María Roel lleva casi 20 años trabajando de profesora en EE.UU.: «Todavía no tengo la tarjeta de residente»

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María Roel en Nueva York con su libro
María Roel en Nueva York con su libro .

Esta coruñesa se marchó de España para encontrar una mejor oportunidad laboral. Ya ha pasado por seis estados diferentes, pero conseguir un empleo estable y el permiso de residencia sigue siendo una pesadilla

23 ago 2026 . Actualizado a las 13:12 h.

Cualquiera que lea la historia de María, seguramente entienda por qué esta coruñesa ha tenido que escribir Mi castillo de arena, un libro para condensar su testimonio de vida. Pero, en pocas palabras, se podría resumir en: una de cal y otra de arena. María es la menor de cinco hermanas. Cuando tenía 2 años, su padre se murió. «Mi madre se quedó sola con nosotras y tuvo que ponerse al frente de la imprenta familiar. Para mí fue un ejemplo», cuenta. Posteriormente, al cumplir la mayoría de edad, una de sus hermanas falleció de cáncer y, poco tiempo después, su madre también. Cambiar de aires siempre estuvo en su mente, volver a Galicia siempre le ha traído recuerdos. La joven decidió estudiar Derecho y se trasladó a Madrid a la Escuela de Práctica Jurídica, donde conoció a su marido. «Yo iba a ser abogada, me imaginaba defendiendo a mujeres en algún campo del Derecho. Al final he acabado trabajando en un colegio de chicas», afirma. Con su vida ya estable e instalada en la capital, se convirtió en madre de Gael. Hasta que apareció en el horizonte la posibilidad de irse a EE.UU. «Con la cosa de querer mejorar, mi hermana me propuso que me presentara en el 2007 a una plaza de profesora visitante de español. Yo tenía poquísima experiencia con la docencia, pero lo hice por si sonaba la flauta. Llegué a la entrevista, pero me faltaba el máster de profesorado», indica. María pasó un año yendo y viniendo de Granada para estudiarlo, sacrificando vacaciones y cogiendo múltiples aviones. «Me volví a presentar y me quedé en lista de espera. Primero me ofrecieron una plaza en Springfield y dejé mi trabajo en un departamento jurídico de una empresa. Después me dijeron que no podía ser. Hablé con el ministerio para que intercediera y finalmente me consiguieron un puesto en Nashville», explica.

«Noté mucho racismo»

A María todo le parecía bien. «Me dieron un contrato de tres años, sabía que en ese tiempo no tenía que preocuparme de nada nunca más. Nos fuimos y tuve que casarme con mi marido por el tema del visado», cuenta. Sin embargo, no todo iba a ser maravilloso. El choque cultural fue muy fuerte. «Noté mucho racismo y machismo. A mí me han llegado a llamar la atención por llevar unos pantalones de traje por encima de la rodilla. Además, existe mucho fanatismo religioso», afirma. Su contrato también se desvaneció. «Cuando llegué, trabajé como una loca, me puse enferma y me dieron una carta en la que decía que no me renovarían al año siguiente. Yo no llevaba ni tres meses allí», confiesa. Entre lágrimas por haberlo dejado todo en España, María consiguió que le encontrasen otro puesto en un colegio de Portland, cerca de Kentucky. «Era otra vez en el medio de la nada, pero era superbonito. Las casas eran amplias, con jardines enormes... Para mi hijo era perfecto», puntualiza. Pero el pequeño también había tenido problemas para adaptarse. «Allí, si los padres firman un permiso, los profesores tienen la potestad de pegarles a los alumnos. A mi hijo le pegaron sin nosotros haberles permitido nada», confiesa. Todo iba bien hasta que ella se quedó embarazada de su segundo hijo, Liam. «Ahí apareció el problema. No me renovaron por eso, aunque no me lo dijeran directamente. Simplemente me comentaron que no iban a necesitar profesora de español el curso siguiente. Cometí el error de decírselo inmediatamente a mi jefe y no tenía que habérselo dicho», explica.

Era el 2010 cuando María y su familia tuvieron que volver a cargar con sus bártulos hacia otra ciudad. En este caso, les tocó aterrizar en Memphis. «Seguí buscando trabajo, pero tenía que fingir que no estaba embarazada. Me hicieron una entrevista en un colegio de Memphis. La ciudad nos acogió superbien. Estuvimos hasta junio, pero mi visado se acababa y Recursos Humanos del distrito no me patrocinaron para seguir porque, cuando tienes un visado como estos de intercambio, son solo tres años y después te tienes que volver a tu país durante dos. Ese es el requisito que firmas», indica. Sin embargo, en lugar de volver a España se marcharon al Reino Unido. «Estuvimos en Inglaterra y todo fue muy bien, lo que pasa es que yo siempre quise volver, era como que me quedaba un ciclo sin cerrar», confiesa. Por eso regresó a intentar cumplir su sueño. «Tuve la oportunidad de volver a participar en el programa de profesores visitantes y me cogieron para irme a Texas», indica. ¿El paisaje? Como el que se describe en cualquier película de dibujos animados: solamente una bola del oeste rodando sin descanso en medio de la nada. Sobre a qué olía su zona, ella dice que a petróleo. Su hijo mayor, de 10 años, y su pequeño, de 4, acudían a clase al mismo centro donde impartía docencia. «Era un colegio de primaria y tenían un programa bilingüe para niños que hablan en casa español, por lo que no les ponen directamente en una clase de inglés. Los críos van adquiriendo el idioma poco a poco. Lo que pasa es que eso les crea un aislamiento, porque no se integran con el resto del colegio. Son los “niños de bilingüe”, por lo que es más bien un estigma en Estados Unidos que realmente una ventaja», explica.

Con un buen sueldo y contentos con su situación personal, a María le tocó operarse. «Estaba fatal de las alergias, se me pusieron muchísimo peor por la contaminación de aquí. Empecé a tener pólipos en toda la zona nasal y hasta el oído. Al operarme perdí el olfato, lo pasé fatal», afirma. Muy a su pesar, tuvo que moverse de nuevo. «Tuvimos que tomar la decisión de cambiar, entonces dejé el programa de profesores visitantes y me metí en otro programa que hay muy parecido, que es para docentes de intercambio. En este caso vienen profesionales de todo el mundo, no solo de español», afirma.

En caravana a Seattle

Tocaba entonces coger billete para Carolina del Norte. Aquí ella y su familia estuvieron cinco años. «El superintendente de Carolina era muy buena persona. A los profesores nos dijo que nos iba a respaldar y que nos iba a patrocinar. Pero se jubiló a mitad del proceso y yo me quedé con el visado otra vez casi expirado. Aunque esta vez era de cinco años, tenía que volver a estar dos años otra vez en Europa», confiesa. La ansiada tarjeta verde — documento oficial que prueba la residencia permanente legal en Estados Unidos— parecía llegar a través de un mensaje de LinkedIn que recibió posteriormente. «Al poco, me llegó un mensaje de una señora de Alaska que ponía: “¿Has pensado alguna vez en vivir aquí? Tenemos plazas para el programa de inmersión de español”. Les pregunté si patrocinaban y me contestaron que sí, que me harían todos los trámites del visado de trabajo y que ya no sería de intercambio. Era un paso más para conseguirla», cuenta.

Tardaron casi un año en gestionar todos los papeles, desde enero del 2019 a finales de noviembre. Y allá se fueron. «Fue una aventura ir, porque nos marchamos en caravana por el medio de la nieve. La dejamos aparcada en Seattle, que está en la costa oeste, pensando en volver esa primavera y que solo serían tres meses», indica. Pero, finalmente fueron tres años. «Para mí fue una de las mejores etapas, porque no solo el programa de inmersión de allí es increíble, sino que su sistema educativo funciona muy bien. Están superbien organizados, tienen un montón de idiomas, los niños están realmente interesados en aprenderlos... Incluso conocí a una niña coruñesa que se había venido de intercambio con una beca», indica. Por fin parecía que todo iba sobre ruedas, y que María y su familia habían encontrado su sitio. «El colegio era grande, tenía 2.000 alumnos. Yo me imaginaba que iba a estar ahí en un pueblito perdido como en Doctor en Alaska. Con las anteriores experiencias, como para no pensarlo», cuenta entre risas. No obstante, otra vez su visado tenía fecha de caducidad. «Cuando ya se estaba terminando, hablé con la abogada del distrito y me contestó que no me iban a patrocinar para la tarjeta verde porque, según ellos, pusieron un anuncio con mi puesto de trabajo y había muchos americanos dispuestos a cogerlo. Así que, yo no tenía derecho sobre ellos», confiesa. ¿Y qué pasó con la caravana que dejaron en Seattle? Pues se la encontraron totalmente destrozada. «Nos robaron, solo quedó su esqueleto», afirma.

Al mismo tiempo, vuelta de nuevo a buscar empleo. Esta vez tocaba Arizona, donde pasaron un año. Y una pesadilla. «Lo de Arizona fue traumático. Cuando llegamos todo iba fenomenal, ya no estaba de profesora, sino que trabajaba en el departamento de liderazgo coordinando la lengua extranjera y todas las asignaturas opcionales. Pero, de pronto, hubo una ola de racismo y boicot a la superintendente porque era negra. No pararon hasta que la echaron. Nos marchamos porque pensé que no podía estar metida en ese lío», indica. Sumando colegios a su currículo, ahora añadía uno en Nueva York. «Era internacional. Estaba en Manhattan, en el distrito financiero, superbien. Pero en el momento que le dije a la directora que estaba preparando un curso para poder tener ese puesto, le pareció fatal porque pensaba que se lo quería quitar. Sufrí tal nivel de acoso que me tuve que ir a mitad de curso», explica. Parecía que esta vez era la vencida, cuando después de pasar por ese centro, le ofrecieron un puesto en otro de Brooklyn con la tarjeta verde incluida. «Confié en la persona que estaba con los visados. En noviembre del año pasado me llamó y me dijo que se había equivocado, que el visado que tenía mientras esperaba la tarjeta se había expirado en julio en lugar de noviembre. Estuve varios meses ilegalmente sin yo saberlo y andando tan tranquila por la calle. Lo peor de todo es que yo les había estado pidiendo el recibo donde viene su expiración desde enero, pero nunca me lo dieron. Tuve que estar desde noviembre hasta el 30 de abril sin trabajar ni cobrar por culpa del colegio. Todavía sigo pendiente de mi visado, ahora mismo estoy prisionera. Vendimos nuestra casa de Madrid para comprarnos esta y nos vamos a tener que ir por la puerta de atrás», concluye.