Juan Evaristo Valls Boix, filósofo que defiende el JOMO frente al FOMO: «El descanso no puede ser un lujo de unos pocos, es un derecho de todos»
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¿Se puede hackear el sistema desde dentro? El joven filósofo del momento habla de las bondades de no hacer nada y practicar el JOMO (Joy of Missing Out) frente a la cultura de la autoexplotación y el postureo
18 jul 2026 . Actualizado a las 10:03 h.En un mundo hiperconectado donde la identidad se construye a golpe de productividad, autoexplotación y un constante FOMO (Fear of Missing Out, ‘miedo a perderse algo’) laboral, emerge una corriente de resistencia que reivindica el descanso no como un privilegio de clase o una mercancía de lujo, sino como un derecho político y una necesidad fisiológica básica. En su libro JOMO, el placer de perder, el filósofo Juan Evaristo Valls Boix (Elche, 1990) nos invita a practicar el JOMO (Joy of Missing Out): el placer de desconectar, abrazar la tranquilidad y sabotear la productividad impuesta en nuestras vidas y relaciones.
—¿Cómo convive la contradicción de promocionar un libro y practicar el JOMO?
—Sí, es una contradicción y estoy teniendo bastantes problemas de estrés porque, efectivamente, no dejo de hacer entrevistas. Los libros necesitan alcanzar un momento de visibilidad para no quedar sepultados con la marea de novedades. Y el autor ha de implicarse en eso también. Si yo no hiciera esto, el libro no existiría. Además, cualquiera que se pregunte por las condiciones de funcionamiento del mundo en el que vive comienza a establecer una contradicción o una distancia con él. Seguimos perteneciendo a este mundo porque lo necesitamos para pagar el alquiler, pero a la vez hay un deseo o un esfuerzo por deshacerlo. Creo que el hecho de que circule un mensaje contra la circulación es una forma de hackear un poco el sistema.
—¿Desde dónde podemos plantear el JOMO para que no se convierta en un lujo de clase?
—El JOMO alude a una reorientación del deseo, a un cambio de sensibilidad. Tras la pandemia y ante la epidemia de malestar, hay un esfuerzo de base por redefinir la «vida buena» desde la tranquilidad y el descanso. A partir de ahí, renunciar es un privilegio porque requiere condiciones materiales determinadas, y el neoliberalismo siempre intenta capturar estas prácticas como mercancía de lujo. Frente a esto, planteo dos cuestiones: si pensamos la renuncia en sentido individual es un privilegio, pero si la pensamos como organización política de base y autogestión es un ejercicio de resistencia. Como hoy la desconexión se vende como un privilegio, cuando en realidad es una necesidad fisiológica y un indicador de justicia social, de lo que se trata es de reivindicar el descanso como un derecho universal. Necesitamos articular un proyecto político que garantice las condiciones materiales mínimas para todos. Lo que interesa son las respuestas colectivas: el derecho al techo, los movimientos contra la gentrificación de las ciudades y el activismo antitrabajo.
—¿La concepción de la vocación y el entusiasmo se ha convertido en otra maquinaria más de producción?
—Sí. El capitalismo tardío convirtió el trabajo en un supuesto espacio de libertad, realización y pasión, donde el deseo del sujeto está plenamente implicado. Ahora competimos por proyectos, la empresa se vende como «una familia»y el síntoma de éxito es trabajar en lo que te gusta aunque esté mal pagado.
Esta pasión por el trabajo es una forma de gobierno que busca desvanecer el sentimiento de alienación: de forma que si «trabajas de lo que te gusta, luego no te quejes», si crees que te estás realizando, te culpas a ti mismo en lugar de ver la explotación. El entusiasmo se ha vuelto obligatorio; si no muestras motivación constante o disponibilidad total, puede ser motivo de despido. No solo tienes que trabajar, sino que también te tiene que gustar. Así desaparece la capacidad crítica y se disuelve la protesta. Contra esa perversa estructura afectiva se rebelan los movimientos antitrabajo.
—¿Por qué crees que asusta tanto defender el derecho a ser mediocre en el trabajo y poner el foco vital fuera de él?
—No creo que dé miedo socialmente; al contrario, es un sentir generalizado de tomar distancia, de no creérnoslo y una forma de conciencia crítica. Lo que ocurre es que las exigencias del entorno laboral siguen presionando hacia la optimización constante, y esta cultura está muy asentada. Y eso es lo que da miedo. Hoy en día, encadenar varios proyectos o trabajos (multitask) se ha vuelto necesario para llegar a fin de mes. Esta es la expresión del FOMO (miedo a perderse algo) laboral: el miedo del freelance o del falso autónomo a rechazar un encargo por si no le vuelven a llamar. Ser conscientes de este miedo, de que queriendo parar no podemos porque hay que pagar el alquiler, ya es un avance. Ser conscientes de que tenemos miedo es ya una forma de JOMO, es decir: «Ya me gustaría a mí poder parar», «ya me gustaría a mí tener un espacio donde poder estar desconectado». Parar se ha vuelto deseable y se reconoce como una forma de libertad, rompiendo con el viejo imaginario neoliberal que asociaba el descanso con ser un fracasado.
—¿Cómo podemos sabotear la productividad dentro de nuestras relaciones personales?
—Escuchando el malestar con conciencia política y estructural. Ya nos damos cuenta de lo desagradable que es el networking o ver las relaciones como una acumulación de capital social y consumo de cuerpos. Una vida social basada en el rendimiento del otro no es un vínculo ni una forma de cuidado. La gente joven está reorientando su deseo hacia encuentros no mediados por la identidad ni el consumo, donde se pueda «desaparecer»: ir a la montaña, estar en un parque sin mirar el teléfono o dar un paseo. Para que esta sociabilidad tranquila ocurra, se necesitan espacios públicos libres de consumo (plazas, bibliotecas, centros sociales) y tiempo liberado del trabajo. El deseo de JOMO debe traducirse en una demanda política para reorganizar las ciudades.
—¿Cómo nos deshacemos de la culpa estructural que sentimos cuando no estamos siendo productivos?
—El primer paso es cuestionar si esa culpa es legítima. La culpa por «no aprovechar el tiempo» es sustancial a un sistema que aplica la lógica financiera del crecimiento a toda nuestra existencia. Bajo el imperativo del «siempre más», nunca somos suficientes y siempre sentimos que estamos en deuda. Esta lógica coloniza también el tiempo libre («tengo que hacer este viaje», «me renta quedar con esta persona»). La culpa es un mecanismo para redirigir nuestro deseo hacia dinámicas de consumo.
—¿Qué opinión te merecen los retiros espirituales o el «mindfulness» que se venden en el mercado?
—Me quedo con eso: son productos. Que estas ofertas lujosas del descanso tengan cada vez más pujanza es un síntoma de esa reorientación de la sensibilidad. El problema es que la única imagen que tenemos del descanso y de la pereza en nuestro mundo es la de una mercancía o una propiedad privada. Sin embargo, el descanso ha de ser un derecho para todos, porque es el descanso lo que dignifica, no el trabajo. En una sociedad donde estamos alienados porque no podemos parar, parar es una forma de libertad. Distribuir el descanso y organizarlo políticamente es una forma de igualdad, porque sabemos que no todos los cuerpos duermen igual; duermen peor los cuerpos que hacen posible que otros duerman (cuerpos migrantes, racializados, mujeres en trabajos reproductivos, camareras de piso, etcétera). Por eso me parece sangrante. Si pago 3.000 euros para irme a un bosque a escuchar el ambiente y dormir, seguro que es muy profundo, pero concebirlo solo para «recargar las pilas» o como un privilegio es el problema. La clave es que sea un derecho: que la pereza y el descanso dejen de ser un lujo caro de unos pocos y se conviertan en un derecho para todos y todas.
—¿Hay espacio en el panorama político actual para articular estos derechos al descanso?
—Quiero pensar que sí, porque hacia allí apuntan las demandas sociales contemporáneas. Ya vemos propuestas como la jornada de 30 horas de la CNT, leyes de desconexión digital o la regulación de alquileres. También hay un auge en el urbanismo enfocado en pacificar las ciudades, crear refugios climáticos y habitar espacios sin tráfico, siguiendo ejemplos como Viena o Copenhague. Los partidos políticos que logren traducir este deseo de placidez en un programa que baje el coste de la vida y proteja el descanso como un derecho serán los que ganen la batalla cultural.