Nerea Pérez de las Heras, tras perder la pierna por una hélice de una embarcación: «La euforia de salvar el pellejo dura muy poquito»
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En el verano de 2023, en Formentera, las hélices de una embarcación le mutilaron la pierna derecha. En ese momento tuvo que hacerse un torniquete para no morir. Tres años después publica «Fantasma», un libro que elude el folletín dramático
27 sep 2026 . Actualizado a las 10:39 h.El ejercicio de mirar al pasado para analizarlo no surge siempre como un acto voluntario ni premeditado; a veces se impone tras una sacudida que quiebra la existencia en dos. Para Nerea Pérez de las Heras (Madrid, 1982), el punto de inflexión llegó en el verano del 2023 en aguas de Formentera, cuando las hélices de una embarcación de recreo le mutilaron la pierna derecha. Tres años después de aquel suceso, que cambió su fisonomía y su percepción del mundo, la autora publica Fantasma (Alfaguara, 2026), un libro que elude con astucia el folletín dramático y la trampa del libro de autoayuda para situar la experiencia del cuerpo convaleciente en el centro del debate público.
En la primera toma de contacto con la obra, llama la atención la inmediatez con la que la escritora aborda el choque. No hay rodeos ni dilaciones innecesarias para encajar el impacto de la tragedia, pues el libro empieza así: «Mi pierna derecha se me adelantó a la muerte».
«La primera frase estaba clara», explica Pérez de las Heras durante la conversación. «Creo que no merecía mucho la pena darle suspense porque ya se sabe cómo termina la cosa. La primera frase de un libro siempre es algo muy difícil e impactante, pero sabía que quería empezar directamente por una imagen en la que la pierna desaparece». Una decisión igual de rápida que cuando tuvo que hacerse un torniquete cuando la subieron al barco para evitar morir desangrada en mitad del mar. «Hay una serie de mecanismos de supervivencia que el cuerpo pone en marcha de manera biológica e inconsciente, que tú no controlas», sostiene la periodista al recordar el momento exacto del accidente náutico. «No sabes cómo vas a reaccionar en una situación así. Son hormonas y mecanismos que se activan sin que tengas que dar ninguna orden».
Esa inmediatez contrasta con la serenidad con la que la autora descarta cualquier intencionalidad sanadora o purificadora en el acto de escribir este libro. La periodista desmarca radicalmente su propuesta de la literatura de autoayuda: «Esta obra está muy lejos de ser un libro terapéutico. Esa parte estaba resuelta bastante antes de empezar a escribir. He hecho todo lo posible para que sea un libro precisamente literario. Obviamente ha habido partes que me han hecho pensar y trasladarlas a un lenguaje literario, pero esa no era la función principal del libro».
Esa no era la única premisa del libro. Nerea Pérez de las Heras también quería que este relato estuviera atravesado por la mirada ideológica y ensayística que define habitualmente sus opiniones, columnas y pódcast: «Tenía claro que el libro debía partir de lo testimonial para estar entrelazado con lo ensayístico. Aunque hagamos como que no, la política está presente en cada parte de nuestra vida. No podemos no convivir; incluso quienes lo intentan caminan por calles asfaltadas con la participación de todo el mundo y recurren a servicios públicos que sostenemos entre todos. Está este lugar común que creo que tiene mucho sentido: a ti no te interesa la política, pero a la política le interesas tú. Estamos dentro de ella».
En ese marco ideológico, el accidente en un destino vacacional como Formentera le sirve también para entrelazar el suceso privado con la crítica a los modelos de turismo masivo y las contradicciones de clase. Lejos de interpretar la tragedia como un castigo, Pérez de las Heras utiliza el contexto insular para construir una denuncia social: «En algunas partes del libro me convenía hacer ciertos vínculos. Sufrir un accidente en un lugar tan gentrificado me servía para hablar de la turistificación, un tema que me interesa y que afecta a muchísima gente. Es una herramienta narrativa para asumir que, como turista, también tengo parte de responsabilidad y hacer que quien lea se identifique con aspectos no tan ideales de la protagonista».
Más allá de lo político, la escritora también rechaza de esta obra una lectura complaciente sobre el trauma: «No olvidamos todo; no hay que caer en la idea de que de repente eres una nueva versión de ti misma completamente exenta de las cosas difíciles que te han pasado: forman parte de nosotros». Asimismo, aborda la dura gestión del dolor tras la intervención médica: «La euforia de haber salvado el pellejo es como una droga que dura muy poquito. Estás feliz de estar viva, pero luego llega la gestión de todo lo que te ha pasado, las limitaciones cotidianas y la pérdida de la comodidad del cuerpo. La espontaneidad y la falta de dolor se han terminado para mí. El duelo es un proceso muy largo».
La dureza de lo sucedido tampoco configura una historia lacrimógena, pues pocas fueron las lágrimas derramadas por Natalia: «Yo controlaba la expresión exterior porque cuando necesitas que te cuiden creo que en un rebote también estás tú cuidando a tu entorno. Tenía mucha resistencia a exteriorizar demasiado el dolor porque eso iba a generar en mi entorno más preocupación. Casi lloraba como una cuestión de válvula de escape de olla a presión». Una contención que bebe del seno familiar: «También es algo muy asentado en mi familia: una tiranía del bienestar tremenda y una resistencia a dejarse caer. De vez en cuando ayuda, pero no tiene por qué ser siempre bueno».
Quizá por esa herencia casi genética, decidió ocultar el accidente a sus padres hasta poder desplazarse por sus propios medios: «Mis padres no estaban en posición de cuidarme; llevaban muchos años sin estarlo. Para mí siempre han sido la parte a proteger. Mi papel era no decírselo hasta poder ir con muletas a verlos en persona. Por teléfono les habría machacado».
A falta de padres, las redes de apoyo se fueron tejiendo por su pareja, Ana, hermanas o amigas. Una presencia mayoritariamente femenina, que le sirve para poner sobre la mesa el debate sobre la división del trabajo de cuidados en el ámbito privado: «En mi vida hay hombres cuidadores: mi hermano, mi cuñado y algunos amigos. Pero hablo mucho de la repartición de roles porque es artificial. No tiene nada de natural que haya tan pocos hombres cuidando: es algo estrictamente aprendido».
Otro de los ejes más firmes de su discurso es la conciencia de sus privilegios socioeconómicos. Pese a definirse como clase trabajadora —«soy autónoma, me operaron el 23 de julio y el 7 de septiembre ya estaba trabajando»—, no oculta las ventajas materiales en su proceso: «Me he sentido totalmente una privilegiada. Pensaba todo el tiempo en cómo lo hace la gente que no puede adelantar el dinero de la prótesis o que debe esperar en listas de la sanidad pública sin poder acortar plazos por la vía privada».
Así, la escritora de Fantasma afronta la promoción de esta obra como un altavoz: «Ojalá se entiendan mejor las vidas con discapacidad y se exija menos a las personas afectadas y más a las ciudades, a los gobiernos y a los servicios públicos».