Constituidas sin incidencias el 100% de mesas electorales en Castilla y León
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2.097.768 de ciudadanos está llamados hoy a las urnas para participar en unos comicios autonómicos que servirán para medir la fortaleza del PP, el empuje de Vox y la resistencia del PSOE
15 mar 2026 . Actualizado a las 10:39 h.En torno a las 9.40 de esta mañana han quedado constituidas las 4.470 mesas electorales, el cien por cien de las dispuestas en los 2.910 locales abiertos para las elecciones autonómicas de este domingo en Castilla y León, «sin incidencias reseñables», según ha detallado el consejero de la Presidencia, Luis Miguel González Gago. El consejero de la Presidencia ha valorado la normalidad y orden en el inicio de la jornada electoral, «una fiesta de la democracia» en la que todos los electores de la comunidad, 2.097.768, podrán «manifestar en libertad su opción política».
En tres municipios de Burgos y otros tantos de Soria han tenido que constituirse las mesas con ciudadanos de otros municipios porque no había ciudadanos suficientes para constituirlas. En concreto, eso ha ocurrido en Villamedianilla, Jaramillo Quemado y Tinieblas de la Sierra, en Burgos; y en Soria en Herrera de Soria, Villanueva de Gormaz y Escobosa de Almazán. González Gago ha explicado que a los miembros que se han desplazado a esos municipios para presidir las mesas se les facilitará el transporte para que puedan volver a sus localidades de origen para ejercer el derecho a voto.
Además, en Fuentes de Magaña, en Soria, a primera hora no había llegado el censo electoral, e inmediatamente se le han remitido por correo electrónico, con lo que la mesa está funcionando con normalidad. Y también en Soria, en San Leonardo de Yagüe, un miembro de la mesa tenía discapacidad auditiva y se le ha prestado asistencia para poder ejercer esa labor con un intérprete de lengua de signos. Asimismo, en Toro (Zamora), al faltar los primeros titulares y suplentes en una de las mesas, ha habido que constituirlas con los primeros ciudadanos que han ido a votar.
El consejero ha confiado en que las buenas condiciones climatológicas, con alguna nubosidad, niebla o lluvia puntual, y con mínimas entre tres y cinco grados y máximas entre 12 y 15, animen a los castellanoleoneses a votar.

Castilla y León mide este domingo la fortaleza del PP, el empuje de Vox y la resistencia del PSOE
Más de dos millones de electores deciden el futuro de la comunidad, en un escenario marcado por la fragmentación política
Gonzalo Bareño
Un total de 2.097.768 electores tienen este domingo la llave de un caserón llamado Castilla y León. El censo apenas se mueve —un leve suspiro de 3.278 votantes más que en 2022—, pero la noticia está en los 81.890 jóvenes que se estrenan ante la urna. El número mágico es 42: la mayoría absoluta que separa la estabilidad del bloqueo en una cámara de 82 procuradores. Las encuestas dibujan un PP ganador pero insuficiente (31-33 escaños), un PSOE que lucha por no desangrarse (26-27) y un Vox que asoma con fuerza como actor principal (16-19). El resto del hemiciclo será un puzle de identidades: UPL, Soria ¡Ya! y la resistencia de Por Ávila e IU-Sumar.
El tablero apunta a pacto obligado entre el PP y Vox, pero el diablo está en los detalles: se mide cuánto pesa cada partido en ese cóctel político de la derecha y si el PSOE de Carlos Martínez logra frenar la hemorragia sufrida en Extremadura y Aragón. Todo esto, bajo una constante regional: el brote de partidos localistas que convierten las Cortes regionales en un teatro de agravios territoriales. Castilla y León no es solo la comunidad más extensa de España, sino también uno de los territorios administrativos más grandes de Europa; un espacio enorme con más de dos mil municipios, muchos de ellos con apenas unos cientos de habitantes, articulado por la cuenca del Duero.
El factor geográfico
El territorio es una quinta parte de la España peninsular, pero con una de las densidades de población más bajas del país. Aquí la política no es de Twitter, es de carreteras secundarias. Campañas de kilometraje infinito para hablar ante veinte vecinos en plazas donde el silencio pesa. Esta vez, al paisaje de sobriedad y gestión se le ha colado un invitado inesperado: el eco de la guerra de Irán. El conflicto ha golpeado el bolsillo del sector agrario, convirtiendo el gasoil y los fertilizantes en temas de mitin.
Tras el experimento —ya finiquitado— de gobernar con Vox, el candidato popular, Alfonso Fernández Mañueco, ha jugado la carta del «viejo conocido», el gestor que no da sustos bajo un mantra de «estabilidad o caos».
Enfrente, el socialista Carlos Martínez, que desde la alcaldía de Soria intenta exportar su «modelo de éxito» municipal y vender una «nueva era» para frenar la despoblación en un medio rural que sufre el envejecimiento.
Izquierda fragmentada
Salvo giro inesperado, no descartable tras un eufórico final de campaña socialista, Martínez se prepara para consolidarse en la oposición, con esperanza de resistir mejor que sus barones vecinos de Extremadura y Aragón.
A la izquierda del PSOE, el panorama es un campo de minas. La fragmentación entre IU-Sumar y Podemos amenaza con dejar miles de papeletas en la papelera. En un sistema de circunscripciones pequeñas, concurrir dividido es para este espacio jugar a la ruleta rusa: IU-Sumar fía su suerte a un solo escaño por Valladolid, mientras Podemos se asoma al abismo del olvido con menos del 2 %. En el centro, el cadáver político de Ciudadanos termina de languidecer sin opciones de volver al palacio de Fuensaldaña, tras haber sido en el pasado el socio necesario del PP.
La recta final de la campaña fue un desembarco de galones nacionales. Pedro Sánchez llevó a Castilla y León su «No a la guerra» para movilizar el voto progresista, defendiendo que «España avanza cuando hay gobiernos que protegen a la mayoría» y apelando al voto útil, presentando al PSOE como única alternativa sólida frente a la derecha. Alberto Núñez Feijoo intentó convencer al personal de que votar a Vox es un rodeo innecesario para lograr un gobierno estable, tachando de estafa a los de Abascal y afirmando que, con una victoria contundente del PP, Castilla y León puede volver a marcar el camino hacia la Moncloa.
Los socialistas volvieron a sacar a Zapatero, vallisoletano de nacimiento y leonés de formación, como amuleto o talismán. Pese al ruido de Plus Ultra, el expresidente volvió a ser el gran animador de las bases socialistas y, al calor del nuevo «No a la guerra», presumió de su decisión de sacar las tropas españolas de Irak. En el bando contrario, el PP contragolpeó con un Aznar desatado que metió en el mismo saco de «populistas» a Abascal, Sánchez y Trump.
El discurso localista
Santiago Abascal ha hecho de la bota de campo su uniforme, recorriendo decenas de pueblos y azuzando la pugna con el PP, pese al giro de última hora, abriéndose a pactar con los populares para conformar gobiernos en Extremadura y Aragón. Aunque están condenados a entenderse, los duros reproches entre el líder de Vox y el del PP han sido el pan de cada día de la campaña.
Mientras tanto, la Unión del Pueblo Leonés (UPL) sigue reclamando el divorcio de León, Zamora y Salamanca para reconocer la identidad histórica del antiguo Reino de León. En Soria, la plataforma Soria ¡Ya! lucha por no ser devorada por el discurso rural de Vox tras su espectacular irrupción en 2022, cuando logró tres de los cinco procuradores por Soria. En Ávila, la escisión localista de Por Ávila se aferra a su feudo para no desaparecer del mapa, simbolizando la fragmentación de un electorado que busca soluciones concretas a problemas de proximidad.
Llegamos así al domingo del juicio. Más de dos millones de almas tienen en su mano el mapa del futuro. No es solo elegir a 82 procuradores; es decidir si Castilla y León prefiere la inercia de la estabilidad o el vértigo del cambio; si se consolida el bloque de la derecha, con Vox dentro, o si el PSOE logra la proeza de romper la hegemonía popular.
El resultado aclarará el marco en la derecha a nivel bacional y el calendario de las generales
Gonzalo Bareño
Madrid / La Voz
Lo que este domingo se dirime en las urnas no se queda en la meseta; es un electrocardiograma de la política española. Si los números obligan a Mañueco a claudicar ante Abascal, Castilla y León dejará de ser una excepción para convertirse en la norma: la derecha española camina, sin frenos, hacia un modelo de poder compartido. Este pacto no solo sentaría cátedra para futuros gobiernos en Extremadura o Aragón, sino que despojaría de todo misterio al gran tabú nacional: la entrada de Vox en el Gobierno tras las generales ya no sería una hipótesis, sino un destino inevitable.
Para Feijoo, este domingo es el día del examen. Su giro hacia la confrontación directa con Vox busca taponar la vía de agua por la derecha, pero el escrutinio dirá si su estrategia recupera terreno o si, por el contrario, termina por alimentar a la fiera que pretendía domar.
En la Moncloa también se contiene el aliento. Aunque Pedro Sánchez fía el calendario a 2027, un buen resultado del PSOE podría dinamitar sus propios planes. El contexto ayuda: el resurgimiento del «No a la guerra» y el cuerpo a cuerpo con la sombra de Donald Trump le ofrecen un relato de resistencia. Si los socialistas aguantan el envite, Sánchez podría ver una ventana de oportunidad para un adelanto electoral, buscando el efecto arrastre junto a las andaluzas de junio de 2026.
Finalmente, estas elecciones actúan como guillotina o salvavidas para el espacio a la izquierda del PSOE. El veredicto de las urnas dictará si el proyecto de Sumar tiene aún capacidad de reanimación o si, fragmentado y debilitado, inicia su declive definitivo.
Castilla y León no solo elige procuradores; este domingo se decide si el ciclo político español vira definitivamente a la derecha o si el sanchismo encuentra una vida extra en el rincón más sobrio del mapa.