Valentina Pisanty: «La nueva definición de antisemitismo erosiona la calidad de nuestra democracia»

ricard gonzález BARCELONA / E. LA VOZ

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Valentina Pisanty, en una imagen de archivo
Valentina Pisanty, en una imagen de archivo

La autora italiana denuncia la manipulación del término para evitar críticas al Gobierno de Netanyahu y al genocidio en Gaza

28 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

A raíz del genocidio de Gaza, se han multiplicado las acusaciones de antisemitismo en los países occidentales. La italiana Valentina Pinsaty, profesora de Semiótica de la Universidad de Bérgamo, es autora del ensayo Antisemita, que ha sido traducido al catalán por la editorial Comanegra, y que ofrece un detallado análisis de la transformación del concepto clásico de antisemitismo promovido por el Gobierno israelí para utilizarlo políticamente contra sus críticos.

—¿Cómo ha evolucionado el significado de la palabra antisemita?

—Es un concepto bastante reciente, que aparece alrededor del año 1870. Al principio, se refería a la Liga Antisemita de Alemania, una organización que se autodefinía como «antisemita» y que era contraria a la emancipación de los judíos. En las décadas siguientes, se consolida recogiendo una serie de viejos estereotipos del judío conspirador, falso, rapaz económicamente, etc. Hasta aquí, la evolución del término ha sido la normal, fruto de su uso social. Luego, la cosa cambia.

—¿Cuándo aparece lo que llama la «nueva definición de antisemitismo» y a partir de qué mecanismo?

—En la primera década del 2000, el Gobierno de derechas israelí con el apoyo de varias entidades dedicadas a la lucha contra el antisemitismo y alineadas con su agenda política, como la Anti-defamation League, intuyen el potencial estratégico de esta palabra. Por la carga de negatividad, ven que cualquiera que sea acusado de antisemita es excluido del debate público. Con los antisemitas, al igual que los racistas, no se discute. Entonces, quieren pasar a utilizar esta palabra ya no para deslegitimar a los antisemitas, sino a todos aquellos que se opongan de manera muy abierta y visceral a las políticas israelíes. Y lo que hacen es impulsar un cambio desde arriba, y no de forma espontánea, de la definición oficial del concepto de antisemitismo.

—¿Y cuál es esta nueva definición?

—Básicamente, asimilan el concepto de antisemitismo al de antisionismo, y vinculan también el sionismo a la acción política del Gobierno de Netanyahu. De esta manera, quien se expresa de forma muy explícita contra sus decisiones políticas es acusado de antisemita.

—Cambiar el significado de un concepto no debe ser fácil. ¿Cuál fue el proceso?

—En un primer momento, no fue pensado como un instrumento jurídico o político, sino científico, para el uso de aquellas instituciones que debían monitorear y recoger datos sobre la transformación de la retórica antisemita en el siglo XXI. Y era algo comprensible porque podía pasar que alguien, a partir de una crítica a Israel, actualizara los viejos estereotipos antisemitas, recurriendo a la conspiración hebrea, etc. Tras una campaña intensa de las entidades antes mencionadas, en el 2016 se pone el sello de manera oficial a la nueva definición en un congreso de la IHRA (Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto).

—Entonces, ¿la nueva definición especifica algunos comportamientos concretos?

—La nueva definición recoge una definición general, y luego una lista de once acciones que son expresiones de antisemitismo. De ellas, siete se refieren a los discursos sobre el Estado de Israel, y al menos cuatro son muy problemáticas. Se trata de cuatro discursos que son habituales en la crítica dura a Israel, pero que no tienen una matriz antisemita.

—Y después, esa definición adopta un valor jurídico...

—Así es, la mayoría de Gobiernos occidentales se han adherido a esta definición, y se incorpora en las leyes, en las normas internas de los partidos políticos, de las universidades, etc. En definitiva, se utiliza para deslegitimar e incluso despedir de sus trabajos a personas injustamente acusadas de antisemitismo. El efecto ha sido una limitación del debate sobre algo tan importante como lo que pasa en Gaza [el genocidio], y la consiguiente erosión de la calidad de nuestra democracia.