Alexandra Lange, crítica de diseño: «Casi todo lo que ponemos en el entorno de los niños es realmente para nosotros»
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La estadounidense analiza cómo los juguetes, las escuelas y las ciudades reflejan las ansiedades propias de los adultos, más que las necesidades reales de la infancia; e invita a repensar los espacios públicos y digitales desde la autonomía del niño
17 jun 2026 . Actualizado a las 08:47 h.Un bebé tumbado boca arriba, fascinado por el simple movimiento de sus manos. No necesita luces, ni texturas diferentes en una alfombra de juegos. Pero el mercado insiste en lo contrario. «Casi todo lo que ponemos en el entorno de los niños realmente es para nosotros», reflexiona Alexandra Lange (Estados Unidos, 1973). Experta en arquitectura y diseño, la estadounidense participó en abril en el CityLab, una cumbre internacional celebrada en Madrid donde expertos de todo el mundo debaten sobre las ciudades del futuro. El viaje coincidió con el lanzamiento en España de su libro El diseño de la infancia (Capitán Swing), donde analiza cómo los objetos y espacios que se construyen para los más pequeños reflejan los miedos y los deseos del mundo adulto.
—¿Por qué nos cuesta tanto ponernos en la perspectiva de un niño?
—Si nos paramos a pensar en cómo es el mundo para un niño, nos daremos cuenta de que sus primeras exploraciones son sumamente sencillas. Ni siquiera necesita tener un juguete en la mano; solo le hace falta un entorno en el que esté lo suficientemente cómodo como para verse las manos. Casi todo lo que ponemos en sus vidas, sobre todo cuando son bebés, realmente es para nosotros, ellos no necesitan ver animales en su alfombra de juegos. Creo que el problema es lo llena que está la mente adulta y la sociedad de consumo, que hace que parezca que necesitamos muchas cosas diferentes.
—En el libro pones de ejemplo cómo se diseñó la silla Tripp Trapp de Stokke. ¿No crees que muchos productos ingeniosos se pierden entre decenas de opciones que la industria hace creer como imprescindibles?
—La silla Stokke es un ejemplo fantástico de alguien que tiene hijos y se para a pensar en cuáles son los patrones de su la infancia, intentando hacer un producto que dure mucho tiempo. Creo que, en general, en el mundo moderno es difícil dar ese paso atrás y recortar todas esas cosas que nos ofrecen. ¿Por qué necesitamos tantos objetos repetitivos en cada habitación?
—¿Crees que el diseño actual ha perdido esa pureza e intención educativa original en favor de una estética más propia de las redes sociales?
—Evidentemente, a las sociedades capitalistas no les interesa que no haga falta inventar más. Un bloque de madera es un elemento perfecto que no hace falta mejorar, pero hay una presión constante de novedad que va a la contra de la esencia y la similitud de los bebés nacidos a principios del siglo XX y los que nacen hoy. Sus necesidades no son tan distintas.
—Pero en la era de las pantallas y de los juguetes hipertecnológicos, ¿cómo convencer de que un bloque de madera sigue siendo el juguete perfecto?
—Tampoco me gusta demonizar la tecnología, fíjate en juegos como Minecraft, se basan en los mismos principios que los bloques de madera. Debemos hablar de los niños y los juguetes de una forma parecida a cómo hablamos de nutrición: no se trata de que solo necesitemos bloques de madera, aunque creo que se puede llegar muy lejos exclusivamente con ellos, sino de pensar en cómo está repartido su día: cuánto tiempo tienen para el juego, la actividad física y las pantallas. Les hacen falta todas estas cosas de forma equilibrada para que desarrollen habilidades y descubran qué es lo que les interesa.
—Parece que la pedagogía Montessori está tomando más fuerza en el diseño, ¿lo percibes como una evolución o más como una moda de redes sociales?
—En Instagram y TikTok hay mucho postureo estético, sin duda. Es fácil caer en eso con la estética Montessori, cuando en realidad lo importante de sus principios es ofrecer un marco para la independencia del niño, más que los objetos individuales de la habitación o el aspecto que tienen. Los pilares de su educación consisten en enseñar a los niños a hacer actividades reales, que lideren su propio juego y que identifiquen sus intereses y sus apetencias sin imponerlos. Y eso se puede hacer en cualquier tipo de entorno. Hacer ver que esto solo se puede lograr si tienes una habitación con una determinada estética desmerece la genialidad de María Montessori. Y además, afecta a los padres que sienten que no se pueden permitir todas esas cosas. Por eso es importante, que haya escuelas públicas con pedagogía Montessori.
—Hablando de los colegios, ¿qué cambios te parecen más importantes en la arquitectura educativa actual?
—Aun en edificios antiguos, deberían crearse diferentes ambientes en cada aula, para que los niños no se pasen todas las horas sentados en el pupitre. Y también cambiaría la excesiva decoración con pósters en las paredes; es mejor que ellos mismos creen su decoración.
—Salimos de la escuela y pasamos a los parques infantiles. ¿Nos hemos pasado un poco con la sobreprotección en el diseño público?
—Los niños empiezan subiendo una escalera sencilla, luego pasan a otra de manos, después a una red... Aprender estas habilidades, intentar lo que no te sale y volverlo a intentar es clave en la infancia tanto a nivel físico como mental. Por miedo, muchas veces los privamos de la oportunidad de ponerse a prueba y fallar. En mi reciente viaje a Madrid y Barcelona pude observar la cantidad de espacios infantiles que hay en España; creo que es algo estupendo porque, en su rutina habitual, el niño se encontrará con un parquecito en muchos momentos del día; a veces igual no es aún para su edad, así que probará y no podrá hacer gran cosa, pero en algún momento será capaz y entenderá su propio progreso y crecimiento cuando lo vaya consiguiendo.
—España es un país con una cultura de calle muy fuerte. ¿Cómo valoras este modelo de plaza pública frente al modelo americano, que depende más de zonas residenciales independientes?
—A mí me encantan las ciudades en las que se puede caminar, en las que los niños se cruzan con otras personas y donde tienen que negociar con el espacio constantemente, es extremadamente beneficiosa para ellos a nivel social, emocional y físico. El modelo de urbanización estadounidense, en el que son los padres quienes organizan las citas para que los niños jueguen, donde están acostumbrados a que los lleven de un sitio a otro en coche y tienen un horario completamente gestionado por adultos, los priva de oportunidades para asumir tareas o retos de los que son más que capaces, sobre todo cuando ya están en primaria. Esta cultura de plaza es genial.
—Pero hoy también hay que diseñar el entorno digital en el que juegan.
—Escribí un artículo al principio de la pandemia sobre algunos de los espacios digitales que exploraban los niños porque no podían encontrarse con sus amigos en persona, y creo que puede haber beneficios sociales reales en espacios virtuales limitados. Por ejemplo, mi hijo mayor encontró un servidor de Discord para jugar a Dragones y Mazmorras con sus amigos que vivían en otras ciudades. Para niños que viven en entornos más aislados, o que tienen intereses muy particulares, contar con esas comunidades online puede ser importantísimo; sin ellas no podrían conectar con gente con gustos como los suyos. El problema surge con la comercialización de estos espacios, con cómo asegurarse de que los otros usuarios sean de verdad niños y con cómo garantizar que se protege su identidad. Creo que esas son tareas muy complicadas y muchos adultos lo dan por imposible: o les prohíben conectarse, o permiten que accedan sin supervisión. Es importante evaluar qué busca tu hijo online, cuál es la mejor forma de encontrarlo y qué necesidad está cubriendo en esos entornos digitales que no se está satisfaciendo de otra forma.
—¿Cuál es la principal lección que te gustaría que le quedara a una familia que termina de leer tu libro?
—Me gustaría que se fijaran más en lo que sus hijos quieren hacer y que tal vez no hayan reconocido antes. En numerosas ocasiones, los padres proyectan cosas en sus hijos y no les hacen preguntas; a los niños les cuesta articular sus propias necesidades porque son pequeños. Una de las cosas más importantes que se puede hacer es crear espacios que den lugar a la independencia, en vez de limitarse a comprar cosas. Hay que identificar esos patrones y ver qué se puede hacer de forma activa para satisfacer los deseos que revelan, dando un paso atrás, pensando analíticamente y quitándose a uno mismo, como adulto, de la ecuación.
—¿Eres optimista con la manera en la que se están haciendo las cosas en cuanto al diseño de la infancia?
—Sí, lo soy gracias a los líderes jóvenes que piensan, se implican y saben que hay que invertir en infraestructura para que las familias no abandonen las ciudades. Buenos colegios, parques y carriles bici son aspectos que benefician a todo el mundo y forman parte del paquete esencial para que una ciudad sea amistosa con las familias. Fue lo que se abordó en el congreso CityLab de Madrid. Tengo la sensación de que la idea de diseñar ciudades que reciban a las familias con los brazos abiertos se ha contagiado por todo el mundo en municipios de tamaños distintos, y ver que los líderes políticos parecen entenderlo me hace sentir muy optimista.