Garri Kaspárov, el genio del ajedrez convertido ahora en objetivo principal de Putin

Pablo Medina MADRID / LA VOZ

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El ajedrecista Gary Kasparov, arrestado durante las protestas del 2008 en Moscú.
El ajedrecista Gary Kasparov, arrestado durante las protestas del 2008 en Moscú. TATYANA MAKEYEVA

Sobre el campeón mundial pesa una orden de arresto por terrorismo emitida por Moscú; su oposición al actual gobierno autócrata ruso dura ya décadas

24 dic 2025 . Actualizado a las 18:51 h.

El Kremlin siempre está ocupado con los disidentes. El ex viceprimer ministro Borís Nemstov, la periodista Anna Politkóvskaya, más recientemente el dirigente Alexéi Navalni… Levantarse contra el poder de Putin es siempre un deporte de riesgo. Y ahora también puede dar cuenta de ello el histórico campeón mundial de ajedrez y activista político Garri Kaspárov. En Moscú le quieren detenido por «justificar públicamente el terrorismo», que es como se conoce en la capital rusa a la defensa de Ucrania ante una invasión ilegal. El presidente ruso, Vladimir Putin, se ha hartado de su activismo. Pero esa posición política crítica con el Kremlin no es nueva, sino que viene de una larga tradición.

La sangre de Kaspárov es soviética, pero no rusa. Nació en Bakú, Azerbaiyán, en 1963. Su interés por el ajedrez fue prematuro, y siendo un adolescente se convirtió en un prodigio de este deporte de estrategia. Logró llegar a campeón de ajedrez sub 18 de la URSS a los 12 años y a campeón mundial sub 20 a los 17. En 1985, con tan solo 22 años, se convirtió en el campeón mundial más joven del mundo. Una trayectoria que no pasó desapercibida entre las autoridades de la época.

Desde Nikita Kruschov hasta Mijaíl Gorbachov, el joven Kaspárov formaba parte involuntaria de la imagen de una Unión Soviética que se disputaba la hegemonía mundial con Estados Unidos en cualquier arena: política, territorial, en los deportes, en el espacio… y se vio obligado a elegir bando. Un acto peligroso. En 1984 abrazó al Partido Comunista de la URSS. Tres años más tarde ya estaba dirigiendo la cúpula de las juventudes de la formación. En las entrañas del sistema, descubrió su desprecio al mismo, pero lo llevó en silencio, como cualquier otro disidente. Hasta que Gorbachov y su Perestroika cambiaron aquel inmendo modelo político.

Kaspárov salió del Partido Comunista en 1990 para crear el Partido Democrático de Rusia. El aperturismo de la URSS favorecía su rebeldía y comenzó a ser crítico con un sistema que había politizado todo. Incluso su pasión. Anatoly Karpov, el favorito de Moscú, gozaba de más favores en los comités deportivos por sus simpatías con el régimen soviético. Cuando colapsó, se vio forzado a huir de Azerbaiyán con su familia por los conflictos étnicos con los armenios alrededor del Nagorno Karabaj. Una ola de violencia que la renqueante URSS trató de reprimir con más violencia. Y a partir de ahí, se lanzaría a un tímido intento de impulsar la democracia en el seno del país.

Llegó el primer tanteo en 1993 cuando apoyó la iniciativa de Yegor Gaidar, economista y primer ministro interino, para abrir Rusia al mercado occidental, al capitalismo y a la integración con Occidente. Kaspárov no era devoto de Gaidar, puesto que su idealismo chocaba con el pragmatismo del dirigente político que había servido a Gorbachov. Pero era el momento de construir una nueva Rusia, y apoyó públicamente a Vybor Rossii de La Elección Rusa, el conglomerado de formaciones que el entonces jefe de Gobierno planteó como alternativa al continuismo soviético. No le fue mal, sacó el 15 % de los votos. Pero fue irrelevante.

La irrupción de este movimiento y otros de tendencia liberal causaron la primera gran fragmentación en el tablero político ruso. Por un lado, los comunistas y nacionalistas; por otro, los liberales. Boris Yeltsin, primer presidente ruso tras la caída de la URSS, había logrado auparse al poder gracias a la tendencia de voto de los segundos en 1991 y se mantuvo durante ocho años en el poder. El ejercicio de responsabilidad política de Kaspárov sirvió de poco en ese cometido, Gaidar cayó en desgracia y el primer inquilino del Kremlin tras la retirada de la bandera con la hoz y el martillo fue un dirigente que pasó a la historia por sus estados de ebriedad. Algo no iba bien en Rusia. Y solo un hombre podía cambiarlo todo: Vladimir Putin.

La llegada de Putin

El agotamiento de Yeltsin llegó un 31 de diciembre de 1999. Como Putin era primer ministro en aquel entonces, debía asumir en funciones el puesto vacante de su predecesor, algo que hizo en el 2000. Nunca lo soltaría. El actual presidente aunó al espectro político de forma inusitada en los primeros años. Los oligarcas rusos nacidos de la corriente liberal se ganaron su favor. Riqueza a cambio de colocarse hilos de trilero a la espalda. A los comunistas les contentó con la persistencia de la gloria del Ejército Rojo que derrotó a la Alemania de Hitler. A los nacionalistas les prometió recuperar la naturaleza imperial perdida. Y a los conservadores, que la Iglesia Ortodoxa jugaría un papel troncal en el nacimiento de la nueva Rusia. Nació y se perpetuó bajo la batuta de un único hombre. El problema es que esa idea de país representaba todo lo que Kasparov detestaba desde que conoció la naturaleza de la URSS. Porque sabía que el autoritarismo marcaría la tendencia. Putin se vendía como un reformista, pero el maestro conocía sus ansias autoritarias. Más si venía del antiguo KGB.

En el 2005, el ajedrecista de todos los récords se retiró como jugador profesional para pasar a la política dirigiendo el Centro Cívico Unido para enfrentarse a Putin frontalmente y evidenciar que Rusia volvía al autoritarismo. El impulso se lo da el caso Jodorovski en el 2003. Este empresario ruso, dueño de la empresa Yukos, la petrolera privada más grande del país, comenzó a apoyar a la oposición y a financiar campañas contra Putin, rompiendo la ley de oro entre los oligarcas y el mandamás del Kremlin: dinero, sí; política, no. La compañía, pues, quedó estatalizada. En ese momento, la oposición ve pocas oportunidades para desalojar al presidente ruso y convoca movilizaciones masivas en Moscú en el 2007. Kaspárov participa en todas y es parte de la organización.

Tras ser arrestado, La Otra Rusia, el conglomerado que también funda un año antes para unir a liberales, demócratas, comunistas y otra amalgama de descontentos con Putin le eligen candidato presidencial en el 2008. Sin embargo, Putin no tolera el desafío de un hombre carismático entre el pueblo y de gran prestigio, y consigue invalidar su candidatura. Cuatro años más tarde, cuando Dmitri Medvédev es colocado al frente de la Presidencia de Rusia -pero con Putin controlando el sistema-, Kaspárov entiende que no se puede ganar desde dentro. Por tanto, opta por el activismo externo. En el 2013, abandona definitivamente Rusia y un año más tarde se instala en Nueva York definitivamente.

Hasta la guerra en Ucrania

En el exilio, a Kaspárov no le va nada mal. Desde su salida de Rusia, según cuenta en su biografía, es investigador visitante sénior de la Oxford-Martin School, centrado en la colaboración entre humanos y máquinas. Es miembro del consejo asesor ejecutivo de la Foundation for Responsible Robotics y embajador de seguridad de Avast Software, donde analiza la ciberseguridad y el futuro digital. Pasa a un primer plano empresarial.

Pero también mantiene el ojo puesto en Rusia. La década que sigue es especialmente dura. Putin ordena invadir Crimea en el 2014 y desata el caos en el Dombás ucraniano, Alexéi Navalni comienza su periplo para unir a la oposición y se suceden asesinatos de enemigos del Kremlin tan duros como Boris Nemstov o el fallido de Sergéi Skripal. Kaspárov comienza a pedir sanciones a Rusia y a apuntar hacia Moscú como una amenaza global. Se hace con el liderazgo de la Human Rights Foundation, crea la Iniciativa Renovación de la Democracia y, en general, hace lobi antirruso desde el exilio. Eso sí, viendo a casi todas las figuras que apoya morir en los trasteros del Kremlin.

Con la invasión de Ucrania en febrero del 2022, Kaspárov continúa su saga contra el Kremlin a través de entrevistas, publicaciones de libros y fundando medios de comunicación como The Next Move, centrado en análisis geopolítico y muy crítico con Putin. No abandona la vida política y funda el Russian Action Committee para aunar a voces rusas disidentes con la guerra declarada sobre sus vecinos eslavos. El Kremlin se harta de tener a la misma mosca detrás de la oreja durante décadas y le incluye en la lista de «agentes extranjeros» del Ministerio de Justicia de Rusia en el 2022.

Contra él y otros opositores de renombre se abre un proceso penal para arrestarles y condenarles por «terrorismo». Un proceso que tuvo ayer un punto de inflexión con peticiones de arresto in absentia. Hasta donde lleguen los tentáculos del Kremlin, será otra historia.