Del gas pimienta de Vázquez a la impresora de Rufián: un escaparate político de objetos extravagantes
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El exdiputado Vicente González Lizondo, en 1989, mostró una naranja en la tribuna para denunciar el abandono de la citricultura valenciana. Desde entonces, existe una sustanciosa lista de políticos que han seguido sus pasos con todo tipo de cachivaches, algunos más acertados que otros
23 sep 2026 . Actualizado a las 21:12 h.«El medio es el mensaje», escribió el filósofo y teórico de la comunicación Marshall McLuhan en 1963. Se refería a que lo más importante en una idea no es su contenido, sino cómo se transmite. La forma. Desde finales del siglo pasado hasta la actualidad, existe un grupo creciente de políticos que han intentado poner en práctica esa máxima —con mayor o menor acierto—, y sus ocurrencias han dejado todo un escaparate de objetos y extravagancias dignas de mención: de balas a adoquines, pasando por impresoras, silbatos y naranjas. Así es que la diputada del PP Ana Vázquez, que este miércoles fue expulsada del pleno en el Congreso de los Diputados por mostrar un bote de gas pimienta, no es un caso aislado, sino una entrada más en una larga lista de excentricidades y rarezas.
1989
La naranja de Vicente González Lizondo. En 1989, el entonces líder de Unió Valenciana (UV), Vicente González Lizondo, inauguró este escaparate político con una naranja inolvidable. «Cuando termine de arruinar a Alicante, Castellón y Valencia, habrá arruinado a España», le afeó al expresidente del Gobierno Felipe González, y cuando bajó de la tribuna depositó la fruta sobre el escaño del socialista. Treinta y siete años después se sigue recordando aquel gesto que, de hecho, le valió a UV su mejor década.
1995
Mikel Zubimendi protesta con cal viva. Mikel Zubimendi Berastegi fue elegido parlamentario vasco por Herri Batasuna (ilegalizado en el 2003 por actuar como brazo político de ETA) en 1994. Ya en aquel año protagonizó un incidente al presentarse con una camiseta en la que aludía a los ertzainas como asesinos. Poco tiempo después, en 1995, arrojó un saco de cal viva en el escaño del consejero vasco de Justicia, el socialista Ramón Jáuregui, para protestar por la tortura, el secuestro y el asesinato de los presuntos etarras José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala, atribuido a los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL).
2012
Una lámpara minera con historia. «Algunos compañeros sabían que la tenía y otros se quedaron sorprendidos cuando la saqué —explicó el entonces diputado socialista y expresidente asturiano Antonio Trevín al Diario de León en el 2012—, porque no todo el mundo sabe qué es». Había sacado una lámpara minera en el Congreso para denunciar el abandono del sector por parte del Gobierno de Mariano Rajoy. «Es un símbolo muy importante de la minería —prosiguió—, de cuando servía para iluminar pero también para detectar si había grisú [un gas que puede provocar explosiones mortales en las galerías]». El político, fallecido el año pasado, quiso usar «la luz» de la lámpara para abrir un diálogo entre los representantes mineros y el Ejecutivo.
2012
Un silbato y un suéter de Wally. Cuando Rajoy anunció en el Congreso que iba a subir el IVA, recortar la prestación por desempleo y eliminar la paga extra de Navidad a los funcionarios, en el 2012, el diputado de Compromís Joan Baldoví sacó una camiseta y un suéter. «No sabía si ponerme esta camiseta negra [en defensa de la educación en valenciano] o esta a rayas», explicó. «La de rayas es la camiseta que llevaba Wally, que me recuerda a usted, señor Rajoy. A usted, como a Wally, le gusta rehuir y esconderse». Un mes antes, Baldoví ya había sacado un silbato para cuestionar una propuesta del PP valenciano, que pretendía sancionar las ofensas a España y sus símbolos después de la sonada pitada a la familia real en la final de la Copa del Rey. «Con la que está cayendo, nos traen una proposición de pitos», ironizó.
2017 y 2022
El catálogo de Rufián: una impresora, esposas y balas. Si hay un ejemplo preeminente para aquella frase de McLuhan, ese es Gabriel Rufián. El político de ERC consolidó su fama en el 2017 cuando llevó al Congreso una impresora «republicana» para advertir al Gobierno de que el 1-O habría referendo «sí o sí». «Esto es lo que persiguen, el arma del delito», bromeó, antes de denunciar los registros de la Guardia Civil en una imprenta de Tarragona y en el semanario El Vallenc. Ese mismo año, Rufián sacó unas esposas y abandonó la Cámara Baja al son de: «Ojalá Rajoy acabe con una de estas». Después de aquellos momentos icónicos, hubo que esperar casi cinco años para que el de Esquerra aumentase su inventario de curiosidades. Lo hizo finalmente en el 2022, durante el debate del estado de la nación, en el que mostró tres balas para criticar una actuación policial en la frontera de Melilla por la que habían muerto 27 personas. «Las recogió mi compañera en la frontera», espetó tras sacar los cartuchos de su bolsillo.
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2019
Albert Rivera y su adoquín. En este caso fue durante el debate electoral previo a las elecciones del 2019. El líder del extinto Ciudadanos, Albert Rivera, empezó su intervención blandiendo un adoquín. No es «un trozo del muro de Berlín —dijo—, sino un adoquín de Barcelona que lanzaban a los policías». De aquella manera tan pintoresca le preguntó a Sánchez si le parecía normal que en Cataluña volasen adoquines, en alusión a las declaraciones del líder socialista en las que aseguraba que en la comunidad catalana había «normalidad».
2025
Una bolsa de arena tóxica en el Senado. La última mención del escaparate de curiosidades es para el senador popular Francisco Bernabé y la bronca que desató en la Cámara Alta cuando le entregó una bolsa de arena contaminada a la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen. Protestaba por la decisión «unilateral» del Gobierno de «romper el consenso existente para la regeneración medioambiental de la bahía de Portman, en Murcia», y optar en su lugar por el «sellado de los residuos mineros contaminantes». Acto seguido, se levantó de su escaño y colocó frente a Aagesen el saco de arena. Los socialistas, desorientados en un primer momento, acabaron denunciando el gesto como «acoso».