Eduardo Rodríguez empezó a trabajar a los 14 años de botones: «En tres años ya ganaba más que mi padre, que mantenía una familia de cinco»

ALEJANDRO CASTILLO / S.F.

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ANGEL MANSO

Entró al banco asustado, sin saber siquiera hacer un currículum. Cuatro décadas después, había pasado de botones a ser el director de oficina más joven en la historia de la entidad.

22 sep 2026 . Actualizado a las 08:56 h.

Antes de que existiera el correo electrónico, en aquellos tiempos en que los bancos ocupaban un inmueble entero, empleaban a cientos de personas —tantas que el propio edificio parecía quedarles pequeño, siempre con esa sensación de lugar abarrotado— y en los que toda la información giraba alrededor del papel o se guardaba en las míticas tarjetas perforadas, existía un oficio que era el peldaño más bajo en la jerarquía de una oficina financiera decimonónica. Era el primer escalón de una carrera financiera que ahora suele comenzar desde una prestigiosa escuela de negocios. Con 14 años y seis meses Eduardo Rodríguez (A Coruña, 1959) empezó a trabajar en la banca como botones.

Su trabajo consistía en llevar documentos y paquetes entre todas las plantas del edificio, además de otras pequeñas tareas administrativas básicas que se le indicaran. Cuando él entró solo había una plaza más, ocupada por un chico de su misma edad, y entre los dos fueron los primeros botones de todo el banco. «Estábamos todo el día de arriba para abajo, no había ascensor. Me mandaban llevar un papel hasta la asesoría jurídica en el séptimo piso y yo estaba en la planta baja. A lo mejor al último piso subías unas 40 veces solo en la mañana. Cuando llegaba a casa, mi madre me ponía agua tibia con sal porque llegaba con los pies sangrando», recuerda.

Eduardo trabajó en uno de los primeros bancos de A Coruña. Había sido un estudiante sobresaliente. Su padre se ganaba la vida en una fábrica y, por las tardes, sumaba un segundo oficio limpiando y tapizando muebles. Su madre limpiaba oficinas y, en sus ratos libres, cubría turnos como taquillera de cine, en una época en que la ciudad estaba repleta de salas. «Le preguntaba en cuál iba a estar y yo llegaba, me metía en la taquilla, hacía mis deberes rápido y luego entraba a ver películas. A veces me veía dos seguidas», relata.

Su primer trabajo llegó por casualidad. Su tía trabajaba limpiando las oficinas de Hacienda. Un día le preguntó a uno de los abogados que trabajaba allí si sabía de algún empleo para su sobrino mayor, el hermano de Eduardo. A los pocos días, este señor le dijo a su tía que no había nada para el mayor, pero que había un banco que estaba buscando chicos jóvenes para plazas de botones, que se presentara. Su padre lo cogió y lo plantó delante de la puerta del banco y solo le señaló la entrada. «En aquellos tiempos te movías tú solo sin ayuda de tus padres. Ese día estaba acojonado. Me acordaré toda la vida, no quería ir a trabajar en un banco y lloré una semana entera», cuenta. Tuvo la suerte de encontrarse con una secretaria que fue su ángel de la guarda: «Era un cielo de mujer. Me dio un folio y un bolígrafo y me dijo: “Haz un currículo”. No sabía qué era eso y me debió de ver la cara de pena de lo asustado que estaba, así que me lo hizo ella». Al empezar, le pusieron una sola condición: terminar el grado escolar, equivalente al bachillerato.

ASCENSO METEÓRICO

Trabajaba desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde. Después se iba a estudiar a la academia desde las nueve hasta las doce. «Cuando tienes esa edad la fortaleza es impresionante. Al terminar el grado, el banco me dio dos opciones: o enfocas tú una carrera o te enfocamos nosotros. Me mandaron a un centro de formación y en lugar de ir a trabajar, durante un año, iba a estudiar».

Con el paso del tiempo, confiesa, se ha convertido en el rey de los cursos. Hizo de todo, dice: valores extranjeros, prevención de capital, entre muchos otros. «He estudiado de todo y no tengo título universitario de nada. En esa época era así», dice entre risas. A los 18 años pasó de botones a ordenanza. Poco después llegó el servicio militar obligatorio que hizo en el campamento de Cáceres y después en Madrid. El banco le mantuvo el puesto, como era costumbre entonces, y le siguió pagando el 70 % del sueldo mientras cumplía el servicio. Volvió con poco más de 20 años, lo hicieron administrativo de inmediato. Seis meses más tarde lo trasladaron a abrir una oficina nueva. Año y pico después lo nombraron apoderado, y apenas seis meses más tarde, interventor. Al año siguiente, con 27 años recién cumplidos y dos después de casarse, lo nombraron director de oficina, un puesto al que, según él, llegó siendo el más joven de todo el banco. «Los primeros 25 años fueron increíbles, luego ya la cosa comenzó a cambiar en la banca, ya primaba la venta sobre el cliente. En los últimos años me pasó factura a nivel físico», confiesa.

En poco tiempo, su nómina comenzó a sorprenderle. «Con casi 15 años ganaba un poco menos que mi padre, que mantenía una familia de cinco. Un año después ya ganaba más que él. En ese entonces te pagaban en una bolsita de plástico. Llegaba a casa, le daba mi nómina a mi madre. Ella cogía una parte para ayudar en casa y yo la mía. Una tercera parte, lo supe años después, me la ingresaba como ahorro en una cuenta», relata con orgullo. Comenzar a trabajar tan joven le dio una «soltura» que mantiene hasta el momento. «Me he equivocado como cualquiera, pero a mí me ayudó a quitarme el miedo, me dio libertad para moverme y tratar con las personas. Creo que ahora somos nosotros los que protegemos de más a nuestros hijos», reconoce.

Cuando se detiene a reflexionar sobre su carrera profesional y la contrasta con la realidad actual reconoce que el suyo es un caso singular: «No me perdí nada. Al contrario, disfruté cosas que otros no pudieron». Y agrega: «Nunca dejé de ser un chaval de barrio. Salía con los mismos amigos de siempre, y algunos entraron también de botones en la banca. Al poco tiempo de cumplir 20 me fui de casa. Mi esposa dejó su trabajo por decisión propia para dedicarse a nuestro hijo. Vivíamos bien solo con mi salario. Soy de los pocos que logró una pensión vitalicia. Hoy eso es impensable. Mi circunstancia es un poco especial, sé que soy un privilegiado».