La detención de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha desatado el debate previsible sobre el petróleo venezolano. Es cierto que Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta, y es tentador reducir la operación militar estadounidense a un simple cálculo extractivo. Pero esta lectura es insuficiente. Lo que estamos presenciando es mucho más profundo: el retorno de Washington a una lógica de gran potencia que no se veía desde antes de la Guerra Fría, y que la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos dejó meridianamente clara.
El documento publicado hace apenas unas semanas marca un giro histórico. Estados Unidos ya no se presenta como el guardián moral del orden liberal global, sino como una potencia que prioriza sus intereses nacionales. Y el primero de esos intereses es el control del hemisferio occidental. La vuelta de la Doctrina Monroe.
Venezuela no es solo petróleo. Es geografía, es influencia china y rusa en el Caribe, es narcotráfico, es migraciones masivas y es un régimen que ha desafiado abiertamente a Washington durante dos décadas. Maduro representa todo aquello que la nueva estrategia estadounidense considera intolerable: un Estado fallido que exporta inestabilidad, capturado por potencias rivales y convertido en santuario criminal.
Pero más allá de la geopolítica, el legado del chavismo es una catástrofe económica de proporciones históricas. Desde 1998, la producción petrolera de PDVSA se ha desplomado de más de tres millones de barriles diarios a menos de uno. La hiperinflación ha destruido el poder adquisitivo y millones de venezolanos han padecido insuficiencia alimentaria. No estamos ante un simple mal gobierno: es el colapso deliberado de un país por decisiones políticas sistemáticamente erradas, agravadas por la corrupción y la represión.
Este desastre económico tiene consecuencias que van mucho más allá de las fronteras venezolanas. Más de ocho millones de personas han huido del país. La crisis migratoria venezolana es comparable en escala a la siria, pero con un agravante: ha ocurrido en tiempos de paz, sin guerra civil, solo por la incompetencia criminal de un régimen que ha convertido la mayor riqueza petrolera del mundo en miseria absoluta.
La posición europea, especialmente la española, es incómoda. Condenar la intervención estadounidense te alinea con un dictador que ha provocado una hambruna en tiempos de paz. Apoyarla legitima un precedente peligroso. España, con sus lazos culturales y emocionales, debería liderar una posición europea coherente. Sin embargo, el Gobierno de Pedro Sánchez ha oscilado entre el apoyo errático a Juan Guaidó y el silencio cómplice ante Maduro, perdiendo toda credibilidad.
Estamos ante el fin del consenso liberal-imperial que dominó Occidente desde 1991. China y Rusia han convertido a Venezuela en un laboratorio de influencia en el patio trasero estadounidense. Washington ha decidido que eso es inaceptable y ha actuado en consecuencia. El petróleo venezolano importa, sin duda. Pero lo que realmente importa es que Estados Unidos ha vuelto a pensar como una gran potencia. Y eso cambia todo.
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