Ana Núñez, psicóloga de emergencias: «Las muertes se llevan mucho peor cuando la mano del hombre está implicada»

Xurxo Melchor
Xurxo Melchor SANTIAGO / LA VOZ

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Ana Núñez Rubines, coordinadora del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias.
Ana Núñez Rubines, coordinadora del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias. MONICA IRAGO

La coordinadora del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias señala que las familias de los desaparecidos viven momentos «de ambivalencia y contradicción»

23 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Ana Núñez Rubines estuvo en el 2013 a pie de vía en Angrois junto a otros miembros del Grupo de Intervención Psicolóxica en Catástrofes e Emerxencias (GIPCE) del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia, del que actualmente es su coordinadora. Lo aprendido en Santiago está en un buen puñado de artículos publicados. «Fueron lecciones muy importantes», asegura. Entre ellas, «tener turnos bien establecidos con sus descansos —para los profesionales—, protocolos claros sobre cómo comunicar información sensible, siempre mejor de forma presencial que telefónica, o cómo coordinarse con otros profesionales para establecer los circuitos para los reconocimientos y la devolución de las pertenencias a los familiares, algo que se hizo muy bien, buscando siempre hacer el menor daño posible a personas que estaban viviendo algo tan duro», explica.

Como a todo aquel que miró de cara a la tragedia en la curva de A Grandeira, a Ana Núñez Adamuz le ha removido alma y recuerdos. Los psicólogos de emergencias dan las peores noticias en estos accidentes y «no es lo mismo transmitirle la pérdida de un familiar o allegado a un adulto que a un niño, a los que debe darle la noticia siempre alguien de su entorno, un familiar al que nosotros preparamos para que lo haga», señala.

En adultos, se busca siempre hacerlo coordinados con la policía científica que ha hecho el reconocimiento por ADN o del médico o el guardia civil que han atendido a la víctima y que saben que se hizo todo lo posible por salvarla.

Como psicóloga experta en este tipo de situaciones, sabe que las familias de los desaparecidos viven momentos «de ambivalencia y contradicción». De esperanza, pensando que la víctima esté quizás en un hospital sin que nadie la reconozca «y de desesperación de pensar que, tras tanto tiempo sin noticias, lo más probable es el fallecimiento».

La experiencia le ha enseñado que, entre los afectados, los que peor están y estarán son aquellos que hayan perdido a un hijo. «La muerte de un hijo es un duelo que te llevas de por vida porque va contra la naturaleza». También sabe que «las muertes se llevan mucho peor cuando la mano del hombre está implicada». Como ocurrió en Angrois, con esa falta de medidas de seguridad en el tramo ferroviario, y como también puede que haya ocurrido en Adamuz si se confirma que la vía presentaba fallos en las soldaduras. «No es lo mismo un desastre natural, donde no había nada que hacer, que un accidente de tren donde puede haber un exceso de velocidad, una vía mal instalada o un fallo en el protocolo. Esa responsabilidad humana cuesta mucho más de aceptar», asegura.

Los psicólogos de emergencias no solo tienen que atender a los familiares de los fallecidos, también a las víctimas que, heridas en cuerpo y mente, sobreviven. Algunas padecen la culpa del superviviente y se preguntan por qué ellas están vivas y no los suyos. Sus hijos, padres, hermanos o amigos, que también viajaban en el tren. Bomberos y policías también necesitarán atención de salud mental, así como los propios psicólogos. Así se hizo en Angrois. Tras el accidente, el GIPCE convocó varias reuniones de equipo donde hablaron y gestionaron lo ocurrido. «Nosotros, eso sí, jugamos con ventaja porque sabemos gestionar mejor las emociones y somos conscientes de que el autocuidado es básico para recuperarnos», indica.