Robo de película a un banco de Nápoles: tras retener a 30 rehenes se esfuman con un botín de dos millones de euros por una alcantarilla

Redacción LA VOZ

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Imagen de archivo de la policía de Nápoles actuando ante otro atraco
Imagen de archivo de la policía de Nápoles actuando ante otro atraco CONTACTO vía Europa Press | EUROPAPRESS

La banda engatusó al amplio dispositivo policial que se encontró en la sucursal la entrada hacia el túnel conectado con el subsuelo

18 abr 2026 . Actualizado a las 09:45 h.

Napóles hizo honor a su título de urbe de la Camorra este jueves con un robo en un banco digno de una película. Tuvo lugar en una de sus plazas más céntricas, Medaglie d'Oro, a dos pasos del centro histórico y de la estación. A media mañana el barrio de Arenella se convirtió en un centro operaciones militares, mientras bajo el asfalto, el botín y sus captores se esfumaban con un botín que puede superar los dos millones de euros. Una banda formada entre cuatro y cinco personas, todas «napolitanas y educadas», según el diario Il Matino, tomaron la sucursal del Crédit Agricole y allí retuvieron a más de 30 personas. La alarma por estos rehenes activó un operativo policial formado por los Carabinieri, unidades de élite y bomberos. Incluso se apostaron francotiradores en los balcones, mientras los negociadores trataban de llegar a un acuerdo con los captores y una multitud de vecinos observaba tras las cintas policiales. La orden era clara: nadie sale, nadie entra. Sin embargo, todo era una estrategia de los cacos, porque la confianza en el gran operativo se tornó en bochorno cuando lograron escapar, a pesar de que los responsables policiales aseguraban a los medios que los asaltantes «no tenían posibilidad alguna» de salir. Estaban rodeados. O eso creían.

Dentro de la sucursal, el ambiente era tenso, aunque no hubo rudeza. Los testimonios recogidos por el diario Il Mattino detallan que los asaltantes eran napolitanos, expertos conocedores del terreno y, sobre todo, extremadamente educados. «Mantenían la calma, hablaban con respeto, casi con una cortesía de otra época», relataba uno de los rehenes liberados.

Pistolas de juguete

Iban armados con lo que parecían pistolas —que poco después se descubrió que eran de juguete— y ocultaban sus rostros con cascos. Pero no eran los típicos delincuentes movidos por la adrenalina del caos. Eran artesanos del crimen. Mientras uno controlaba al grupo de rehenes con una tranquilidad pasmosa, los otros se dedicaban a la verdadera razón de su visita: el vientre del banco, ya que su objetivo pasaba por las cajas de seguridad.  A medida que corría el rumor de que los ladrones estaban vaciando estos depósitos de seguridad, la desesperación se apoderó de los clientes agolpados en la plaza. No lloraban por el efectivo, sino por objetos únicos o que estaban escondidos fuera del control oficial. «Hay recuerdos de toda una vida ahí dentro», gritaba una mujer frente al cordón policial. Joyas de familia, documentos históricos o bienes que no figuran en los balances bancarios. Los asaltantes, con una meticulosidad quirúrgica, seleccionaron y vaciaron cientos de cajas, mientras la policía vigilaba una puerta por la que nunca salieron.

El final del atraco hace honor a su inspiración cinematográfica, puesto que cuando las fuerzas especiales decidieron finalmente intervenir. Tras la liberación de los rehenes, que salieron por su propio pie —seis de ellos atendidos por ataques de ansiedad, pero todos físicamente ilesos—, los agentes se toparon con un banco vacío. Eso sí, el suelo de la sucursal estaba perforado y conectaba con un ramal del alcantarillado público por el que se esfumó la banda con el botín. Un conducto de apenas un metro de diámetro que se convirtió en su pasadizo. Los ladrones habían cronometrado la operación con una precisión y lo lograron. Mientras el despliegue policial se concentraba en las puertas de cristal y los puntos ciegos de la plaza, los sospechosos ya se deslizaban por las tuberías, cargando bolsas con el botín de las cajas de seguridad.

 La policía confiscó un vehículo abandonado en las cercanías y las réplicas de las armas, mientras trata de avanzar en la investigación. Los asaltantes no solo se llevaron el dinero y los recuerdos, sino que los periódicos italianos sugieren que se llevaron la dignidad de un operativo que los creyó acorralados cuando, en realidad, ellos siempre tuvieron la llave de la ciudad en sus manos. En la actualidad, las autoridades siguen buscando pistas en el lodo subterráneo, pero en Arenella ya se ha bautizado a los delincuentes como los «caballeros del agujero», ya que entraron con cortesía, robaron con precisión y se esfumaron por las entrañas de la ciudad.