La niñofobia, el veto a los menores que se explica por la falta de control de sus padres

Juan Ventura Lado Alvela
j. v. lado REDACCIÓN / LA VOZ

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Imagen de archivo de un grupo de niños en el pasillo de un colegio
Imagen de archivo de un grupo de niños en el pasillo de un colegio Valerii Apetroaiei

Francia acaba de crear vagones de tren libres de niños, como ya ocurre en el AVE español

31 ene 2026 . Actualizado a las 10:11 h.

«Yo digo siempre lo mismo: la culpa no es de los niños es de esos padres que los desatienden totalmente», enfatiza la vicedecana de Derecho de la UDC, Ana Aba Catoira, para centrar el debate abierto sobre si hay un problema de niñofobia en la sociedad o si, por el contrario, se están perdiendo unos niveles mínimos de comportamiento. El último episodio al respecto llega desde Francia, donde se ha levantado una considerable polémica a cuenta de los vagones sin niños menores de 12 años en los trenes de alta velocidad. Están disponibles para los viajeros de las clases óptima y óptima plus. Se ofrece «una experiencia de viaje especial con asistencia personalizada y flexibilidad» en la que «para garantizar el máximo confort, no se permiten niños». Y tampoco es algo nuevo ni exclusivo de Francia. En el «coche en silencio» de los AVE «no pueden viajar menores de 14 años ni mascotas», tal como explica Renfe, que ofrece «un ambiente relajado» para disfrutar «de la tranquilidad necesaria para concentrarte en tu trabajo, en la lectura o, simplemente, descansar».

Ejemplos de esa dicotomía entre la comodidad de unos y el derecho a hacer uso de los servicios de otros hay a montones y algunos verdaderamente sangrantes, como los anuncios de alquileres que, rayando el delito, especifican que no se aceptan mascotas «ni menores». O los casos en los que personas particulares o familias enteras han visto arruinada una jornada de ocio o unas vacaciones completas por la incapacidad de terceros para mantener una mínima convivencia.

Fran Insua, propietario junto a Sefa Insua del restaurante O' fragón de Fisterra, se topó en mayo del 2023 con que su negocio era tendencia dentro y fuera de España. No por estar recomendado en la Guía Michelin, ni por el sol Repsol. Ni siquiera por ser pionero en respetar la jornada de ocho horas a su personal o por exigir una fianza de veinte euros por comensal para reservar una mesa. Fue trending topic, como dice el restaurador, por una frase: «Los niños menores de 12 años tienen que permanecer en la mesa acompañados de sus padres en todo momento, si no es así, deberías replantearte la reserva». Frase que, por cierto, sigue en el mismo sitio de la web del restaurante y que sus propietarios siguen defendiendo como el día que la pusieron. Solo que un cliente —en realidad nunca llegó a serlo— la vio cuando pretendía hacer una reserva, la subió al patíbulo de Twitter y eso acabó con Antena 3 y Telecinco al teléfono y titulares del tipo: «Un restaurante obliga a los niños a permanecer sentados».

Insua reconoce: «Ao primeiro pasámolo mal». «Baixou a cantidade de familias con nenos e aínda hoxe hai quen sigue pensando que non é un restaurante para ir con nenos», explica el hostelero, que —con cierta sorna— está de acuerdo con esa afirmación. «Un sitio con produto local, fresco, de tempada, ecolóxico e que se por algo se caracteriza e por respectar o produto e por explicalo non é un sitio para nenos. Un sitio no que os nenos poden aprender a comer non é un sitio para nenos simplemente porque a comida é a mesma que a dos adultos e non facemos croquetas, nin hamburguesas, nin pasta», ironiza. De hecho, le ha pasado más de una vez que algún grupo o familia acude con niños sin avisar previamente, pide este tipo de comida y al decirle que no la tienen se van. Y eso en un restaurante de siete mesas, que no las remonta, supone un roto económico importante.

Hay establecimientos, como el Glamping Luzada, un llamativo alojamiento de burbujas en Xove, propiedad de Miguel Otero y Jimena González, en los que darles cabida a los más pequeños no resulta sencillo. Llevan ya tiempo planteándolo, pero de momento solo aceptan reservas familiares de manera puntual en temporada baja. Las razones son de concepto de negocio, pero también técnicas. Como explica Jimena, las cápsulas de plástico funcionan con un sistema de doble puerta, porque de lo contrario se desinflan. Algo que no siempre es fácil de explicar a los niños. Además, «el objetivo es vivir la experiencia, estar en contacto con la naturaleza, escuchar a los pájaros...», y, aunque las burbujas se encuentran bastante separadas unas de otras, como explica la joven, no están pensadas para aislar el ruido exterior y no casan bien con el jaleo. Su clientela fundamental son «parejas que buscan la desconexión, el silencio, que reservan sobre todo así en fechas románticas» y se adaptan a eso.

En el Talaso Atlántico de Oia, con unas dimensiones y características que nada tienen que ver con el «glamping» de Xove, ya pensaron en esto desde que abrieron hace 23 años. Cuentan con una zona infantil, atendida por personal con formación específica, que no es exclusiva para los huéspedes del hotel. Está a disposición de quienes van solo al balneario, los comensales del restaurante o quienes simplemente acuden a tomarse una consumición a la cafetería. Como explica su directora, Rosana Canda, «hay momentos para disfrutar con los niños y momentos para disfrutar en pareja» y en su hotel, pegado al cabo Silleiro, intentan conjugarlo todo. Ella misma reconoce que cuando sale con su pareja y sin los hijos busca esa tranquilidad. «Escapo de los horarios de niños, intento evitarlo», señala. Por eso en el balneario de agua marina que dirige buscan que la convivencia sea lo más armoniosa posible. Por supuesto, a lo largo de tantos años les ha pasado de todo, desde «ver a un niño subido a la seta escupiéndole al resto de clientes» hasta padres que no aparecen para hacerse cargo, pero, en general, la experiencia es muy positiva, y mientras otros establecimientos similares vetan a los menores en el suyo son un activo. Eso sí, explicándoles que «esto no es una piscina pública, ni un aquapark y que no están permitidos ni los gritos, ni hacer bombas ni nada parecido».

A su juicio, una parte del problema para regular la convivencia estriba en que las alternativas de ocio familiar que hay son «echar la tarde en un sitio de bolas con un café malo, y del que sales con la cabeza como un bombo». Y, además, incide en que no se le puede cargar la responsabilidad a los menores. «Estamos los adultos para estas cosas, los niños son niños», sentencia.

Justo lo mismo que opina Fran Insua. El hostelero, considera que todo este fenómeno responde a una dinámica social que tiene que ver con la demografía. « Como cada vez hay menos fillos, convertemos ao neno nun pequeno dictador», apunta.

Para la profesora de Derecho Ana Aba, «aunque pueda sonar carca», lo que hay es «cada vez más una evidente falta de educación» unida a «mucho individualismo» por el cual «si algo te molesta, eres tú el que te tienes que marchar». Le llama especialmente la atención la cantidad de niños que ve de noche en ambientes de fiestas. Un fenómeno que atribuye a padres que no han sabido reconducir su vida acorde con lo que supone la crianza de los niños. «Educar no es darles todo lo que quieran, es un acompañamiento», afirma la doctora de la UDC, que ve una «permisividad» y una «condescendencia» que luego ella percibe en el aula en forma de tolerancia cero a la frustración.

En el plano puramente legal, explica que una discriminación generalizada de los niños por el hecho de serlo atenta contra la Constitución. Lo que hacen las empresas es usar subterfugios como «dirigir la oferta a un determinado segmento» o valerse del derecho de admisión. Pero a su juicio la respuesta no hay que buscarla en Código Civil si no en el sentido común: «Nadie se extraña porque llore un bebé en un avión. Si te toca, te aguantas. Igual que nadie va a relajarse y meditar junto un parque infantil».