Regreso a Évian

Miguel Murado
Miguel Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

ACTUALIDAD

Donald Trump y Emmanuel Macron, este martes en la cumbre del G7 en Evian (Francia).
Donald Trump y Emmanuel Macron, este martes en la cumbre del G7 en Evian (Francia). DOMINIQUE JACOVIDES | REUTERS

Quizá resulte útil comparar la cumbre del G7 que se está celebrando en Évian (Francia) con la del 2003, que tuvo lugar en esta misma localidad balnearia junto al Lago de Ginebra. Para empezar, el G7 se llamaba entonces G8 porque Rusia todavía pertenecía a él. Pero en marzo del 2014 se anexionó Crimea y en abril dio inicio la guerra del Dombás. De modo que, para cuando en junio se celebró la cumbre en Bruselas de aquel año, Rusia ya no estaba presente. Se puede decir que sí lo está en la cumbre actual, solo que de otro modo: es uno de los principales puntos a tratar. Ha pasado de pilar del orden internacional a uno de sus mayores problemas. En el 2003, la guerra reciente era otra. Estados Unidos acababa de invadir Irak en marzo y los tanques norteamericanos ya estaban en Bagdad a principios de abril. El 1 de mayo el presidente George W. Bush había pronunciado su célebre «misión cumplida» en la cubierta del portaviones USS Abraham Lincoln, que se recordará para siempre como una de las afirmaciones más prematuras de la historia. Ese mismo portaviones ha estado participando en la guerra de este año contra Irán. Y, como aquella otra, esta guerra contra Irán también ha enfrentado a Estados Unidos con sus aliados europeos. Entonces el anfitrión en Évian era Jacques Chirac y Bush uno de los asistentes.

Hoy los papeles corresponden a Emmanuel Macron y Donald Trump. Entonces, los fotógrafos escrutaban con sus objetivos cada gesto y cada apretón de manos en busca de las sutiles señales de la tensión internacional. Hoy no es necesario esforzarse tanto. Todo es menos sutil. Chirac tenía fama de quisquilloso y soberbio, y a Bush se le presentaba como un «vaquero» poco diplomático, pero tanto Macron como Trump dejan pequeñas aquellas reputaciones.

El encuentro de Évian del 2003 supuso la consolidación del modelo de «cumbre fortificada» que dura hasta hoy. La de Génova del 2001 había sido testigo de una batalla campal entre manifestantes y policías. Era la globalización del propio movimiento antiglobalización —si es que esto no suena algo contradictorio—. Esto, junto con los atentados del 11S, aconsejó trasladar la cumbre del 2002 a un lugar apartado. A los organizadores canadienses se les fue la mano y la situaron en el corazón de las Montañas Rocosas, en un lugar tan inaccesible que los periodistas tuvieron mucha dificultad para cubrir el evento, que tuvo poca repercusión.

Évian, al año siguiente, se presentó como la solución de compromiso entre seguridad y visibilidad. Era una localidad pequeña, fácil de perimetrar y blindar. Los manifestantes tuvieron que conformarse con protestar, igual que los de ahora, en la vecina Ginebra, en la otra orilla del lago. También ellos, los manifestantes, han cambiado en estos años. Lo que en el primer Évian era una protesta relativamente uniforme contra el neoliberalismo y la desigualdad se ha diversificado en un sinnúmero de causas, desde el feminismo a la independencia de Palestina. En definitiva: todo cambia, pero nunca del todo.