La Organización Meteorológica Mundial relaciona la concentración de los gases de efecto invernadero con los fenómenos meteorológicos extremos
28 oct 2026 . Actualizado a las 08:32 h.En el sistema solar existe una región que recibe el nombre de zona de habitabilidad. Significa que no está muy lejos del Sol como para que los planetas estén abrasados ni tampoco muy lejos de la estrella como para que estén congelados. Ahí están Marte, la Tierra y Venus. Sin embargo, solo en uno de estos tres mundos hay actualmente unas condiciones compatibles con la vida: en el nuestro. Los otros dos son un infierno y un desierto congelado. Sus diferentes atmósferas determinan la temperatura media de cada uno.
Venus es el planeta más caliente del sistema solar, incluso más que Mercurio, que está más cerca del Sol. La temperatura media es de unos 464 grados. Su atmósfera contiene un 96 % de dióxido de carbono y extraordinariamente densa. La presión atmosférica en su superficie es unas 90 veces superior a la terrestre. Esta enorme cantidad de CO2 genera un efecto invernadero extremo.Marte representa el caso contrario. Aunque el 95 % de su atmósfera también está formada por dióxido de carbono, contiene muy poca cantidad de gas. Su presión atmosférica es unas 170 veces menor que la terrestre. Por eso, el efecto invernadero es muy débil y la temperatura media es de 65 grados bajo cero. La Tierra se encuentra entre ambos extremos. El dióxido de carbono apenas representa el 0,043 % de su atmósfera, pero junto con otros gases —como el vapor de agua y el metano— contribuye a tener una presión atmosférica que mantiene una temperatura media cercana a los 15 grados.
El efecto invernadero natural es una auténtica bendición. Sin él, la media global sería de unos 18 grados bajo cero. Nuestro planeta no tendría océanos de agua líquida y el clima sería demasiado hostil para cualquier forma de vida. Sin embargo, la actividad humana está alterando el regalo más preciado que nos ha dado la madre naturaleza.
A lo largo de la historia, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera ha experimentando grandes oscilaciones debido a diferentes fuentes y procesos, sobre todo a las erupciones volcánicas. Cuando aumentaba, el clima era cálido y cuando disminuía, frío. El CO2 , como el metano y el vapor de agua, atrapan el calor que emite la Tierra, como cualquier objeto del universo, hacia el espacio exterior en forma de radiación infrarroja. Actúan como un invernadero, de ahí su nombre.
La ciencia ha podido reconstruir la historia del dióxido de carbono durante los últimos 800.000 años gracias a testigos naturales como el hielo de la Antártida. Las burbujas de aire atrapadas dan información sobre la atmósfera del pasado.
La serie histórica revela que desde hace casi un millón de años la concentración tuvo valles por de bajo de los 180 partes por millón (ppm) y picos que en ningún momento superaron los 300 ppm. Esta estabilidad relativa se rompió con la Revolución Industrial, cuando el uso creciente del carbón, el petróleo y el gas comenzó a elevar la concentración. La gran aceleración se produjo a partir de 1950. Se superaron las 300 ppm a comienzos del siglo XX, se alcanzaron las 350 en 1988 y las 400 ppm en el 2016. Es decir, el 0,04 % de la atmósfera está compuesta por dióxido de carbono. Puede parecer una cifra insignificante, pero resulta suficiente como para alterar el equilibrio energético del planeta.
Ayer la Organización Meteorológica Mundial (OMM) actualizó los datos correspondientes al 2025, que cerró con un nuevo máximo histórico. La concentración media mundial fue de 425,6 partes por millón. Con respecto al 2024, el crecimiento en la concentración, de 2,8 partes por millón más, fue más del triple del aumento anual que se registraba en los años 60 del siglo pasado. Es, no obstante, algo más baja que la registrada entre el 2023 y el 2024, en parte porque el segundo de esos años —con un intenso episodio de El Niño que influyó en el aumento de temperaturas— estuvo especialmente afectado por grandes incendios que aumentaron las emisiones. La situación podría repetirse en el 2027, ya que la OMM ha advertido de un nuevo episodio de El Niño sin precedentes. Habla de aumentos de la temperatura de la superficie marina de hasta 3,8 grados, que podrían suponer un año especialmente duro en lo que respecta a olas de calor, incendios, inundaciones y otros desastres naturales.
«Los gases de efecto invernadero están atrapando una cantidad de calor en la atmósfera sin precedentes, alimentando fenómenos meteorológicos más extremos y aumentando los riesgos para nuestras economías y sociedades», indicó la secretaria general adjunta de la OMM, Ko Barrett, al presentarse las cifras. La número dos de la agencia meteorológica de Naciones Unidas recordó que los once últimos años han sido los más cálidos nunca antes registrados, que el dióxido de carbono permanece largo tiempo en la atmósfera y que todavía seguirá afectando al clima mundial durante siglos.
Bruselas pide prepararse para un calentamiento de 3 grados
La Comisión Europea quiere incorporar los riesgos climáticos a sus decisiones políticas y económicas, con el fin de adaptar Europa a una realidad climática cada vez más extrema, que habla de un calentamiento global de tres grados para finales de siglo como referencia. Este es uno de los objetivos del nuevo marco europeo de resiliencia climática, que incluye medidas legislativas para anticiparse a los efectos del cambio climático sobre las infraestructuras y los distintos sectores económicos.
La propuesta del Ejecutivo pretende instaurar una cultura de prevención que permita pasar de reaccionar ante las catástrofes a prepararse para ellas, porque, aseguran, «no podemos seguir actuando como si el clima no hubiera cambiado». Los modelos con los que trabaja Bruselas apuntan a un calentamiento global de dos grados para mediados de siglo y de tres grados para el 2100, aunque se utilizan también escenarios en los que Europa se sobrecalentaría hasta 5 grados.
Entre el 2022 y el 2025, las pérdidas económicas directas derivadas de fenómenos meteorológicos y climáticos extremos ascendieron a unos 200.000 millones de euros en la UE, frente a una media anual de 8.600 millones en la década de 1980. La Comisión estima que adaptar la economía europea requerirá una inversión de unos 70.000 millones de euros al año, pero señala que esta puede generar retornos de entre dos y diez veces su valor en pérdidas evitadas.
Los riesgos del calentamiento ya figuran incluso en la información financiera que las grandes tecnológicas ofrecen a los inversores. Según estimaciones conservadoras de la Comisión, el calor provocó pérdidas equivalentes al 0,17 % del PIB de la UE entre abril y septiembre de este año, mientras que solo una cuarta parte de los daños climáticos están asegurados.