ocurre. Prueba de ello, fue verse reflejada en un capítulo de la serie protagonizada por la familia amarilla de Springfield. «Nos dijo nuestra hija: “Venid a ver los dibujos conmigo”. Pusimos Los Simpson, aunque ella todavía no entiende mucho el significado de las cosas que dicen. El capítulo trataba de que Marge, la madre, se daba un golpe en la cabeza, perdía la memoria y cuando se despertaba del coma veía a su marido y le preguntaba quién era. Mi marido me miró y soltó: “¿Estamos de coña?”. Puedo decir que esto ya lo predijeron Los Simpson, porque ves el episodio y dices: “¡Dios, es mi vida!”», bromea. Indudablemente, para Ana cada día es una lección.