El prototipo desarrollado por la Universidad Carlos III aprende a mover sus brazos para ejercer acciones asistenciales de ayuda en el hogar
12 feb 2026 . Actualizado a las 18:28 h.La robótica asistencial ha dado un paso decisivo hacia los hogares gracias a una nueva investigación de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M). Investigadores del Robotics Lab han desarrollado una metodología pionera que permite a los robots aprender a mover sus brazos de forma autónoma, combinando el aprendizaje por observación con un sofisticado sistema de intercomunicación entre sus extremidades. Este avance, presentado en el congreso IROS 2025, busca transformar a las máquinas en compañeros naturales capaces de realizar tareas domésticas complejas como poner la mesa, planchar u ordenar la cocina, facilitando la vida de personas mayores o con dependencia. El protagonista de estos ensayos es Adam (Autonomous Domestic Ambidextrous Manipulator), un robot diseñado específicamente para el entorno doméstico que ya es capaz de ejecutar acciones cotidianas como acercar medicinas o ayudar a un usuario a ponerse el abrigo. El director del Mobile Robots Group, Ramón Barber, destaca que el objetivo principal es dotar de autonomía a quienes encuentran dificultades en gestos tan simples como servir un vaso de agua.
Para lograrlo, los investigadores Adrián Prados y Gonzalo Espinoza han propuesto un enfoque revolucionario: en lugar de programar cada movimiento con código rígido, enseñan a cada brazo de forma independiente mediante aprendizaje por imitación y luego establecen un diálogo constante entre ambos a través de un sistema matemático denominado Propagación de Creencias Gaussianas.
Este método permite que los brazos se coordinen en tiempo real como si mantuvieran una conversación invisible, evitando choques entre sí o con obstáculos sin necesidad de detenerse a recalcular trayectorias. El resultado es un movimiento fluido y eficiente que se adapta a los cambios del entorno. Gracias a esta técnica, los movimientos aprendidos se comportan como una «goma elástica». Si un objeto cambia de posición, la trayectoria del brazo se deforma suavemente para alcanzarlo sin perder la esencia de la acción, como mantener una botella vertical para no derramar su contenido. Según explica Adrián Prados, el fin último es que los robots dejen de ser meras grabadoras de movimientos y se conviertan en asistentes capaces de percibir y anticipar de forma segura en espacios humanos.
El funcionamiento de Adam se organiza en tres fases críticas: percepción, razonamiento y acción. El robot utiliza sensores láser 2D y 3D junto con cámaras de profundidad para generar modelos tridimensionales de su entorno. Sin embargo, el reto actual, en el que trabaja el investigador Alberto Méndez, es incorporar modelos de inteligencia artificial generativa para que el robot no solo «vea» los objetos, sino que entienda su uso y el contexto del usuario en cada momento.
Aunque Adam es actualmente una plataforma experimental, con un coste aproximado de entre 80.000 y 100.000 euros, la tecnología se considera lo suficientemente madura como para pensar que, en un plazo de 10 a 15 años, robots de este tipo podrían convivir con nosotros en nuestras casas a un coste mucho más asequible.
Más allá de los avances técnicos, este trabajo pone de relieve el papel de la robótica como parte de la solución al envejecimiento de la población, un desafío creciente en nuestra sociedad. «Cada día hay más personas mayores en nuestra sociedad y menos personas que puedan atenderlas, por lo que este tipo de soluciones tecnológicas van a ser cada vez más necesarias», concluye Ramón Barber. En este contexto, «los robots asistentes se perfilan como una herramienta clave para mejorar la calidad de vida y la autonomía de las personas».