Volver a la Luna para quedarse tras Artemis 2: «No vamos a abandonarla nunca más»

Uxía Rodríguez Diez
Uxía Rodríguez REDACCIÓN / LA VOZ

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Los cuatro astronautas de la NASA hablaron por primera vez esta noche tras culminar con éxito la histórica misión, que activa la cuenta atrás para la colonización del satélite

12 abr 2026 . Actualizado a las 12:50 h.

«Bienvenidos a casa Artemis 2. Nos llevasteis a todos con vosotros. No vamos a abandonar la Luna nunca más. Ayudasteis al mundo a empezar a creer de nuevo. Gracias por enseñarnos otra vez la Luna, la Tierra y gracias por contribuir a la mayor aventura de la historia de la humanidad», con estas palabras recibió en Houston el administrador de la NASA, Jared Isaacman, al comandante Reid Wiseman, el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Christina Koch y Jeremy Hansen, menos de 24 horas después de que hicieran historia con su amerizaje en el Pacífico tras 10 días de travesía.

Reis Wiseman dedicó las primeras palabras a su tripulación: «Estamos unidos para siempre, y nadie aquí abajo jamás sabrá por lo que acabamos de pasar los cuatro, y fue lo más especial que me sucederá en la vida. Cuando estás allí arriba solo quieres estar con tu familia. Estar en el planeta Tierra es algo muy especial», dijo emocionado antes de fundirse en un nuevo abrazo con sus compañeros. Le siguió un conmovido Victor Glover, el primer hombre negro en orbitar la Luna, que aseguró que todavía no había «procesado» los diez días de este viaje espacial histórico y dio las gracias a Dios, a sus familias y a la agencia espacial. «Quiero agradecer a Dios en público, porque más grande que el reto de intentar describir lo que hemos pasado, la gratitud por ver lo que vimos, hacer lo que hicimos, y estar con quien estuve... es demasiado grande para estar simplemente en un cuerpo», dijo.

Christina Koch, que también rompió el hito como primera mujer en viajar alrededor del satélite aseguró que «cuando vimos la pequeña Tierra lo que me impactó fue toda la negrura a su alrededor. La Tierra se convirtió en un enorme salvavidas colgando en el Universo». Fue uno de los momentos más emotivos, cuando, tras quedarse sin palabras durante unos momentos, y con la mirada perdida, concluyó: «Planeta Tierra, sois una tripulación».

Jeremy Hansen terminó con un mensaje para toda la humanidad: «Si miras hacia arriba, no nos estás mirando a nosotros, somos un espejo que te refleja. Y si te gusta lo que ves, entonces mira un poco más allá, este eres tú».

 La madrugada que lo cambió todo

«Esto no es algo que ocurre una vez en la vida; es solo el comienzo. Estamos comprometidos con la Luna: vamos a volver, pero para quedarnos». Es el mensaje más repetido en las últimas horas. Así resumía Jared Isaacman el cambio de paradigma de una humanidad que a las 2.07 de este sábado, hora peninsular española, dejaba de soñar con ir a la Luna para preparar su presencia permanente en ella.

Tras un paréntesis de más de medio siglo, el éxito de la misión Artemis 2 ha certificado que el camino hacia las estrellas no fue un evento aislado de la Guerra Fría, sino un destino manifiesto que ahora se retoma con una ambición sin precedentes. Wiseman, Glover, Koch y Hansen ya están en casa, pero el rastro de su nave Orion —rebautizada como Integrity (Integridad)— ha dibujado un puente permanente de 1,1 millones de kilómetros que ya no se volverá a cerrar.  

Para que este «nuevo comienzo» fuera posible, la tripulación tuvo que sobrevivir a la maniobra más crítica de la ingeniería aeroespacial moderna. La pasada madrugada, la Orion se convirtió en un bólido incandescente al chocar contra la atmósfera a 40.237 kilómetros por hora. A esa velocidad de vértigo —que permitiría cruzar Galicia de norte a sur en apenas unos segundos—, el aire comprimido se transforma en un plasma a 2.760 grados centígrados, una temperatura que sitúa a la nave al límite de su resistencia física, tan extrema que equivale a la mitad de la que hay en la superficie del Sol.

La cápsula ejecutó una maniobra de precisión milimétrica: el skip entry. Como una piedra que rebota en un estanque, la nave entró y salió brevemente de las capas altas de la atmósfera para disipar calor y frenar de forma controlada. Un ángulo de entrada con apenas unos milímetros de error habría sentenciado la misión, pero la técnica fue impecable. Durante seis minutos de silencio absoluto, el mundo contuvo el aliento ante el apagón de comunicaciones. «Houston desde Integrity, os escuchamos alto y claro», fueron las primeras palabras pronunciadas por el comandante Wiseman, recibidas con una explosión de alivio y alegría en la sala de control de la misión en el Centro Espacial Johnson de la NASA.

Minutos antes del impacto, a la 1.30 de la madrugada, Orion se despojó de su «mochila vital»: el Módulo de Servicio Europeo (ESM). Este componente, con sello de la ESA y participación industrial española, cumplió su cometido hasta el último aliento, proporcionando el aire y la energía necesarios para batir el récord de distancia humana, fijado ahora en 406.771 kilómetros de la Tierra.

Una vez sola, la cápsula confió su integridad al escudo térmico de Avcoat. A pesar de las dudas surgidas en la misión no tripulada anterior y las críticas de expertos sobre el desprendimiento de material, los ajustes en la trayectoria y el rediseño de la ingeniería demostraron que la nave era segura. Tras superar el infierno térmico y ya a unos 300 km/h, la Orion desplegó una coreografía de once paracaídas. Los tres principales, una imponente estructura de seda del tamaño de un estadio de fútbol, frenaron la caída hasta los 30 km/h finales y dibujaron en el cielo la señal definitiva de victoria. Tan solo unos minutos más tarde, Reid Wiseman comunicó que los cuatro tripulantes estaban en perfectas condiciones.

Las imágenes que llegaron poco después desde el corazón del Pacífico recordaron al mundo por qué la exploración espacial sigue cautivando como ninguna otra gesta. Christina Koch fue la primera en asomarse por la escotilla, saludando con una sonrisa que ya es historia, seguida por Glover, Hansen y Wiseman. Los cuatro astronautas fueron izados hasta los helicópteros de la Marina convirtiendo el operativo de rescate en un desfile de éxito.

«Enviamos a cuatro personas a la Luna y las trajimos de regreso a la Tierra por primera vez en más de cincuenta años», celebró la responsable del programa Artemis, Lori Glaze, para inmediatamente añadir que es solo «la primera de muchas» expediciones. 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, felicitó a la tripulación y aseguró que el país dará nuevos pasos hacia futuras exploraciones espaciales, incluida una eventual misión a Marte. «Felicitaciones a la magnífica y talentosa tripulación de Artemis II. El viaje fue espectacular, el aterrizaje perfecto y, como presidente de Estados Unidos, ¡no podría estar más orgulloso! Espero verlos pronto en la Casa Blanca. ¡Lo repetiremos y luego, siguiente paso, Marte!».

Medio siglo después

La trascendencia de esta misión reside en su naturaleza: una expedición logística para habitar otro mundo. Por primera vez, una mujer y un hombre de color han orbitado el satélite, demostrando que la nueva conquista espacial se parece más a la humanidad que representa. Y en ese esfuerzo, el sello español y gallego está presente a través del Módulo de Servicio Europeo (ESM), el corazón técnico que suministró aire y energía hasta minutos antes del impacto. A diferencia del programa Apolo, el Artemis nace bajo el signo de la cooperación global como una alianza estratégica donde el músculo del sector privado, con gigantes como SpaceX y Blue Origin, se entrelaza con la ingeniería de Europa, Canadá y Japón.

Este éxito despeja el calendario de la NASA. El siguiente gran hito será la Artemis 3, una misión crítica que pondrá a prueba los complejos acoplamientos en órbita necesarios para el asalto final. Todo ello servirá de antesala para que, en el 2028 —según el plan más optimista—, el ser humano vuelva a imprimir sus huellas en el polvo lunar. Pese a los desafíos técnicos que aún afronta el desarrollo de los módulos de aterrizaje —la pieza clave para volver a pisar el satélite—, la estrategia pasa por transformar la Luna en una plataforma sostenible con presencia humana duradera. Este enclave no será el destino final, sino el trampolín logístico imprescindible para enviar a los primeros astronautas a Marte.

Sin embargo, el reloj de la NASA no corre solo. En el horizonte asoma la sombra de Pekín, que acelera su propio programa para situar a sus taikonautas en el Polo Sur antes de que termine esta década y sentar las bases de una estación permanente junto a Rusia. Los próximos cuatro años no serán solo una carrera contra la física y el presupuesto, sino el escenario de una batalla geopolítica por la hegemonía en el satélite. Lo que hoy es un éxito científico será mañana el primer capítulo de una nueva era donde la Luna es el tablero de juego y el planeta rojo, el premio definitivo.