Javier empezó a coser con 59 años y va a clases de costura con sus dos hijas: «La segunda tote bag que hice podría ser casi de Gucci»
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Después de una vida dedicada a la literatura y a la enseñanza, Javier decidió que era el momento de aprender a coser: «Mi mujer dice que tengo que hacer un pantalón, pero no me veo preparado»
03 mar 2026 . Actualizado a las 19:31 h.Javier recuerda que en casa de su madre siempre había una máquina de coser. «Le gustaba mucho. También calcetaba y ganchillaba. Me he criado en ese contexto de mujeres calcetando». Esa máquina la heredaron después su mujer, Mercedes, y sus dos hijas, Inés y Marta. Se usó durante años: con ella Mer cosía ropa para las niñas cuando eran pequeñas. En esta familia llena de creatividad siempre fue habitual coserse su propia ropa. «Como todo el mundo en casa cosía y yo me sentía un ente extraño, decidí ir con Marta e Inés a clases de costura y aprovechar ese espacio para estar juntos y compartir una afición». Así fue como Javier empezó a coser a sus 59 años, después de una vida como profesor y dedicado a la literatura.
Con sus dos hijas recuperan momentos de la infancia mientras se sientan a la mesa del taller de costura de As Margaridas, en A Coruña. Cada uno está a lo suyo cosiendo, pero al mismo tiempo hablan y se ponen al día. En clases, cuentan, llaman la atención: «Hay alguna madre con su hija, hermanas o amigas que van juntas a aprender a coser. Pero es más raro ver a un padre cosiendo con sus hijas». Tampoco, apunta, hay muchos hombres. «Hay algún chico, aunque no solemos coincidir en las clases, pero es más raro ver a una persona mayor aprendiendo a coser».
Javier cuenta que empezó a coser con dudas sobre sus habilidades: «Nunca se me dieron muy bien las actividades más manuales, pero dije: “Voy a probar”. Y la verdad es que me ha gustado mucho». Va despacito, cada día mejora la técnica a la hora de enhebrar una aguja y las costuras le salen cada vez más rectas. En el tiempo cosiendo ya hizo dos tote bags y ahora está inmerso en la costura de un mandilón: «Me gusta mucho cocinar y creo que puedo hacer un buen trabajo, a ver cómo sale». Intentan ir todas las semanas juntos, normalmente van Javier e Inés, y Marta se une cuando viene de Madrid. Estos últimos días dejaron de lado sus proyectos habituales y se pusieron todos a coser para hacer los disfraces de la familia. «La primera tote bag que hice tardé cinco clases en hacerla. Es un poco ruinosa, pero estoy orgulloso de haberla acabada. Lo que otra persona haría en dos clases, yo tardé cinco», cuenta sonriendo. «La segunda que hice ya está genial, me encanta porque Inés me compró una tela de un color que me gusta mucho y en dos clases y poco ya la tenía hecha. Y esa bolsa ya es una bolsa que podría ser casi de Gucci», bromea. Sus hijas lo animan y cosen con él. Inés está metida en la confección de camisetas y Marta lo último que hizo fue un gorrito reversible. «Estamos todos juntos, pero cada uno cose sus prendas. A mí ahora se me dio por hacer camisetas», cuenta Inés. Javier tiene una nieta bebé, Bruna, e igual, algún día, se anima a coserle algo.
DISTINTAS GENERACIONES
En su casa las tres mujeres de su vida lo animan a seguir cosiendo. «Mi mujer, que es muy lanzada y que se le da genial coser, me dice que tengo que hacer un pantalón, pero todavía no me veo preparado». «No sé adónde me conducirá. Yo siempre digo que algo que a mí me gusta mucho de la clase es compartir ese espacio y que podamos hablar. Nos reímos mucho y Laura es una profesora fantástica. Para mí es un momento de relax», explica Javier. En las clases se mezclan distintas generaciones: hay gente que va a coser para hacerse sus propios vestidos de invitadas de boda, otras cosen manteles y otras personas aprenden a coser para estudiar moda. Cada uno tiene sus propios motivos, pero todos comparten la misma mesa de trabajo en las clases de costura. «Comparto la mesa con una niña de 10 años que se mete conmigo», cuenta.
«Ella llega y pone su música que no conozco de nada. De hecho, bueno, me da un poco de vergüenza decirlo, pero me enteré el año pasado de quién era Karol G porque la hija de una amiga iba al concierto a Madrid. Y con Bad Bunny, igual, aún aprendí hace poco a pronunciar bien su nombre», confiesa Javier. En clase, se pone al día de los gustos musicales de los más pequeños y aprende con sus compis más jóvenes. «Me hace gracia porque la niña se mete conmigo porque voy lento y me tuerzo (no tengo mucho pulso). El otro día me decía que por qué abría la boca para cortar una tela. Y, claro, lo tenía que hacer para intentar que me saliese recto. Es muy divertido y aprendo un montón de cosas».
Poco a poco Javier va hilando más fino. Ahora ya está preparado para recoger los bajos de sus pantalones: «Antes se los llevaba a la profesora para que me los arreglase, pero ahora ya me dice que estoy preparado para hacerlo yo». Los tres coinciden en que todo el mundo debería tener unas nociones de costura. «En el cole recuerdo que algo nos enseñaban», cuenta Inés. «Por mi trabajo en educación he visitado coles en otros países y sí que he observado que en muchos países nórdicos hay talleres de costura en los colegios. Aquí empieza a haber algún programa, que lleva ya tres o cuatro años en centros, que tienen que ver con la costura y los profesores se están formando para aprender a coser», explica Javier.
No es la primera vez que la costura se convierte en una actividad familiar. Las dos hermanas, Inés y Marta, lanzaron un proyecto de prendas teñidas manualmente y también de manteles bordados a mano. Por ahora, en clases de costura trabajan juntos, pero por separado. ¿Algún proyecto de una colección familiar? «Todavía estamos experimentando, pero todo puede ser», dicen los tres. «Tengo que confesar que hace unos años tuve un proyecto de hacer camisetas con un amigo. Era un vecino del edificio y él era diseñador. Pensamos en hacer un negocio de venta de camisetas: él las diseñaba y yo hacía los textos», recuerda Javier, que todavía tiene alguna de esas camisetas por casa.
En esta familia todos son muy creativos: «Marta borda superbién y se le ocurren unos dibujos increíbles. Mer (su mujer) e Inés son supercreativas y yo, pues aquí estoy, también con mi punto creativo, pero más enfocado a los libros», cuenta Javier. «Sí, la casa está llena de telas por todas partes, de telas, lanas y muchos libros», apunta Inés.
Para Javier la costura también es una forma de unir dos mundos: el de los hilos y el de la literatura, al que lleva dedicado toda la vida: «La calceta y coser tienen mucho que ver con tejer historias. El otro día, por ejemplo, estaba en Santiago y vino un chico que tiene un telar y dio una charla a profesores y profesoras de un programa que hay que es de biblioteca creativa sobre la relación entre el telar y las historias que se tejen. Eso es algo que está en los principios de la literatura, con Penélope calcetando esperando a Ulises. Ahora con estas clases y este tiempo que estoy compartiendo con mis hijas espero ir tejiendo nuevas historias a través de la costura. Creo que es el mejor tiempo invertido».