Tras la tragedia ferroviaria en Toledo: «Apenas éramos seis personas en el vagón. Después del impacto, solo vi a una de ellas»
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Los supervivientes tratan de digerir la tragedia del accidente mientras los vecinos de Los Yébenes y Urda se entregan en llevarles comida, agua y mantas
29 oct 2026 . Actualizado a las 08:19 h.En Los Yébenes amanecieron este miércoles entre sonidos de sirenas. La noticia corrió como la pólvora: a apenas 18 kilómetros, dos vagones de un Iryo se cayeron por un terraplén tras el impacto de un tren de Renfe. Y llegaban informaciones de que había muertos. «Han dicho que viajaba un bebé a bordo, imagínate qué tragedia si ha sido él», discute una vecina con otra. «¿No hay nadie del pueblo, verdad?», pregunta otra. La inquietud y los nervios perturbaron la tranquilidad de este municipio, que no se mantuvo ajeno a la tragedia. En la plaza Valderas y Pedraza, se empezaron a acumular bolsas con donaciones para llevar a la zona del siniestro. «Ahora necesitamos agua, fiambre, pan, cualquier cosa que se pueda conseguir rápido y consumir fácilmente», dice una coordinadora de las ayudas. Los locales cerraron para centrar esfuerzos en ayudar a los afectados. Las primeras horas de las catástrofes son capitales. Y los oriundos de la zona lo entendieron.
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La solidaridad cobró sentido a escasa distancia del lugar del accidente, cerca de la antigua estación de la localidad toledana de Urda. Los vagones aún se veían sobre las vías, y un cúmulo de olivos tapaba la vista de la zona más afectada. El perímetro se delimitó con cuidado para evitar que personal ajeno a los servicios sanitarios y de rescate interfiriera en la recuperación de cuerpos, con vida o inertes, de entre los escombros del accidente. «Llevamos toda la mañana sacando cadáveres, organizando el paso de los vehículos de las funerarias, la UME y las ambulancias», dice un guardia civil que vigila el acceso a la zona del siniestro.
La imagen es dantesca. A cada minuto, se ven decenas de vehículos de emergencias abandonar el lugar con las sirenas encendidas. Helicópteros despegan y aterrizan sin parar, y los servicios funerarios se unen a la flotilla para hacer su parte. En los márgenes de la carretera, se juntan médicos forenses que preguntan «con qué equipo» les toca ir, agentes de la Guardia Civil que ordenan que «por favor, nadie se quede en la carretera» para «no entorpecer» los rescates. Incluso algunos curiosos se acercan a la zona y desatienden las recomendaciones de las fuerzas de seguridad porque su finca «está ahí al lado y llevo años aquí como para que me digan que me vaya». Casi nadie articula palabras que no sean órdenes, instrucciones o preguntas.
«A la mayoría de los que están bien se los llevaron a Urda en autobús para dejarlos en el polideportivo. Los heridos más graves se encuentran en Toledo y Ciudad Real, pero a algunos se los han llevado a Madrid o Andalucía», comenta otro agente presente. Los civiles que sobrevivieron se desplazaron a otros lugares. Los pocos que accedieron en vehículos fue porque tenían la movilidad perjudicada y debían de identificar a un ser querido.
En la cercana Urda, a escasos kilómetros del siniestro, también reinaron las persianas bajadas y la colaboración voluntaria. Los supervivientes del accidente, los leves, se trasladaron allí a la espera de ser embarcados en autobuses que les llevaran a su destino, Sevilla o Córdoba, donde los trenes hacían parada. Durante las primeras horas de la mañana se hicieron más visibles, pero más tarde se recogieron para proteger su intimidad y no enfrentarse a una lluvia de micrófonos y cámaras que trastornara el impacto del accidente, que aún les mantenía conmocionados.
Tras sobrevivir al choque
Hacia el mediodía y divididos en grupos por destino y tren en el que viajaban, los afectados comenzaron a abandonar el polideportivo municipal. Como el caso de Fredrich y su esposa, ambos de Filipinas, pero residentes en Dubái, que quisieron salir de viaje para ver Andalucía. «Estábamos viajando a Sevilla. No recuerdo muy bien qué fue lo que pasó. Estábamos sentados cómodamente hablando y de pronto notamos un golpe enorme por detrás. Salí disparado del asiento. Estábamos en shock. Lo próximo que recuerdo es salir y que hubiera mucho personal de emergencias en la zona», comenta a la par que agrega: «Viajábamos en el vagón cuatro, apenas éramos seis personas. Después del impacto, solo vi a una de ellas. Del resto no hemos sabido nada. Seguimos conmocionados, pero nos han dicho que nos llevarán a Sevilla».
A su lado, Salvador, de 62 años, cuenta que «a la media hora de salir de Madrid» sufrieron «un impacto tremendo». «La mayor parte de los pasajeros iba en el sentido de la marcha y salieron despedidos. Yo iba en contra de la dirección del tren y choqué contra el asiento. Estos acabaron arrancados, el coche semivolcado y un trozo de vía clavada en el techo». «La peor sensación fue la inercia después del golpe, porque son segundos que pasan muy lentos y ahí ves que te puedes hacer mucho daño», especifica.
Este hombre de origen sevillano vio que, tras el impacto, para muchos «la prioridad fue bajar el montículo» en el que aterrizaron los coches del tren «para alejarnos lo máximo posible, porque temíamos que viniese otro tren por detrás y volviera a embestirnos». «Vi un vagón con la vía clavada en el techo. Creo que fue bueno y que ayudó a amortiguar el golpe y frenó un poco más el impacto», apunta Salvador.
Juan Manuel, de 44 años, se desplazó de Madrid a Córdoba en el Iryo a bordo del vagón siete. «En un momento, el tren se paró durante 15 o 20 minutos y notamos un golpe. No lo sentimos muy fuerte porque íbamos en los vagones de más adelante, pero nos dimos cuenta de lo que pasó en cuanto comenzaron a evacuarnos. Vimos que había descarrilado parte del tren. Muy rápidamente llegaron Policía, Guardia Civil, helicópteros, de todo».
A pesar de que él no percibió bien el golpe, especifica que al principio no tenía «perspectiva para ver lo que pasó atrás. Había gente que era evacuada, vimos gente tendida y gente atascada» entre los pedazos del tren.
Otro testigo, que prefiere no dar su nombre porque tiene prisa en marcharse, confiesa que «los equipos de rescate tardaron como media hora y fue un poco caótico al principio» porque «el terreno no es muy accesible, así que fueron un poco lentos».
Mientras aguarda su desplazamiento a Sevilla, Carmen, otra mujer que permanece casi petrificada y con los ojos llorosos, se resiste a recordar lo que vio por el dolor que le causa. «Había mucha gente en el suelo y no se movían nada. Ha sido horrible, ha sido horrible. Me quiero ir a mi casa», cita.
Al rato, comenzaron a sonar silbatos y llamadas para entrar en unos grandes autobuses azules estacionados a las afueras del polideportivo. «¡Sevilla! Iryo!», se limitaron a decir los responsables de aquellos transportes. Instrucciones básicas para que pudieran entenderlas tanto los nacionales como los turistas que aprovechaban los últimos días de calor para disfrutar de Andalucía.
Aires de precampaña
Sin embargo, no todas las evacuaciones fueron tan ordenadas. Blanqui, que trabaja con una empresa de camiones y taxis, asegura que vio «a mucha gente andando por la carretera con maletas para llegar a los pueblos de aquí cerca». Admite que ella cogió su coche y bajó «a ver si podía llevarme a alguien y poder ayudarles, pero no nos dejaban pasar». Se acercó a inspeccionar las instalaciones que alojaban a los heridos y procuró enterarse bien.
Entre todos los heridos, los dispositivos y los movimientos, el clima es de profundo dolor y desazón. Pero como en otras ocasiones, el apoyo local busca brillar para dar un poco de esperanza a quienes sufrieron el accidente y a quienes lo ven desde la distancia. Y lo que temen tanto los voluntarios como los habitantes de Urda y Los Yébenes es que el accidente escale hasta la cota política y se empiece a instrumentalizar. La llegada de los agitadores Vito Quiles y Bertrand Ndongo despertó la sensación entre algunos vecinos de que una situación de extrema gravedad se pueda convertir en un circo político y mediático. «Los que faltaban», dice Blanqui.
Rosa, otra vecina, lanza que «solo falta que vengan aquí los políticos a hacer daño». El presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, y el del Gobierno, Pedro Sánchez, hicieron acto de presencia en el lugar para comprobar el alcance del accidente. Pero el aire de la precampaña y las visitas de personalidades que puedan sucederse en los próximos días no gustan en estas localidades. «Todavía hay personas que no saben dónde hay familiares suyos y están empezando a venir aquí a provocar y a tapar esto, como si no importase la gente», cierra.