Se cumplen 40 años sin que se sepa el número real de víctimas que causó
26 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Era la una, 23 minutos y 45 segundos de la madrugada del sábado 26 de abril de 1986. El reactor número 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, situada a 18 kilómetros de la ciudad ucraniana de Chernóbil, cerca de la frontera con Bielorrusia, explota. La tapa del reactor, de 1.000 toneladas de peso, salta por los aires, traspasa el techo y deja al descubierto material extremadamente tóxico. Acaba de desencadenarse el peor accidente nuclear de la historia. La temperatura del núcleo del reactor es similar al de la superficie del Sol. La lluvia radiactiva, 500 veces superior a la liberada por la bomba atómica de Hiroshima.
Durante 48 horas el mundo no sabe nada, las autoridades soviéticas lo encubren y los ciudadanos de Prípiat, la ciudad situada a tres kilómetros de la central, que había sido edificada para que vivieran allí los empleados y los obreros que participan en su construcción, desconocen lo sucedido y actúan con total normalidad. Tardarán 36 horas en empezar a ser evacuados. La nube radiactiva se extiende por varios países de Europa y llega a América del Norte.
Todo lo que podía salir mal, salió mal. Desde las graves deficiencias en el diseño de la central y del reactor a una cadena de decisiones erróneas e irreparables. El detonante fue una prueba de seguridad fallida. Anatoli Stepánovich Diátlov, jefe adjunto de la central, es quien toma las decisiones y presiona a los operarios para que hagan el experimento. Busca un ascenso.
Gonzalo Jiménez Varas, físico, profesor de Ingeniería Nuclear y especialista en accidentes severos en reactores nucleares, asegura que el desastre «fue el resultado del diseño del reactor tipo RBMK y de una falta de cultura de seguridad, que se hizo patente en la realización de un experimento con el reactor en marcha, en unas condiciones muy diferentes a las planificadas, a destiempo, violando repetidas veces los protocolos de seguridad e incurriendo en graves errores operacionales».
Los primeros en llegar para apagar el incendio son los bomberos, que se ven expuestos a altas dosis de radiación. Los que trabajan en el tejado solo pueden estar allí un minuto para evitar la muerte inmediata. Unas 600.000 personas conocidas como «liquidadores» (bomberos, obreros, soldados, mineros y voluntarios) serán movilizados para limpiar y mitigar los efectos del desastre. Se crea un área de 30 kilómetros de radio alrededor de la central conocida como zona de exclusión, que aún sigue vigente.
A día de hoy, no hay una cifra oficial de muertos a consecuencia de la catástrofe. Los fallecimientos directos por radiación aguda se estiman entre 31 y 54. Estudios de la ONU y la Organización Mundial de la Salud señalan que los muertos por cáncer y otras enfermedades a largo plazo serían entre 4.000 y 9.000. «Pero las consecuencias van más allá de las cifras, el estigma de haber vivido cerca de Chernóbil en el momento del accidente, el drama del exilio de las ciudades y pueblos cercanos, y la incertidumbre sobre los efectos de la radiación sobre la salud ha derivado en una cantidad no despreciable de problemas de salud mental, añadidos a las enfermedades más comúnmente asociadas a la exposición a la radiación a largo plazo», asegura Jiménez Varas.
La propaganda soviética había trasladado la idea de que un reactor no podía explotar y de que sus centrales eran las más seguras del mundo. Por ello, la primera reacción de las autoridades es ocultar lo sucedido. Solo se empieza a saber cuando se detectan altos niveles de radiación en Suecia. Mijaíl Gorbachov, que había llegado al poder 13 meses antes, tarda 18 días en comparecer para reconocer el desastre. Chernóbil mostró los límites de su política de glasnost (transparencia) y contribuyó al colapso de la URSS. Como asegura la historiadora Sara Núñez de Prado, «el Gobierno intentó con todos los medios a su alcance que no trascendiera el accidente». «Chernóbil es la prueba fehaciente del deterioro interno, político, económico y social en que estaba sumida la URSS», señala. Para la autora de Historia de Rusia: de la Unión Soviética a la Federación Rusa (Síntesis), «puso de manifiesto que las reformas de Gorbachov eran un maquillaje para intentar salvar lo insalvable y que la URSS era un país moribundo, incapaz de sobrevivir a su deterioro y que aún debería pasar por la agonía antes de desaparecer en 1991».
Energía segura
Jiménez Varas sostiene que «los tres accidentes severos históricos (Three Mile Island, Chernóbil y Fukushima, este último en el 2011) «nos han enseñado lecciones muy valiosas a tener en cuenta al diseñar y operar reactores nucleares». En su opinión, la energía nuclear es segura. «Las cifras lo demuestran: en este momento están operando 415 reactores nucleares en el mundo, muchos de ellos lo llevan haciendo desde hace más de 30 años sin ningún tipo de problemas relacionados con la seguridad». «Podemos afirmar, sin duda, que la energía nuclear hoy es más segura que nunca», concluye el físico.
Dar voz a las víctimas para comprender el sufrimiento humano
Además de físico, Jiménez Varas tiene un máster en Literatura y acaba de publicar el poemario Chernóbil: zona de exclusión. «La poesía es quizá el género literario que mejor lidia con lo inefable, con lo que no se puede expresar con palabras; y en el desarrollo del accidente de Chernóbil hay multitud de elementos que cuesta mucho vehicular desde lo meramente científico o documental», explica. Está convencido de que «a través de lo poético es posible llegar a comprender de forma más profunda lo que pasó en Chernóbil el 26 de abril de 1986 y los días, meses y años que vinieron después». «Las víctimas tienen nombres y apellidos, historias singulares y diferentes, experiencias vitales que no quedan reflejadas en los informes oficiales», asegura. En este poemario ha querido «dar voz a quienes raramente la tienen: las víctimas del accidente y la fauna y flora de la zona de exclusión». «Pese a la magnitud de la catástrofe, solo en los últimos años —gracias a obras como Voces de Chernóbil (2015) de Svetlana Alexiévich; Música para los muertos y los resucitados de Valzhyna Mort (2024); o Luciérnaga (2024) de Natalia Litvinova— hemos empezado a comprender la verdadera dimensión del sufrimiento humano que se esconde tras las cifras».
En Prípiat
Tanto Núñez de Prado como Jiménez Varas han estado en Chernóbil. La historiadora relata que «parecía que el mundo se había parado, pero a la vez tenías la sensación de que era un escenario mantenido para despertar emociones y no para que se apreciara en toda su crudeza el resultado de una tragedia humana de grandes dimensiones». «Ucrania había encontrado una fuente de ingresos potenciando el turismo en lo que había sido Chernóbil. De hecho, mucha gente desconoce que el desastre humano se produjo en la ciudad de Prípiat», explica. Hoy es una ciudad fantasma. El físico recuerda que su visita «fue probablemente uno de los momentos más impactantes para su vida profesional y personal». «Conocí de primera mano tanto testimonios de víctimas como las condiciones reales de la evacuación y la gestión del accidente», asegura. «Me asombró la fortaleza y resiliencia de las víctimas y las experiencias que vivieron en los primeros meses tras el accidente», afirma.