Así es el turismo de cruceros en la Antártida: desembarcos muy estrictos y protocolos extremos
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En el 2025 el continente helado recibió más de 100.000 visitantes, el doble que hace cinco años
24 may 2026 . Actualizado a las 10:30 h.Febrero del 2020. Las noticias sobre el coronavirus empiezan a extenderse por el mundo. En Decepción, una de las zonas más visitadas de la Antártida, un grupo de turistas desembarca del MV Hondius. Saben que en esta isla volcánica hay playas con aguas termales y quieren presumir de haberse bañado en el lugar más extremo del planeta. Sin embargo, el buque polar no acierta con la ubicación y la experiencia acaba resultando desagradable porque la temperatura del mar es de dos grados como mucho. Los visitantes solo dicen «cold, cold, cold» (frío, frío, frío).
Seis años después, el mismo crucero vuelve a situar el turismo antártico en el foco informativo tras la crisis sanitaria provocada por un brote de hantavirus. Una actividad que no deja de crecer. Hasta comienzos del siglo XXI, el continente helado había sido un lugar aislado en todos los sentidos. No solo geográfica y climáticamente, sino también ajeno a la presencia humana. Menos de 200.000 personas visitaron la Antártida, incluyendo exploradores, balleneros y científicos. Sin embargo, el llamado turismo de última oportunidad está invadiendo uno de los territorios más prístinos del planeta. Solo en el 2025, más de 125.000 turistas visitaron el polo sur. Muchos viajan para contemplar un ecosistema que se está deteriorando. Se estima que en el 2030 la cifra ascenderá hasta los 450.000.
La inmensa mayoría de los cruceros llegan desde Punta Arenas (Chile), Christchurch (Nueva Zelanda), Hobart (Australia), Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y Ushuaia (Argentina), como el Hondius. Las expediciones suelen durar entre 10 y 12 días y los precios son prohibitivos. Van desde los 8.000 euros, los más baratos, hasta los 50.000. El 98 % de las visitas se concentran en la península antártica. Cuenta con las aguas más seguras para la navegación y reúne gran parte de la fauna. La mayoría de las bases científicas, como las españolas Gabriel de Castilla y Juan Carlos I, están instaladas en esta zona por cuestiones logísticas. También es la zona que más se está calentando.
El turismo, como la investigación científica, está regulado por el Tratado Antártico, que entró en vigor en 1961 y define el lugar como un territorio dedicado exclusivamente a la paz y la ciencia. El tratado incorpora además un protocolo sobre medio ambiente que se llama Protocolo de Madrid porque fue firmado en la capital española en 1991. Tiene como objetivo proteger el ecosistema antártico. Para ello obliga a cualquier actividad humana a reducir al máximo el impacto.
No todos los turistas que viajan a la Antártida pisan tierra. Aproximadamente el 65 % de los cruceristas se desplaza en buques de expedición que permiten desembarcos. El resto viaja en barcos de observación, que recorren el entorno antártico sin que los pasajeros bajen al continente. Sin embargo, incluso esa modalidad tiene impacto ya que todos los buques generan emisiones, ruido, riesgo de vertidos, congestión marítima y contaminación asociada a la navegación. Los protocolos son extremos y hay restricciones que no existen en ningún otro sitio del mundo. Por ejemplo, solo un barco puede visitar un enclave, como la isla Decepción, al mismo tiempo. Únicamente 100 personas pueden permanecer en tierra de manera simultánea. Además, los buques con más de 500 pasajeros tienen prohibido desembarcar.
Las medidas de bioseguridad en los cruceros, como en las bases científicas, son igualmente estrictas. Antes de cada desembarco, pasajeros y tripulación deben limpiar y desinfectar botas, ropa y equipos. También se revisan mochilas y cualquier objeto que pueda transportar semillas, tierra o microorganismos adheridos. Se pretender evitar la introducción accidental de especies invasoras, patógenos o enfermedades en uno de los territorios más aislados y sensibles del planeta.
Aunque no todo el turismo es de cruceros. Algunas embarcaciones más modestas cruzan el peligroso paso de Drake cada verano austral para explorar el polo sur y conocer las bases de investigación, donde se produce ciencia en condiciones extremas.
El turismo en la Antártida lleva implícito una paradoja. Se trata de una de las regiones del mundo donde la temperatura media aumenta con más intensidad por un proceso conocido como amplificación. El hielo, que rebota casi toda la energía solar, está retrocediendo y da paso a superficie marina que absorbe radiación. Pero sin hielo crecerá la zona de aguas navegables y ampliará la temporada de visitas. Hay que sumar que los avances en materia de regulación van mucho más lentos que los intereses de la industria turística que han encontrado en la Antártida una mina de oro. Muchos científicos están alzando la voz sobre esta cuestión porque creen que este sistema de autorregulación no es suficiente ante el rápido crecimiento del sector.
Un informe reciente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza destaca que la degradación de no solo afecta a pingüinos, focas o ballenas, sino también a procesos fundamentales relacionados con la regulación del clima. Defienden que no es únicamente una cuestión paisajística, sino un asunto de alcance planetario.