Política y redes sociales, pero ninguna mención del papa a los abusos sexuales en Montserrat
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León XIV visitó este miércoles el templo considerado por las víctimas la zona cero de la pederastia. Antes, llevó el espíritu de la reinserción a los reclusos de las cárceles catalanas. «Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona»
10 jun 2026 . Actualizado a las 19:51 h.A la Moreneta le pidió «justicia y paz», pero no hubo una sola mención a la reparación de las víctimas de abusos sexuales. León XIV era consciente de que su visita a la Abadía de Montserrat de este miércoles iba a ser especialmente observada. El templo que abriga a la patrona de Cataluña, refugio del idioma durante el franquismo, y corazón espiritual de la comunidad, está considerado por los afectados como la zona cero de la pederastia eclesiástica.
El papa hacía una entrada triunfal en la abadía tras cubrir los 30 kilómetros que separan el templo de la cárcel de Brians en helicóptero. De ahí, a un bugui que hizo de papamóvil y que le acercó aún más a la masa que le esperaba.
Robert Prevost volvió a alternar catalán y castellano en un discurso en el que alertó sobre la crispación política y las nuevas tecnologías. «Aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz», remarcó el carácter acogedor de Cataluña y volvió a pedir un mundo «donde nadie quede excluido y donde la comunión sea más fuerte que toda división». Siempre buscando su conexión con el territorio, León XIV recordó la etapa que vivió en los 90, durante su época como misionero en Trujillo, Perú, cuando fue rector de la parroquia de la Virgen de Montserrat. Una conexión a la que tampoco quiere renunciar en el cara a cara. Solo en sus primeras 24 horas en Barcelona bendijo a más de cien bebés. Este miércoles, en la montaña sagrada, no fue diferente.
«El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo»
Una reclusa de Brians le pidió un abrazo al papa tras contarle su historia personal
No era la primera vez que León XIV visitaba una cárcel. Lo hizo el pasado abril en una prisión de Bata, en Guinea Ecuatorial. «Siempre es posible volver a levantarse», le dijo a los reclusos. Bajo ese espíritu de la reinserción, el pontífice llevaba por la tarde su mensaje a 80 internos e internas de los centros Brians 1 y 2 y Wad-Ras. «No existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada», exclamó. Minutos antes había escuchado dos testimonios. El primero, el de Montse que, muy nerviosa, no consiguió terminar de leer su escrito. Esta reclusa le explicó al papa el sufrimiento que había vivido tras la muerte de su hijo y cómo no entendió «por qué Dios se lo había llevado».
«He experimentado la muerte de la gente que más quería y, aunque me han transmitido la fe, me he enfrentado con el silencio de Dios. A pesar de tener la mejor familia del mundo, también hoy sé que les he hecho mucho daño», relató a apenas unos metros del papa. Emocionada, Montse se saltó el protocolo y se fundió en un abrazo que parecía más dirigido a Robert Prevost, que a la solemnidad de la persona vestida de blanco que tenía delante. «Ahora solo espero reencontrarme con mi hijo en el cielo», cerró ella y las lágrimas aparecieron entre los reclusos que escuchaban sin perder detalle. Algunos, con estampita del papa en mano.
Josefina tampoco lo tuvo fácil. Su hijo, que sufrió un grave accidente, se salvó de «milagro». «Aquí en prisión no estoy sola, Jesús me da fuerza, me da vida. Lo noto dentro de mí, si no, no sé cómo hubiera aguantado esto», explicó a este papa misionero, que no dudó en infundirle esperanza. «El Señor nos permite a todos empezar siempre de nuevo, pues ser humano y ser cristiano no consiste en no equivocarse, sino en creer en la capacidad de convertirse, arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar», explicó sobre esos «errores de la vida» que «no determinan la identidad de una persona».
Soledad no deseada
Tras el paso por la abadía de Montserrat, tocó más toma a tierra con esa realidad multicultural que ha destacado el papa en todos y cada uno de sus actos en España. La iglesia de San Agustí, en el barrio de El Raval, uno de los más humildes y con más inmigración de la ciudad, fue el punto de encuentro con los representantes de tres entidades sociales.
La portavoz de Cáritas Barcelona, Cristina García, le transmitió al papa «la impotencia» por no poder llegar a todas las personas. «A veces duele no poder hacer más», añadió Xavier Agramunt, director de Obinso, que lucha contra las adicciones. Pero fue Renzo, un niño de seis años, quien hizo las grandes preguntas. «¿Por qué hay personas a las que les pasan cosas malas y a otras no? ¿Por qué hay tantos abuelos solos si son tan importantes?», le espetó. «No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores», respondió el pontífice.
A Renzo también le explicó que no imaginaba ser papa, pero que «desde pequeño» sí quiso «entregar» su vida a Dios.