Las cumbres en Pekín siempre son un éxito

Miguel Murado
Miguel Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Xi hizo de guía a Trump en el Templo del Cielo.
Xi hizo de guía a Trump en el Templo del Cielo. Brendan Smialowski | REUTERS

14 may 2026 . Actualizado a las 20:42 h.

Xi Jinping no fue a recibir a Donald Trump al aeropuerto. Nunca lo hace. Su estatus, tal y como él lo entiende, es el de un monarca, por encima de simples primeros ministros o incluso presidentes. Fue el vicepresidente Han Zheng el encargado de saludar a Trump al pie de la escalerilla, mientras trescientos estudiantes agitaban banderas chinas y norteamericanas con una coreografía tan mecánica que parecía que hacían señales navales. Pero el mensaje era la sincronía en sí.

Finalmente, el encuentro con Xi se produjo este jueves en la escalinata del Gran Salón del Pueblo, desde donde Trump parece haber hecho un esfuerzo por no mirar de reojo la plaza de Tiananmen, con todo lo que significa. Los exégetas han estudiado al detalle el apretón de manos de los dos mandatarios y han llegado a la conclusión de que fue un empate más que una entente. Es cierto que en diplomacia son los pequeños gestos los que presagian los resultados, a veces. Ya dentro, bajo un techo al que no dejaba de mirar admirado Marco Rubio, Xi se acordó de felicitar a Trump por el 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos. Trump lo agradeció mucho, sin reparar en que quizás fuese una ironía. Dos siglos y medio. Para el Imperio del Centro eso es antes de ayer. Trump respondió a Xi que le consideraba un gran líder, «aunque a la gente no le gusta que lo diga, pero lo digo de todos modos».

Su conversación siguió a puerta cerrada. Dos horas, el doble de lo previsto. El resultado solo podemos valorarlo de momento por los ecos distorsionados del halago y la prudencia. Pero lo que ha trascendido era lo esperable. Trump ha conseguido todo lo que podía conseguir de Pekín en la cuestión de Irán: una declaración conjunta de que Teherán «no debe tener nunca armas nucleares» y que el estrecho Ormuz debe reabrirse al tráfico libre de mercancías, es decir sin pagos a la Guardia Revolucionaria. Para poder venderle este viaje a su base MAGA, Trump había incluido en la agenda el tráfico ilegal de fentanilo, que Xi accedió a discutir. Por su parte, a Xi le bastaba con dos cosas: que se visualizase a China como un igual de Estados Unidos, y que Trump no mencionase Taiwán en público. No lo hizo. Lo que puedan haber hablado en privado sobre ese asunto tendremos que juzgarlo por lo que ocurra en las próximas semanas con las ventas de armas a la isla. Del pulso comercial entre los dos países, que era el motivo principal de la cumbre, es de lo que menos ha trascendido. A Scott Bessent, el secretario del Tesoro, la policía le impidió el paso durante un rato, porque no llevaba la credencial en su sitio, pero parece que fue un malentendido más que una metáfora. De hecho, hay algunas señales de progreso. Xi ha prometido inversiones a la corte de empresarios que se ha llevado Trump y ha mostrado interés en comprar energía norteamericana.

Las cumbres en Pekín siempre son un éxito. Pero la experiencia de esta clase de encuentros entre grandes potencias rivales nos dice que una vez que el avión del visitante ha despegado, se recoge al alfombra roja y se barre el confeti de las calles, las realidades de la geopolítica se vuelven a imponer sobre la retórica de los banquetes.