Natalia Gómez, de ejecutiva de éxito a recorrer sola la España vaciada: «Las expectativas amorosas son un palo en las ruedas del verdadero amor»

ANDREA GARCÍA / S.F.

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Natalia Gómez del Pozuelo con su mochila en un momento de su viaje en solitario.
Natalia Gómez del Pozuelo con su mochila en un momento de su viaje en solitario.

A los 55 años emprendió su viaje de 450 kilómetros por la España vaciada para encontrarse a sí misma. De esta experiencia nace su libro «La mirada del corzo», un diario novelado en el que relata toda su aventura y sus reflexiones

20 jul 2026 . Actualizado a las 14:25 h.

Natalia Gómez del Pozuelo (Madrid,1967) tiene ahora 59 años, es escritora madrileña y, hasta el año 2020, ejecutiva de éxito en el sector empresarial. Hasta ahí todo encajaría dentro de la normalidad de una carrera corporativa impecable, menos por el hecho de que decidió romper de forma drástica con ese estilo de vida para entregarse por completo a su verdadera vocación: la escritura. «Un paso fuerte, complejo, que transité luego en zigzag con dificultades económicas pero del que nunca me he arrepentido», indica. Ese es el resumen de una historia que comenzó mucho antes de emprender una travesía que la llevaría a recorrer un total de 450 kilómetros a pie durante 22 días por los senderos más olvidados de la España vaciada. «El destino me daba igual, el tiempo me daba igual, no tenía que llegar a ningún lado, solo caminar, percibir y narrarlo», señala esta mujer, que buscaba el silencio para centrarse solamente en sí misma.

El resultado madurado de esa intensa travesía es La mirada del corzo, un diario novelado que condensa un año de mutación interior y profunda reconfiguración existencial. Lo que comenzó originalmente como una crónica diaria enviada en tiempo real a los miles de suscriptores de su newsletter personal terminó transformándose en una obra que reflexiona sobre la libertad, el miedo real frente al imaginario, el valor de la soledad y, sobre todo, esa lucha definitiva contra los automatismos aprendidos del amor.

El concepto y título de la obra nacen de un momento revelador al inicio de la travesía, cuando se topó con un magnífico corzo que la miró fijamente, con «curiosidad y apertura, sin expectativas, con un presente pleno». A mitad del camino, la irrupción de un atractivo ciclista francés fue justamente el detonante que le hizo detectar con claridad esos patrones románticos aprendidos que amenazaban con invadir su mente. «Tanto la mirada del ciclista como la de ella se llenan de patrones aprendidos, de expectativas. Entonces ahí se produce todo un conflicto, más que entre ellos, en lo que le sucede a cada uno de los dos con la historia que están viviendo», explica la escritora.

Para Natalia, el silencio de viajar sola le permitió escuchar solo sus propios pensamientos. Esa escucha interna y orgánica la llevó a una reflexión final que resume su aprendizaje esencial sobre las relaciones humanas: «Las expectativas amorosas románticas son un palo en las ruedas del verdadero amor». Se olvidó de las rutas masificadas, señalizadas y predecibles del Camino de Santiago, prefirió de forma consciente empezar el viaje desde su propia casa en el norte de Madrid. Cargó en su mochila únicamente lo mínimo imprescindible para la supervivencia, algo de agua, comida y un saco de dormir. El recorrido que siguió fue completamente aleatorio, se guiaba a través del GPS de su móvil, que en su opinión era totalmente prescindible. Cruzó la sierra de Guadalajara, que le pillaba de salida, se adentró en las silenciosas tierras de Soria y Burgos, y continuó su marcha en un zigzag sin prisa y ajena a las hazañas kilométricas hasta alcanzar finalmente Vitoria y Donosti.

LA SOLEDAD BUSCADA

Caminar en absoluta soledad por la «España vaciada» o menos poblada transformó radicalmente su relación con el espacio y el tiempo, convirtiéndola en «un polo de percepción fortísimo». Lejos de aislarla del mundo, la soledad buscada se convirtió en un potente imán de conexiones humanas inesperadas, sinceras y completamente desinteresadas que, en compañía de otra persona, jamás hubieran tenido lugar en su vida. Cuando el cansancio físico apretaba y el agua escaseaba al llegar a pueblos solitarios donde no había tiendas, la hospitalidad rural fue su única opción. Al mostrarse como una caminante vulnerable que no suponía ninguna amenaza para los lugareños, Natalia descubrió que los habitantes de los pequeños pueblos se abrían mucho más con ella de lo que lo harían con personas de su propio entorno cotidiano.

Esa condición de vulnerabilidad extrema hacía que personas desconocidas le abrieran las puertas de los ayuntamientos para dormir, le prepararan el desayuno «como a sus hijos» o le ofrecieran comida de forma altruista para continuar el trayecto. Se generó un espacio de intimidad en medio del camino con gente que no conocía de nada: «Me decían que hacía tiempo que no hablaban así con nadie». Sin embargo, el viaje estuvo muy lejos de ser una experiencia idílica e inofensiva. El esfuerzo de avanzar día tras día no tardó en pasarle factura a su cuerpo en forma de una dolorosa lesión en el tobillo que empeoró cada día. Además, se encontró con una ola de calor extrema e inusual para ser finales de mayo que hizo el viaje «tremendamente duro». Otro de los desafíos más inesperados para Natalia, fueron sus encuentros con animales salvajes de la zona. La autora tenía que plantar su pequeña tienda de campaña en mitad de la nada y por la noche estos animales se paseaban a su alrededor. Tuvo un encuentro inesperado con un gran jabalí a altas horas de la madrugada que quedó grabado a fuego en su memoria. «Escuché los gruñidos a un metro de mi oreja, los colmillos ahí a un metro, realmente ese fue el momento en el que sentí más miedo», relata.

EN EL MONTE NO HAY LOCOS

Curiosamente, frente a los prejuicios de la ciudad, la autora señala lo peor de viajar sola siendo mujer: «Cargar con los miedos de los demás». Antes de empezar su viaje, todo el mundo insistía una y otra vez en avisarle de los peligros que se podía encontrar viajando en solitario. Su respuesta, simple: «En el monte no hay locos. Los peligros mayores suelen estar en la ciudad. Yo llevo saliendo al monte todas las tardes y lo peor que te puede pasar es que te tuerzas un tobillo». Al deshacerse de los temores heredados de los demás, descubrió que la desprotección total en la naturaleza te libera de las cadenas de la mente: «una vez que habitas el presente de verdad, la vulnerabilidad extrema se toca con la libertad extrema, porque yo creo que jamás me había sentido tan libre como en ese viaje», asegura.

La travesía de 450 kilómetros terminó de manera física, pero ha tenido efectos en el día a día de la escritora madrileña años después de haber regresado a la civilización. La experiencia ha reconfigurado por completo su escala de valores, su forma de interactuar con el entorno y su manera de habitar el mundo cotidiano. Por un lado, lo que ella denomina una «minirrevolución vegetal», ha transformado por completo el pequeño jardín de su casa de alquiler en un huerto dedicado con mimo a la producción de alimentos. Por otro, ha puesto en marcha una «minirrevolución afectiva: reconocer el amor en todas sus facetas y darle la misma prioridad que al amor romántico». En sus propias palabras: «Es un libro que contiene un viaje, pero no es un libro de viajes. Que contiene una historia de amor, pero no es un libro de amor, sino que más bien te lleva a pensar en cómo miras, cómo viajas y cómo amas».