¿Por qué los programas de televisión en España acaban tan tarde? «Ninguna cadena está pensando verdaderamente en el espectador»
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El recrudecimiento de la lucha por la cuota de pantalla ha retrasado 72 minutos el «prime-time» en los últimos 25 años
06 ene 2026 . Actualizado a las 09:47 h.En el día de su estreno a mediados de noviembre, Hasta el fin del mundo, el concurso presentado por Paula Vázquez para La 1, superó todos los límites del horario del prime-time con una primera emisión que terminó a las 2.25 de la madrugada. Ante las críticas, RTVE rectificó. La primera vez en mucho tiempo que una televisión atendía, aunque fuera mínimamente, a las reivindicaciones de los espectadores acerca de la racionalización de las franjas horarias. La semana siguiente, recortaron el episodio hasta la 1.30, una hora aún intempestiva para el supuesto horario de máxima audiencia, pero que ya se ha convertido lo habitual en la parrilla española.
Los expertos coinciden en que los horarios de la televisión en nuestro país suponen una verdadera anomalía a nivel mundial, con un prime-time tardío que arranca alrededor de las once de la noche y se prolonga hasta más allá de la una de la mañana. «En España se empieza el prime-time cuando en el resto de Europa ya se está agotando el segundo», indica Enrique Castelló, en Comunicación en la USC.
Lo curioso es que, precisamente, el máximo pico de audiencia se produce un poco antes, coincidiendo con el llamado access prime-time, con programas como La revuelta, El hormiguero o Land Rober. «Os espazos principais dan comezo case quince minutos despois de rematar o pico máximo de consumo do día», explica Ana Isabel Rodríguez, decana de la Facultade de Ciencias da Comunicación de la Universidade de Santiago (USC) y experta en audiencia televisiva, que añade que esa curva de consumo televisivo continúa hasta la mitad del prime-time y a partir de ahí comienza a caer.
Esto da lugar a una paradoja, ya que los programas más caros, destinados al horario de máxima audiencia, se emiten en realidad cuando el espectador ya está desconectando. «É difícil entender a lóxica de seguir a facer produtos con altísimos custos de produción para emitilos tan tarde», reflexiona la catedrática, en un diagnóstico que comparte José Antonio Cortés, experto en audiencia de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR): «¿Qué sentido tiene para un anunciante pagar una cantidad alta de dinero por insertar su anuncio en un espacio donde no lo va a ver tanta gente?».
La batalla por el «share»
El camino hasta esta anomalía comienza el siglo pasado y se acelera más recientemente, hasta provocar un retraso de 72 minutos en el prime-time en los últimos 25 años.
«En los 90 las parrillas televisivas giraban en torno a un consumo familiar. El concepto era terminar de cenar, sentarse en el sofá a descansar y ver un contenido de manera familiar», recuerda Cortés. Fue entonces cuando llegó el late-night, destinado al consumo inmediatamente posterior, cuando los niños ya deberían haberse ido a la cama. La llegada de estos programas, a finales del siglo pasado, abrió un nuevo objeto de deseo para los anunciantes: una franja nocturna muy jugosa, ya que la audiencia era especialmente fiel y mucho más segmentada. De este modo, el prime-time quedó encajonado entre dos de las partes de la parrilla más codiciadas: la primera de ellas en la primera mitad, y la otra, pasada ya la medianoche.
La feroz batalla por las audiencias se dio entonces entre Xavier Sardà y Pepe Navarro, cuya estrategia pasaba por retrasar el final del programa para esperar a que el otro terminase y, de este modo, recoger esa audiencia residual. De ese modo, ganaban tanto en espectadores acumulados como en picos de share. A medida que, debido a la llegada de internet, nuevos dispositivos y plataformas de streaming, el consumo se fragmentó, el prime-time, despojado de su lógica familiar, acabó absorbiendo al late-night —que ha dejado de existir como tal en España— y la guerra por la cuota de pantalla se trasladó al lado contrario, justo antes del prime-time.
Todo se reduce a eso, a un duelo marcado no tanto por el número de televidentes como por el dato de share. «Dálles igual ter menos espectadores, porque saben que si ou si vai haber menos xente vendo a televisión; o importante é a cuota de pantalla», asegura Rodríguez. Ante esa lógica, ninguno se atreve a dar el paso de anticipar el final del formato diario de éxito ante el riesgo de que la audiencia se vaya a la cadena rival.
Al confiarlo todo a estos programas de éxito seguro y de producción más barata, los canales reducen también la exposición al posible fracaso de la principal apuesta del prime-time de cada día, pero al precio de dilapidar, de paso, cualquier posibilidad de éxito de esos formatos. «Esos programas, que podrían funcionar bien en un ecosistema familiar, se diluyen porque empiezan a una hora insostenible», indica José Antonio Cortés, sobre una decisión en la parrilla que, como consecuencia, acelera un proceso nocivo para la televisión lineal: la huida del televidente hacia las plataformas de streaming. «Botan fóra os espectadores, que cando rematan de ver La revuelta ou El hormiguero, como saben que non van aguantar ata o final, prefiren ver unha serie máis curta ou ven o programa en diferido na plataforma de streaming da canle», indica Rodríguez.
La responsabilidad de la pública
Si esta batalla por los datos se entiende bien en el marco de los ingresos publicitarios, lo que a priori podría parecer menos intuitiva es la entrada de la televisión pública en el juego. Pero la razón de RTVE es clara: la búsqueda de la relevancia. «Una televisión no puede ser condenada a la irrelevancia, tenga o no publicidad», explica Castelló para evidenciar cómo el ente público ha jugado históricamente a ser una televisión mainstream más. «Siempre ha jugado a eso, a ser la televisión de la mayoría, aunque la pública no debería serlo, porque tendría que ser la de todos, también de las minorías», reflexiona.
«La televisión pública, si quiere seguir sobreviviendo, tiene que ser competencia de la privada», asegura Cortés, aunque, de cara a que haya un cambio de los horarios a favor del ciudadano, sí cree que debería ser RTVE la que comience la tendencia. «Pero lo cierto es que ninguna cadena está pensando verdaderamente en el espectador», lamenta.
Hacia una racionalización más global
El debate sobre la inconciliable parrilla televisiva se inscribe en un tema más amplio que tiene que ver con los horarios cotidianos de España. «Ya no es algo televisivo, es que España termina o arranca todas las actividades mucho más tarde que los países de nuestro entorno», denuncia César Martín, presidente de la Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles, que alerta de los efectos para la salud y pide un pacto de Estado para hacer un cambio estructural que empiece por los horarios laborales. «Si no es así, no puede funcionar», asegura.
La regulación estricta parece ser, en este caso, la única solución posible para un tema que recibe cada vez más críticas. «Todo viene de una dejación de responsabilidades de la administración pública, porque si basamos nuestro modelo televisivo en la autorregulación, confiamos en el buen hacer de los profesionales, que obviamente no siempre se cumple», lamenta Castelló.
En este aspecto, hubo momentos de buena voluntad. RTVE trató de apostar por ello hace unos diez años, con un compromiso temporal de que sus programas de prime-time terminaban antes de la medianoche. Duró poco. Unas temporadas atrás, también tomó la decisión de dividir MasterChef en dos jornadas para evitar su fin tardío. Ninguna de ellas fue una estrategia duradera ni definitiva, y finalmente todo se fue al traste con la irrupción de La revuelta. Incluso la TVG, la única que históricamente se ha resistido a la batalla, ha acabado sucumbiendo a juego con la tira diaria de Land Rober.
«Le estamos dando a la televisión un estatuto de soberanía y de responsable sobre nuestras vidas», subraya Castelló, que explica que ante un programa atractivo en un horario completamente desaforado, hay dos opciones: «O sacrificar mi sueño o apagar la televisión». El experto apela al poder del espectador como la única y más efectiva medida de presión. «Corta tú como espectador, porque ellos no lo van a hacer», concluye.