Jesús Villalba, venezolano residente en Galicia: «Si mi primo estaba vivo, no tuvo la fortuna de ser rescatado a tiempo»

Amara Santos REDACCIÓN / LA VOZ

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Jesús Villalba, Eduardo Suárez y Andrea Rivera en el aeropuerto en Venezuela.
Jesús Villalba, Eduardo Suárez y Andrea Rivera en el aeropuerto en Venezuela.

Su familiar vivía junto con su pareja en la planta séptima de un bloque de viviendas de La Guaira que quedó totalmente destrozado y se trabaja para recuperar sus cuerpos

30 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Cinco días después de que un doblete sísmico golpease Venezuela y arrebatase la vida a más de 1.000 personas en pocos minutos, se reducen las esperanzas de encontrar a supervivientes, mientras que las familias de los fallecidos claman por recuperar los cuerpos de los suyos para que descansen en paz. Uno de ellos es Jesús Villalba, un venezolano residente en Galicia de 36 años que ha sufrido la dura pérdida de su primo, a quien estaba muy unido porque se criaron juntos en su país y con quien mantenía un contacto constante. Se llamaba Eduardo Suárez y se sabe que murió junto a su pareja, Keisy Álvarez, en su vivienda de La Guaira. «Cuando llega una llamada de Venezuela de madrugada sé que son malas noticias», explica el joven que emigró en el 2019.

Tras enterarse de los terremotos por su madre, enseguida intentó comunicarse con sus allegados de Venezuela y localizó a todos menos a su primo, que nunca respondió. «Nos pusimos todos en contacto, empezamos a escribir y vimos que él no contestaba», cuenta. Vivían en la planta siete de un inmueble que quedó totalmente en ruinas y espera que lo antes posible se pueda recuperar su cadáver y el de su mujer, que permanecen atrapados entre escombros con pesadas losas encima. Al día siguiente de la tragedia y a raíz de un vídeo publicado en redes sociales, Jesús confirmó lo peor, ya que lamentablemente vio el bloque de viviendas de su primo destrozado y su coche aparcado fuera, un mal presagio que tuvo un fatal desenlace.

«Si Eduardo y Keisy estaban vivos después de los terremotos, no tuvieron la fortuna de ser rescatados a tiempo, entre las primeras 24 y 48 horas. Dos días después de todo los rescatistas aún no habían llegado a su casa», lamenta, mientras recuerda con pena como gran parte de sus familiares mantuvieron la esperanza de encontrarles con vida hasta el final. «Recibir la noticia fue muy duro y después de cuatro días me resigné y asumí que era casi imposible que hubiesen sobrevivido», afirma con pesar.

Cartel de búsqueda de Eduardo Suárez y Keisy Álvarez, dos víctimas de los terremotos en Venezuela.
Cartel de búsqueda de Eduardo Suárez y Keisy Álvarez, dos víctimas de los terremotos en Venezuela.

«No pueden trasladar el cuerpo a El Tigre, donde viven mi tía y mis primos, porque no lo pueden sacar, aún están en eso. La zona está totalmente devastada y los medios son casi nulos», concreta. Para llegar al punto donde ellos estaban pasaron casi tres días desde que sucedió la catástrofe, pero los trabajos son aún muy iniciales y queda mucho por hacer. Jesús y los suyos son del pueblo Río Caribe, en el estado venezolano de Sucre, aunque actualmente sus hermanos viven en Caracas y están a salvo. La última vez que vio a su primo con vida fue en un aeropuerto venezolano antes de regresar a España tras hacer la única visita a su país desde que emigró.

«Es muy triste, porque acababa de cumplir tan solo 40 años, pero los últimos cinco minutos que estuve con él, que no sabía que serían los últimos, me llenaron el alma y pudo conocer a mi hija», recuerda emocionado. Destaca que fue precisamente su primo la última persona que pudo abrazar antes de iniciar su vida en España, mientras reconoce que «vivir a distancia lo hace todo más complicado», sobre todo «el no despedirse de muchos seres queridos que al final formaron parte de tu vida y que es difícil aceptar que ya no están».

A esto se une el pesar por conocidos de su pueblo natal que le consta que a día de hoy siguen desaparecidos, además de que otras personas de su entorno perdieron sus casas y duermen al borde de la carretera, muchos en tiendas de campaña improvisadas a la espera de encontrar un lugar mejor para quedarse y poder comenzar de nuevo, aunque eso no parezca posible ahora mismo.

Villalba ha tenido que aprender a hacerse fuerte y enfrentar con entereza los miles de kilómetros que le separan desde hace años de su gente, ya que no es la primera vez que ha perdido a alguien desde que emigró. La anterior pérdida dura fue la de sus abuelas, pero en Galicia cuenta con el apoyo de su pareja, Andrea, sus dos hijos, Lara y Mateo, y de sus suegros, a quienes considera sus «segundos padres». «Tengo una sensación de vacío, de impotencia, de no poder ayudar ni hacer nada, simplemente estar pendiente de lo que me dicen por teléfono, colaborar económicamente, moralmente y sentimentalmente. Es lo que nos tocó y hay seguir adelante», expone.

En este difícil trance, algo que ha decidido junto a sus personas más cercanas es no ver los informativos. «Evitamos ver todas esas noticias porque sino no salimos del agujero», se sincera intentado recomponerse.