¿Se hereda la esperanza de vida? ¿Viviremos más si nuestros padres y abuelos llegaron a mayores?

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Una pareja de mayores, paseando por A Coruña, en una imagen de archivo.
Una pareja de mayores, paseando por A Coruña, en una imagen de archivo. MARCOS MÍGUEZ

Un revelador estudio publicado en la revista «Science» concluye que que aproximadamente el 55 % de la variación en la duración de la vida puede atribuirse a factores genéticos, el doble de lo que apuntaban estimaciones anteriores

30 ene 2026 . Actualizado a las 08:13 h.

Un nuevo estudio científico, liderado por el investigador Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, sugiere que el papel de los genes en la esperanza de vida de los humanos podría ser mucho mayor de lo que se creía hasta ahora. El análisis, publicado este jueves en la revista Science, pone sobre la mesa que más de la mitad (55 %) de las diferencias con respecto a cuánto vivimos las personas podrían explicarse por la genética, siempre que se aíslen ciertos factores externos que hasta ahora habían oscurecido esa señal. 

Durante décadas, la cuestión de cuánto de nuestra esperanza de vida está predeterminado por los genes ha ocupado a biólogos, demógrafos y médicos. Hasta ahora, la mayoría de los estudios con gemelos idénticos y no idénticos había concluido que entre el 15 % y el 30 % de la variación en longevidad respondía a los cromosomas. Esta nueva investigación propone una mirada más fina: distingue entre mortalidad intrínseca —muertes causadas por procesos biológicos internos ligados al envejecimiento— y mortalidad extrínseca, que proviene de causas externas como accidentes, infecciones o violencia. Al aplicar modelos matemáticos a datos de registros de gemelos de Dinamarca, Suecia y otras cohortes, los autores concluyen que la heredabilidad real de la longevidad intrínseca supera el 50 % cuando se corrigen ciertos sesgos en las estimaciones tradicionales.

Este resultado acercaría la heredabilidad de la duración de vida a la de otros rasgos complejos humanos —como altura, inteligencia o peso—, cuya variación genética también ronda ese orden de magnitud. Como advierten los propios autores, esto no significa que tengamos «un destino escrito» en el ADN, sino que los genes podrían establecer un marco de posibilidades dentro del cual interactuarían también el ambiente, el estilo de vida y el azar. 

Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública, apunta que esta conclusión tiene «importantes matices». Advierte de esta cifra se refiere a una población y a un contexto determinados. «No es una medida determinista para cada individuo, ni indica qué genes concretos mandan sobre la longevidad. Los modelos estadísticos que subyacen al cálculo no identifican variantes genéticas específicas, sino que extraen señales matemáticas a partir de cómo se correlacionan las vidas de gemelos con distinto grado de identidad genética». Los resultados, dice, deben interpretarse con cautela, ya que el estudio abre interrogantes fundamentales. «Si la longevidad es en parte heredable, ¿cuánto podrán a llegar a vivir los seres humanos?¿Qué ocurrirá a medida que las sociedades sigan reduciendo la mortalidad externa gracias a los avances médicos?¿Podrán futuras intervenciones —médicas, ambientales o incluso genómicas— redefinir los límites de la vida humana?», se pregunta.

En términos biológicos, el envejecimiento es un proceso profundamente complejo: resultado de interacciones continuas entre el genoma y el entorno, así como de procesos celulares como reparación del ADN, inflamación crónica o regulación epigenética. «La genética importa, sin duda —valora el experto—. Pero es solo una pieza de un sistema profundamente interconectado en el que biología, entorno y azar son inseparables».

Una advertencia desde la demografía

Tim Riffe, demógrafo e investigador de la Universidad del País Vasco, hace por su parte hincapié en que esa cifra —la del 55 %— depende en gran medida de cómo se modelizan los datos y qué se entiende por longevidad intrínseca. Subraya además que la definición de mortalidad extrínseca en el estudio no coincide con la forma en que tradicionalmente se entienden en demografía —como muertes por causas externas vinculadas a comportamiento y contexto social—, lo que puede influir en las estimaciones. Asimismo, Riffe y otros demógrafos recuerdan que los mayores avances en longevidad humana han venido históricamente de mejoras en salud pública, educación, condiciones de vida y acceso igualitario a la atención sanitaria, más que de cambios genéticos. Desde esta perspectiva, los beneficios prácticos de intervenir sobre perfiles genéticos individuales podrían ser limitados y llegar de forma desigual, mientras que intervenciones poblacionales mantienen un impacto más amplio y equitativo. 

¿Y ahora qué?

Los resultados del estudio son solo un punto de partida. A partir de aquí, la clave estará en localizar los genes que están implicados en esa supuesta heredabilidad mayor y en saber cómo interactúan con el entorno a lo largo de la vida. El verdadero desafío sigue siendo entender cómo múltiples cromosomas, factores ambientales y procesos biológicos convergen para definir por qué algunas personas viven más y otras menos.